Frank Mi pierna no dejaba de moverse sola, era la maldita ansiedad que no podía controlar. El ruido de mi lapicera golpeando constantemente el escritorio creaba un sonido que me abstraía tan solo un poco de la realidad. Diez días. Diez días habían pasado de la muerte de John Harper, y ya todo había vuelvo a la “normalidad”. Si decimos que la normalidad es tragarse los traumas emocionales y hacer como si nada hubiese pasado. Y como si el destino supiese que estaba en medio de una mala pasada, se empeñó aún más en empeorar las cosas. Esta vez, en mis tares de gobernador. Hace unos años, cuando aún era un inexperto diputado, se había creado un nuevo y pequeño partido, que en su totalidad estaba conformado por extremistas, que se manejaban en la sociedad a través de discursos de odio

