Algo duro me oprime el estómago. —No entiendo qué está pasando. — susurro. —Lo que pasa, pequeña, es que tu padre se ha metido en un problema y ahora no puede pagar sus deudas. — Miro a mi padre, que nos mira fijamente. Los dedos ásperos de Santino se deslizan por detrás de mí muslo y se meten bajo mi falda. Espero que mi padre diga algo, pero no lo hace. En lugar de eso, observa la mano de Santino y luego se relame los labios. — ¿Cuánto te debe?— Gimo mientras los dedos de Santino me agarran las nalgas y luego se clavan en mí. —Unos cuantos millones. — dice, y jadeo. ¿Unos cuantos millones? — ¿Qué tiene eso que ver conmigo? —La pregunta se me escapa de la boca, pero creo que ya lo sé. —Tiene todo que ver contigo, pequeña. Eres la única garantía que tiene. — ¿Yo? —Eres virg

