Asimismo, se dio cuenta de que para Medina el cielo acababa de abrirle las puertas. Lo supo, porque eso era precisamente lo que acababa de sucederle a él. Nunca en su vida había dado un beso que provocara una respuesta como aquella. Mientras continuó besando a Medina, comprendió que había encontrado La Meca que todos los hombres buscan y que es la perfección espiritual del amor. Aquello era completamente diferente a cualquiera de las emociones que había experimentado hasta entonces. Finalmente, cuando ambos tuvieron la sensación de que habían llegado hasta el propio sol, el Marqués levantó la cabeza. La miró y pensó que ninguna mujer podía tener un aspecto tan radiante. La belleza de ella tenía algo espiritual que él nunca había visto en la cara de ninguna mujer. —¡Te amo... te amo! —su

