Mientras tanto, el coche se detuvo frente a un edificio. El asistente desabrochó el cinturón de seguridad, salió del vehículo y abrió la puerta para Erick.
—Estamos aquí, señor Erick.
—De acuerdo.
Erick asintió y, mientras bajaba, soltó con indiferencia:
—Fuera, Valeria.
—¡Gracias!
Valeria creyó que la habían llevado a un lugar seguro. Tomó su bolso con rapidez y bajó del coche. Sin embargo, al darse la vuelta, una mano grande sujetó el cuello de su cazadora y tiró de ella hacia atrás.
—¿No querías hablar de casarte? —la voz de Erick sonó áspera—. Hablemos aquí.
—¿L-lo siento? —balbuceó Valeria, sin aliento ante su repentino cambio de actitud—. ¿Te vas a casar conmigo?
—Es cooperación, para ser exactos.
Con una sola mano, Erick la arrastró hacia el edificio.
Solo entonces Valeria se dio cuenta de que era el ayuntamiento.
¿Qué? ¡Erick está hablando en serio!
Los dos se sentaron en la sala de espera, mientras el asistente les entregaba un contrato a cada uno.
Erick levantó una ceja.
—Antes de registrarnos, revisa el contrato. Firma si no tienes ningún problema.
Valeria sintió que había caído en una trampa. Se quedó mirando las cláusulas estipuladas y preguntó, horrorizada:
—¿Qué… qué rayos es esto? Incluso si cooperamos, no necesitamos realmente una licencia de matrimonio.
—Deberías entender mi situación. No podré seguir con esto si no la tengo.
—Pero… ya no quiero cooperar. ¿Qué tal si buscas a alguien más…?
—¿Te estás burlando de mí? —rugió él.
Su voz resonó fuerte, sombría y amenazante, como si fuera un monstruo a punto de mostrar los dientes y devorarla.
Valeria no se atrevió a resistirse. Como un cordero camino al matadero, firmó el acuerdo bajo las instrucciones del hombre.
Al salir del ayuntamiento, Erick tomó la licencia de matrimonio de la mano de Valeria y se la entregó a su asistente.
—Encárgate de esto. Y lleva a la mujer a la casa en Clyn.
—De acuerdo.
Erick ni siquiera la miró y caminó hacia un Maybach estacionado en la orilla de la carretera.
Ignorada, Valeria hizo un mohín y murmuró:
—¡Qué idiota! Me usa y luego me tira a un lado…
El asistente, en cambio, fue amable. Le hizo un gesto para invitarla a subir al coche.
—Señora Valeria, déjeme llevarla a la casa del señor Erick.
—No, gracias. Iré a vivir a casa de mi amiga. Si necesitan algo, contáctenme.
—Ahora necesitamos que vaya a la casa del señor Erick.
El interior del coche se llenó de un silencio tenso.
Más tarde, Valeria fue dejada en el distrito de las villas. Para su alivio, no había nadie más en la residencia. Era como si nadie viviera allí, aunque todo estaba impecablemente limpio y decorado con extravagancia.
—Señora Satman, el dormitorio está arriba. Puede usar todo libremente. Llámeme si necesita algo. Permítame presentarme: soy Edgar Trickey.
Le entregó su tarjeta de presentación.
—De acuerdo —respondió Valeria, asintiendo. Luego, tras dudar unos segundos, preguntó—: Edgar, ¿el señor Erick realmente vive aquí?
—Es solo una de sus casas. El señor Erick no tiene un lugar fijo donde quedarse. La dejaré, Sra. Satman. Debo volver a la empresa.
La respuesta la tranquilizó.
—Está bien. Adiós.
Mientras no tuviera que ver a ese hombre horrible seguido, podría soportarlo.
Al quedarse sola, Valeria observó la villa vacía y sintió un escalofrío. Luego tomó su bolsa y subió a su habitación.
…
En lo profundo de la noche, el sonido de pasos en la villa de Clyn rompió el silencio.
Valeria, sumida en un sueño profundo, se incorporó sobresaltada y miró instintivamente hacia la puerta.
La puerta se abrió con un crujido.
Un segundo después, la silueta de un hombre alto apareció en la sombra.
El corazón de Valeria dio un vuelco mientras se echaba hacia atrás.
—¿Quién es? —preguntó con voz temblorosa.
¿Un ladrón? ¡Imposible! Las medidas de seguridad en Clyn eran más estrictas que en cualquier otro lugar.
El hombre avanzó hacia la cama. Valeria percibió el olor a alcohol en su aliento.
Entonces, con voz fría y firme, ordenó:
—Quítate la ropa.
La chica, aturdida, distinguió vagamente un rostro hermoso entre la oscuridad.
—¿Señor… Erick?
Erick se detuvo junto a la cama, mirándola como a una presa atrapada.
—¿Estás sorda? Te dije que te quitaras la ropa.
Valeria no podía comprender qué le pasaba. Se acobardó bajo su mirada helada.
—Señor Erick… ¿está borracho? Si quiere descansar aquí, yo… Iré a otra habitación —murmuró Valeria mientras se levantaba de la cama.
Pero apenas dio un paso cuando su delgada muñeca fue atrapada con fuerza, y en un instante su cuerpo fue arrojado de vuelta al colchón.
Al segundo siguiente, Erick se precipitó sobre ella, inmovilizándola con sus manos poderosas. Se burló con frialdad:
—¿A dónde crees que vas? Un hombre necesita acostarse con su esposa. Esta noche es nuestra noche de bodas.
Obviamente estaba borracho. Y cuando bebía… daba miedo.
Valeria quedó sin aliento. En los ojos hermosos del hombre brillaba una mezcla de ira y deseo.
Ella intentó calmarse y dijo con voz temblorosa:
—Señor Erick… somos una pareja falsa. El contrato dice que no debemos meternos en la vida del otro, y que nuestro matrimonio existe solo de nombre…
Pero antes de que terminara, los labios del hombre rozaron los suyos. Su voz, ronca y baja, susurró:
—La gente puede ser flexible. ¿No quieres distanciarte de los Olson? ¿Volver por lo que es tuyo? Yo puedo ayudarte… y mucho. Piénsalo. No tendrás una segunda oportunidad si me rechazas esta noche.
Aquella voz fría, profunda y peligrosa parecía tener algo de magia. Despertó un deseo enterrado en lo más profundo de su corazón.
La fuerza para resistir se desvaneció. Valeria quedó inmóvil, como una muñeca sin vida, permitiendo que Erick hiciera lo que quisiera.
Esa noche, él perdió los sentidos…
…
A la mañana siguiente.
El dormitorio había recuperado el silencio. La ropa de ambos estaba esparcida por la acogedora cama, y en la habitación flotaba un aire denso, cargado de romance y dolor.
Erick abrió los ojos lentamente. Miró el techo marrón, familiar, mientras fragmentos confusos de la noche anterior cruzaban su mente, provocándole un fuerte dolor de cabeza.
Frunció el ceño.
—¿Estoy loco? ¿Por qué soñé con ella?
Se incorporó y miró hacia el lado contrario de la cama. Sobre la almohada encontró cabellos largos. Levantó la sábana… y vio sangre. Su ropa también estaba desordenada.
Revisó su cuerpo. Había rasguños.
Una cara llorosa apareció en su mente.
No era un sueño. La había obligado.
Unos pasos sonaron desde el baño.
La puerta se abrió despacio.
Erick levantó la cabeza y se congeló. Una figura delgada salió lentamente, descalza. Ella también se detuvo, atónita. Sus ojos estaban hinchados y manchados de lágrimas secas.
Ninguno habló al principio.
Finalmente, Erick apartó la mirada y dijo con frialdad:
—Estaba borracho anoche. Rompí las reglas. ¿Qué quieres como compensación? Dímelo.
No había disculpa en su tono. Sonaba seguro, confiado, casi arrogante… porque sabía que ella no tenía poder contra él.
Valeria, esa pobre chica obligada a acostarse con él, apretó la ropa entre sus dedos para contener el temblor. Intentó calmarse antes de responder con voz helada:
—Sr. Erick, lo único que necesito… es que cumpla lo que dijo anoche.
Quería vengarse de la familia Olson y de Enzo, quien la había abandonado. Todo lo que había hecho anoche debía valer la pena.
Erick soltó una sonrisa sardónica.
—¿Eh?
Tomó la ropa de la silla, se levantó y empezó a vestirse.
El rostro de Valeria se encendió de vergüenza. Bajó la cabeza, mirando hacia otro lado.
Algo extraño se agitó en el pecho de Erick al ver su reacción. Intentó despejar sus pensamientos.
Cuando terminó, pasó junto a ella.
Valeria sintió alivio, creyendo que ya se iría. Pero entonces, la voz fría del hombre la atravesó:
—Quítate esa ropa barata. Alguien te traerá ropa y joyas. Vendrás conmigo a la casa de los Satman más tarde.
Valeria no se movió. Podía sentir su mirada helada sobre ella.
Erick fue al baño sin esperar respuesta.
Ella quedó allí, con el cuerpo tensado, mirando su ropa vieja y descolorida. Las palabras del hombre la hicieron apretar los labios con vergüenza.