Llegamos al hotel minutos después, y me di cuenta de que el conductor había estado intentando sincronizar su llegada con el orgasmo que Chess acababa de provocarme. Debía de estar dando vueltas en la manzana para que nuestra llegada fuera tan casual. De nuevo en el espacio público, Chess me trató como a una princesa. Atrás quedó el maniático del sexo que quería azotarme y follarme hasta dejarme sin sentido. En su lugar, un hombre educado y atento me acompañó por el vestíbulo del hotel hasta los ascensores, seguido por el conductor, que llevaba dos pequeñas bolsas de viaje como si realmente hubiéramos venido para quedarnos en lugar de solo estar allí para follar sin parar el resto de la noche.
—¿Se queda? —pregunté con curiosidad mientras el conductor nos seguía hasta la suite que el señor Alto, Moreno y Guapo había reservado.
—Sí, pero solo nos molestará si es necesario. Esta suite tiene varias habitaciones, y estará muy cómodo en una de ellas. ¿A menos que quieras que te mire? No hemos hablado de tus manías, aunque hasta ahora parecen coincidir con las mías —dijo sonriendo mientras se acercaba y agarraba el dobladillo de mi vestido, subiéndolo por encima de mi cabeza—. No sería la primera vez que ha sido un mirón involuntario; estoy seguro de que disfrutó viéndome alimentándote con mi semen en el coche esta noche —dijo con una sonrisa burlona, disfrutando del ligero rubor que tiñó mis mejillas, aunque esperaba que sus palabras me desconcertaran más.
—Creo que una vez esta noche es suficiente para llenar su reserva de azotes por ahora, ¿no? —dije, sonando más valiente de lo que me sentía, sobre todo estando desnuda en una habitación con dos hombres completamente vestidos. Vi a Chess saludar a su chófer con la cabeza y luego volver a centrar su atención en mí.
—¡Ven! —me ordenó, y me sujetó por el bíceps. Me condujo a la mesa del comedor y me ayudó a recostarme—. Sujétate bien y separa las piernas —dijo, colocando las manos sobre mis muslos y separándolos, abriendo mi estrecho coño como una flor—. La mayoría de las chicas guarrillas que dicen que les gusta el sexo duro o que sienten curiosidad por este estilo de vida, incluso las que experimentan, suelen decirme lo que creen que quiero oír —explicó—. Es raro que una chica así quiera volver después de pasar una noche así conmigo, incluso las verdaderas cazafortunas.
—Considerando que no te conozco más de lo que tú me conoces, y que ni siquiera hemos habido tenido esa conversación, creo que es irrelevante, ¿no? —dije con un dejo de hostilidad en la voz. No iba a mentir y que me llamaran cazafortunas, o lo que fuera que intentara decir, por muy bien que estuviera teniendo sexo—. No me importa tu trabajo ni tu cuenta bancaria, supongo que trabajas para la empresa que acaba de dar esa fiesta estupenda; aparte de eso, no sé nada de ti, ni siquiera tu nombre —mentí. Pero él no se había presentado, y yo tampoco, a pesar de haber tenido intimidad ya dos veces.
—Cierto, quizás el anonimato sea una ventaja, por ahora. Aun así, este suele ser el momento en que la mayoría de las mujeres me dejan plantado, llamándome bastardo cruel —dijo, mirándome fijamente—. ¿Todavía crees que quieres pasar una noche divertida conmigo? Fue a coger una de las cajas pequeñas que el conductor había dejado en la sala de estar y sacó una fusta—. ¿Sabes qué es esto?
—¡Sí, no soy una descerebrada! —dije, irritada por su bravuconería—. ¡Mira, adelante o mejor olvídalo! Me diste una muestra de tu crueldad en el barco, y sigo aquí, ¿verdad?
—Sí, lo eres —se acercó a mí, nunca antes había visto a una mujer tan enérgica y segura en esa posición—. Escúchame bien, porque solo lo diré una vez. Si sueltas la mesa, si cierras las piernas, se acabó. Te llamaré un taxi y te llevaré a casa. ¿Entendido? Me vio asentir mientras lo miraba con escepticismo—. Quiero oír que lo entiendes. ¡Dilo! —me ordenó.
—Entiendo. Quieres que me agarre a la mesa y mantenga las piernas abiertas mientras me atormentas con esa fusta, ¿verdad? —pregunté para aclarar qué estaba haciendo.
—Puedes gritar si quieres, el hotel tiene una insonorización estupenda y un personal discreto. La mayoría de las chicas que han llegado hasta aquí conmigo gritan justo antes de irse y dan un portazo —dijo con una media sonrisa, demostrando que ese comportamiento no le preocupaba. El reto siempre consistía en encontrar ese límite y obligarse a parar—. La mayoría de las chicas se resisten a las palabras sucias; las que llegan hasta aquí rara vez van más allá. La mayoría de las chicas no entienden la delgada línea entre el placer y la vulgaridad —bromeó mientras pasaba la fusta por mi piel perfecta.
—No soy como la mayoría de las chicas —dije con una expresión obstinada en mi mandíbula, a pesar de la emoción que me producía el roce de la fusta de cuero sobre mi piel.
—Ya veremos —sonrió con suficiencia. Chess guió el suave cuero sobre mi pezón, que se endureció al instante, y fue al otro, observando cómo los capullos rosados se alzaban de mi pecho, suplicándole lo que estaba a punto de hacerme. Me vio reajustar mi agarre en el borde de la mesa, expectante, y bajó la fusta sobre mis pechos, haciéndome jadear y abriendo aún más los ojos—. ¿Más? —preguntó con voz ronca.
—Más —suspiré con voz entrecortada antes de añadir—: Por favor. Las tres siguientes embestidas se centraron en mis pechos, y acarició mi cuerpo con la lengua de cuero de la fusta, bajando cada vez más hasta acariciar mi coño, haciéndome gemir de placer.
—¿Más, pequeña zorra? —preguntó con voz profunda y ronca mientras me observaba atentamente.
—¡Sí, por favor, más! —susurré, llena de placer. Me aferré al borde de la mesa y grité cuando la fusta empezó a bailar sobre mi cuerpo, dejando marcas rosadas a su paso. Al verme que no me movía, incluso mientras me cortaba el coño, empezó a cortarme rápidamente con más fuerza hasta que me arqueé, gritando y jadeando, pero sin mover los brazos ni las piernas, como si estuviera enfrascada en una batalla de voluntades con él.
Chess se detuvo, impresionado por lo mucho que había recibido sin dar señales de rendirme ni huir de él. Se acercó al extremo de la mesa y acarició suavemente los pliegues de mi coño antes de introducir dos dedos en mí, encontrándome caliente, húmeda y dispuesta. Mi gemido lastimero en respuesta fue impresionante mientras mi coño apretaba sus dedos, haciéndole desear nada más que estar dentro de mí en ese mismo instante.
—Así que la zorrita quiere que la follen en lugar de que la azoten, ¿no? —bromeó—. ¡Tan necesitada y hambrienta de polla! ¡Mi polla! —me atormentó, metiéndome un tercer dedo a la fuerza.
—¡Sí! —jadeé y me arqueé, presionando de nuevo mi coño contra sus dedos, que entraban y salían sin parar. Él rió con voz profunda y ronca, sin dejar de dedearme—. Por favor —añadí—. ¡Por favor, te deseo!
—¡No! —presionó mi clítoris con el pulgar, moviéndolo en círculos bajo la fuerte presión—. ¡Ruega por lo que realmente quieres, pequeña zorra!
—¡Por favor, quiero tu polla! —supliqué, dándome cuenta de mi error mientras me acercaba al clímax y mi necesidad crecía aún más.
—¡Todavía no! —gruñó—. ¡No sueltes la mesa! —advirtió, al verme que flexionaba los brazos como si estuviera a punto de agarrarlo.
—¡Por favor, fóllame, necesito tu polla dentro de mí! —supliqué, ajustando de nuevo mi agarre en la mesa tras su advertencia, y con tanta necesidad de ser follada que seguiría cualquier regla arbitraria en ese momento. La fusta aterrizó sobre mis pechos, desgarrando mi cuerpo de dolor y encendiéndome al alcanzar el orgasmo. Todo mi cuerpo se estremeció y se sacudió, amenazando con abrumarme.
Chess soltó la fusta y me agarró para que no me cayera de la mesa con los temblores de mi orgasmo. Estaba asombrado por la intensidad de la experiencia, y más que complacido de haber sido él quien me la había dado. Incapaz de contenerse más, me jaló por el culo hasta el borde de la mesa y me dobló las piernas, doblándome por la cintura, para luego penetrar con su polla mi coño espasmódico.
—¡Oh, joder, sí! —gruñó y empezó a embestirme con todas sus fuerzas. A pesar de ser mi tercer orgasmo de la noche, no duró mucho, pues mis músculos ordeñadores solo aumentaban la dulce sensación de poseerme—. ¡Joder...! —gritó con un sonido prolongado mientras se corría de nuevo. No dudaba que una zorra como yo usaría anticonceptivos de primera, pero ya hablaría conmigo por la mañana. No podía creer que se hubiera dejado llevar tanto por el momento las dos veces que se había corrido en mi coño que no se hubiera puesto protección. Me levantó, me acompañó al dormitorio y me tumbó en la cama.
—¡Guau! —fue todo lo que dije, mirándolo con ojos soñolientos—. ¡Simplemente... guau!
—Sí, guau —murmuró—. Quiero hacerte correrte hasta que te desmayes, azotarte hasta que me supliques que pare, quiero usarte por completo y darte a conocer mucho más —dijo.
—No va a pasar —dije con una media sonrisa.
—Desafío aceptado —rio entre dientes, sin saber a qué me refería, pero sin importarle demasiado. Pensó que por fin había conocido a una mujer que lo desafiaría como necesitaba, y se preguntó si tendría otro trabajo, además de cantar con la banda—. Me encantan los desafíos, señorita... —Levantó la cabeza para mirarme y, por mi respiración lenta y regular, se dio cuenta de que ya me había quedado dormida. Mañana, se tranquilizó. Mañana descubriría mi verdadero nombre. No era posible que me llamara Lucky de nacimiento, ¿verdad? Con ese pensamiento, él también se durmió.