—Me sorprendes —susurro, sin estar seguro de haber dicho las palabras en voz alta. Ángel está temblando, empapada, con el sabor de su dulce crema aún en mi cara y goteando de mi barba. Se ha corrido tan fuerte que creo que se ha asustado. Sus ojos se abrieron de par en par y sus manos empezaron a agitarse como si se estuviera ahogando. Me separo de su coño y la levanto entre mis manos, atrayéndola hacia mi pecho y sentándome en la cama para que pueda acurrucarse en mi regazo. Su cuerpo sufre otros espasmos y su respiración empieza a ralentizarse mientras le beso el pelo y la acaricio hasta que empieza a calmarse. Su voz temblorosa se apodera de mi corazón. —Papi. —Se aferra a mí con un apretón de muerte. —Estás bien. No pasa nada. —Me río a medias, porque estoy tan jodidamente feliz

