Capítulo 3

1047 Words
Pov Valeria A la mañana siguiente, en la casa de los Olson. Comencé mi día como si el mundo no estuviera comportándose de forma extraña a mis espaldas. Había empacado mi equipaje temprano. No pensaba quedarme un minuto más en ese lugar. Mi mejor amiga había aceptado recibirme y yo, sinceramente, necesitaba escapar. Bajé las escaleras arrastrando mi maleta, pensando solo en salir sin cruzarme con nadie. Pero, por supuesto, tenía que aparecer Sofía. Perfectamente vestida, perfectamente arreglada… perfectamente hipócrita. Nos quedamos mirándonos, sorprendidas por un segundo. Ella fue la primera en reaccionar. —¿A dónde vas, Valeria? ¿Por qué llevas una maleta? No tenía energía para discutir con la reina del drama. Respondí con frialdad: —Empezaré un trabajo de becaria en unos días, así que decidí mudarme. Tus padres no están en casa, ¿cierto? Diles por mí cuando vuelvan. Ella alzó una ceja, fingiendo preocupación. —¿No te gusta vivir aquí? Gastarás mucho más dinero si no vives en casa. ¿Puede tu salario de pasantía pagar eso? Mi padre tiene algunos problemas de flujo de efectivo… dudo que pueda ayudarte. La última frase era un dardo, claramente. Me limité a decir: —Me encargaré de eso yo misma. Gracias. Pasé a su lado con mi maleta, decidida a llegar a la puerta. Pero cuando estaba a punto de abrirla, Sofía gritó: —¡Espera, Valeria! Me giré, ya con el ceño fruncido. —¿Algo más? Ella parpadeó, acercándose lentamente. —Tú… no tomaste lo que no es tuyo. ¿Correcto? ¿Puedo ver tu bolso? Me quedé helada. Sentí los ojos picarme de incredulidad. —¿Sospechas que tomé algo de aquí? —¿Puedo comprobarlo? —preguntó, con esa voz inocente totalmente falsa—. Espero no ir demasiado lejos. —¿Y si no te dejo? Su cara cambió al instante. Los ojos se le volvieron fríos, insidiosos. —Entonces tendré que tomarlo yo misma. Antes de que pudiera reaccionar, rompió la correa de mi bolso. Casi me caí, pero lo sujeté con fuerza. Ella no esperaba que me resistiera. Me escupió con rabia: —¡Dámelo! ¿Quién eres tú para impedirlo? Solo eres una extraña. ¡Estoy protegiendo la propiedad de mi casa! “Mi casa”. La frase me ardió. Yo ya no era la misma de antes. La fiesta de compromiso había sido un golpe… pero no uno que me quebrara, sino uno que abría los ojos. —Me acusas de robar sin razón —le dije, con la voz temblando de rabia—. ¿Por qué debería cooperar? Deja de fingir que eres inocente y gentil. ¡Tu verdadero color me repugna! Seguimos forcejeando con la bolsa, ninguna de las dos queriendo soltarla. Ella, furiosa, escupió: —¿Así que? Soy mejor que tú. Ni siquiera pudiste aferrarte a tu novio. Qué vergüenza. Me casaré con Enzo el mes que viene, somos la pareja perfecta. ¿Crees que eres una Cenicienta de la vida real? ¡Por favor! Enzo salió contigo por lástima. Solo jugaba contigo, ¡y tú lo creíste! Mi corazón dio un vuelco. Quise soltar la bolsa para taparme los oídos, pero antes de que pudiera… Sofía soltó de golpe. Salí volando hacia atrás y caí con fuerza en el suelo de las escaleras. El dolor me atravesó el brazo, donde sentí un moretón formarse al instante. Sofía se quedó de pie, impecable, sonriendo. Yo me mordí el labio mientras intentaba levantarme. Y entonces… la puerta detrás de ella se abrió. Enzo entró. Alto. Frío. Como siempre. Frunció el ceño sin siquiera mirar a Sofía. Sus ojos se clavaron en mí, en mi maleta caída y mi brazo golpeado. Y preguntó, directo, serio, sin rodeos: —¿Qué ha pasado? Sofía se sorprendió cuando escuchó la puerta, y en un solo segundo volvió a ponerse su máscara de inocencia. Se giró con una sonrisa dulce, fingiendo ser la mejor anfitriona del mundo. —¡Enzo, estás aquí! —dijo con esa voz que usaba solo cuando quería manipular—. Mi prima se va a mudar. Intenté que se quedara, pero insistió en irse. Quería ayudarla a llevar el equipaje, pero lo arrastró muy fuerte y no lo soltó. Luego se cayó. Tragué aire por la nariz. Así de fácil mentía. Así de fácil me convertía en la problemática, en la torpe, en la exagerada. Aun así, Enzo no respondió nada. Solo me miraba. Yo seguía en el suelo, con el bolso a un lado, y pude sentir cómo su mirada me recorría con una expresión complicada que nunca sabía interpretar. No quería que me mirara así. No después de lo que pasó anoche. No después de cómo me dejó frente a todos. Así que recogí mi bolso en silencio y me puse de pie rápidamente. Bajé la cabeza para no verlo más, para que no notara el moretón que ya sentía ardiendo en mi brazo. Solo quería salir de ahí. Pero mientras pasaba junto a él, su mano me sujetó la muñeca. Mi corazón dio un salto. —¿A dónde vas, Vale? —me preguntó, con preocupación, con una cercanía que ya no tenía derecho a usar conmigo. Sentí algo quebrarse dentro de mí. —¿Es de tu incumbencia? —escupí, soltándome de un tirón. Nuestros ojos se cruzaron. Por un segundo, vi genuina sorpresa en su mirada… y dolor. Dolor que, por primera vez, no me conmovió. Porque anoche, él tampoco se movió para detener nada. Ni siquiera para defenderme. Lo dejé ahí parado y salí por la puerta antes de que pudiera reaccionar. No escuché sus pasos hasta después, cuando ya estaba afuera. Enzo apretó los puños, dispuesto a ir detrás de mí… lo sentí, lo intuí. Pero Sofía se le pegó al brazo antes de que pudiera dar un paso. —Enzo, vamos a elegir los vestidos de novia —dijo con voz dulce y venenosa—. Tu madre me hizo una cita ayer. No me estás plantando, ¿verdad? Era una advertencia disfrazada de ternura. Él se detuvo. Lo escuché sacudir su brazo para soltarse de ella, aunque no del todo, y responder con esa frialdad que me había roto tantas veces: —No. Vamos. Y yo seguí caminando.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD