Odiaba que fuera tan obstinada. No tenía nada en las manos. No era más que una pobre idiota que corrió sin tener una salida clara. ¿Qué más podía hacer si no correr? Eso fue lo que su instinto le dicto y lo que ella deseaba hacer más que nada en este mundo, porque si de algo estaba segura de que sus pies irían únicamente donde ella deseara dirigirse de allí en más. Un par de lagrimas escaparon de sus mejillas, pero Allah era testigo que era un llanto al que cualquier hombre debía temerle. Eran lagrimas que quemaban porque su combustible no era el miedo, sino ira. Su cuello comenzó a doler cuando el enfadado hombre la apretó más de la cuenta buscando doblegarla, pero cada vez que él apretaba más, sus uñas le hacían daño y ese dolor impactaba en él directamente. Ambos hicieron contacto

