Desperté con una resaca de los mil demonios. El sol, el ruido de los niños jugando en la calle, los vecinos conversando, la vecina de al lado escuchando música, me tenían harta. Me levanté, cerré la ventana y corrí las cortinas completamente para que no entrara luz. Miré mi teléfono y vi la hora, eran las once de la mañana del sábado. No entraba a trabajar hasta después de las tres de la tarde, así que, tenía tiempo para dormir. Revisé por última vez mi teléfono y había un montón de llamadas perdidas y mensajes de mis compañeros, preguntándome si había llegado bien. Dejé el teléfono en mi cama y me dispuse a dormir nuevamente.
No pasaron ni treinta segundos, cuando sonó el timbre de mi casa.
— ¡Déjenme dormir, si estoy bien! — grité, pero volvió a sonar el timbre —Mierda ¡Ya voyyy! — volví a gritar.
Bajé como pude la escalera, abrí la puerta y la sorpresa que me llevé, cuando frente a mí, estaba el señor Brown con una sonrisa hermosa, con su peinado y barba impecables, una camiseta de polo azul marino, unos jeans negros y una chaqueta americana negra. Parecía todo un modelo de revista de unos cuarenta y tantos años.
—Buenos días, Ivanna. Vine a ver cómo estabas.
— ¡Ay no! ¿Me levanté solo para esto? — Y así de sencillo, su sonrisa se desvaneció.
—Disculpa, no pensé que mi presencia te molestaba tanto— Me dijo con rostro serio.
—No es eso, estoy desordenada, no me he levantado aún. Detesto que me vean así.
—Estás hermosa, tal como te dejé anoche.
—Será porque estoy con la misma ropa— dije mientras me miraba la ropa que llevaba puesta aún.
— ¿Puedo pasar? — lo dudé por unos segundos, pero la verdad, no veía nada malo en él, así que lo dejé entrar.
—Sí, claro, supongo que no se irá hasta confirmar que estoy bien.
—Supones bien— Entró a la casa y comenzó a mirar.
— ¿Qué trae en esa bolsa? — Le dije, para desviar su mirada de mi casa.
—Tú desayuno— Me dijo, estirando su mano con la bolsa.
— ¿Me ha traído desayuno? ¿Quién es? ¿Mi novio? — Le dije, mientras miraba el interior de la bolsa.
—Me encantaría serlo— me respondió.
—Sí, claro— Mis ojos giraron en tono burlesco y él se acercó un poco a mí.
—Eres hermosa, Ivanna. ¿Quién no querría ser tu novio?
—Arthur… Digo, señor Brown, no me conoce, no lo conozco, usted podría ser mi padre o mi tío, no sé, cualquiera de las dos opciones— le dije mirándolo confundida.
— ¿Tan viejo crees que soy?
—No… Digo, sí… Digo, no… — le respondí cada vez más confundida.
—Muy bien— Me quitó la bolsa de las manos y la dejó en la mesita de la entrada. Me tomó de la mano, me sentó en el sillón y él hizo lo mismo a mi lado —Entonces, me llamo Arthur Brown, un placer conocerte. Tengo cuarenta y cinco años, soy el mayor de cuatro hermanos, tengo negocios, vaaarios negocios, tengo dinero, sí, efectivamente, pero el dinero no lo es todo en la vida. Mis padres murieron hace unos años. Me dedico cien porcientos a mis hermanos y sobrinos, y a mi trabajo. Me gusta escalar montañas, la vida al aire libre. He recorrido muchos países, me considero muy inteligente, encantador y guapo, debo admitirlo. Soy escorpión, un poco enojón a veces y me encantas, y quiero que me tutees, por favor. ¿Es suficiente para partir? — Me quedé congelada, sin saber qué decir. Qué tipo más directo, pero me gustaba que la gente fuera así, porque detestaba los rodeos.
—Mucho gusto, Arthur. Soy Ivanna Williams, tengo veintitrés años, soy cáncer y un poco lunática a veces. Estudio literatura y estoy en mi último año de universidad. No tengo hermanos ni padres. Soy una chica independiente, me gusta mi libertad, me gusta salir a donde se me dé la gana sin ataduras. Soy romántica, me encanta leer, trabajo como mesera en “Gerard” hace unos tres años. Amo a mis amigas, son como mis hermanas, pero en estos momentos están de vacaciones con sus familias, así que me dejaron sola por el momento. Y podría ser tu hija, definitivamente— Su cara era divertida, su sonrisa era grande y mostraba unos dientes blancos perfectos. Su mirada profunda me decía que estaba disfrutando mi presentación.
—Definitivamente me encantas ¿Te puedo invitar a almorzar?
—Debo trabajar.
— ¿Ahora ya?
—Mmm no, más tarde— le contesté con un poco de duda.
— ¿A qué hora?
—A las tres de la tarde.
— ¡Perfecto! Ve a cambiarte y te estaré esperando acá abajo.
— ¿Y cómo se yo que no eres un pervertido? Porque, no sé si estamos en la misma sintonía mental, pero esto es bastante raro. No te conozco, mucho menos tú a mí y ya dices que “te encanto” — le contesté marcado unas comillas con los dedos.
—Veamos… en primer lugar, no soy un pervertido, porque podría haberte hecho lo que quisiera anoche, pero no lo hice, qué sentido tendría hacerte algo ahora que ya nos conocemos un poco más y en parte, dejé de ser un extraño. Y sí, es bastante raro, pero ya te había visto antes en el restaurante, solo que no me había atrevido a tomar tu brazo para pedirte agua mineral. Y si lo miras desde afuera, sin alguna maldad de por medio, solo soy un hombre tratando de conquistar a una chica muy hermosa, sin ninguna mala intención más que ganarse su corazón algún día. Si eso te parece raro, entonces dimelo y saldré por esa puerta. Me será muy difícil dejar de visitar el restaurante o dejar de buscar alguna excusa para acercarme a ti, porque en serio me gustas. Pero si crees que soy un acosador, está bien y lo entenderé— siendo sincera, ese nivel de sinceridad lo agradecía. Arthur era bastante guapo y debía reconocer que su forma de ser, hasta el momento, me había encantado.
—Okeey, quédate acá y no te muevas— le respondí. Subí lo más rápido que pude a mi habitación y en el camino aproveché de coger la bolsa del desayuno.
Me bañé en tiempo récord, mordisqueé el sándwich y tomé un poco del jugo de naranja que venía con el desayuno. Me puse unos jeans negros ajustados que realzaban mi figura y una camisa de tirantes de color verde oscuro de tela suave. Dudé por un momento, porque no sabía si vestirme normal, como cada día, o si usar algo más recatado. Pero bueno, si Arthur ya me había visto con anterioridad, según había dicho, debía conocerme tal cual yo era, sencilla y humilde, porque así era Ivanna Williams, y jamás cambiaría por nada ni por nadie. Muchos menos por un hombre.
Dejé de mirarme en el espejo de pie que tenía en mi habitación, porque no tenía sentido dudar. La camiseta del trabajo y las zapatillas que utilizaba para trabajar las eché dentro de mi bolso. Me puse unos zapatos bajos de estilo ballerina, me hice una cola en el cabello, ricé mis pestañas y apliqué mi lápiz labial en tono piel que me encantaba, porque encontraba que realzaba mis labios carnosos. Me miré por última vez; mi cabello castaño oscuro en su lugar, mi tez trigueña se acentuaba con la camisa verde. Mis ojos color café oscuro tenían un brillo extraño. Quizás era la emoción del momento. No lo sabía con exactitud.
Recogí mis cosas y bajé la escalera lentamente, no quería parecer desesperada. Arthur estaba esperando de pie, en la sala de estar, mirando las fotos que estaban encima de la chimenea.
—Eras muy linda de pequeña— me dijo Arthur.
—Ehhh… Sigo siendo una niña— le contesté con ironía. Al decir eso, se dio vuelta a mirarme y sus ojos tenían un brillo encantador, admiraban mi cuerpo. Se acercó a mí y sentí, en ese instante, que algo nuevo estaba naciendo dentro de mí, era como una emoción extraña, algo que hace mucho tiempo no sentía.
—Estás hermosa y no eres una niña. Eres una adulta hermosa.
—Gracias, usted… digo, tú… tú también— Se acercó un poco más y tomó mi mentón con su mano, haciendo que levantara mi cara. Sus ojos hermosos de un color celeste caribe me daban una mirada profunda, como si me hablaran.
— ¿Puedo besarte, Ivanna?
—No, aún no te conozco lo suficiente y recuerdo el beso de anoche, que, por cierto, fue muy descortés de tu parte. Cualquiera pensaría, que te gusta aprovecharte de las jóvenes alcoholizadas— Mis palabras sacaron una carcajada en él.
—No, claro que no. Jamás me había pasado esto con otra persona que no fuera mi esposa, digo, mi exesposa.
— ¿Eres casado? ¡Pero qué mierda te crees! — Traté de empujarlo, pero no me dejó.
—Dije ex, exesposa, bueno, más bien… difunta esposa— Sus ojos se apagaron por un segundo y vi en ellos un profundo dolor, soltó mi mentón y agachó la cabeza.
—Oh, lo siento, no quise ser infantil, discúlpame, creo que ese detalle se te escapó en la presentación de hace un rato.
—Sí, trato de no hablar de eso.
—Pues, yo no te preguntaré si es que no quieres hablar de ello— me dedicó una leve sonrisa y asintió.
—Bueno ¿Te parece si vamos a comer?
—Mmm… Siendo honesta, muero de hambre.
—Entonces, vamos ¿Puedo tomar tu mano?
—No.
—Ok— Se encogió de hombros y salimos de mi casa rumbo a algún lugar para almorzar.
Llegamos a un restaurante elegante pero no en exceso, lo que agradecí, porque no iba vestida para algo más. Nos sentamos en la mesa más apartada, aprovechando que el lugar aún no se llenaba del todo. El mesero nos atendió inmediatamente, tomó la orden y se fue a preparar nuestro pedido.
—Y bueno, cuéntame un poco más de tu vida, Ivanna.
— ¿Qué quieres saber?
—Sobre tus padres— No alcancé a contestar, porque el mesero apareció con mi jugo de piña natural y la copa de vino que Arthur pidió. Al parecer, el mesero notó mi incomodidad, porque se retiró muy rápido y se disculpó con la mirada. Era algo que solo los meseros entendíamos, según yo.
—Bueno, mis padres se separaron cuando ellos tenían dieciocho años. Mi madre quedó embarazada y a mi padre le entró el pánico y la abandonó. Luego de eso, mi madre no supo más de él. Sé que nunca lo superó. Desde que tengo uso de razón, recuerdo a mi madre tomando algún trago después del trabajo. Ella trabajaba solo medio día el último año de vida, en una librería. Me heredó el gusto por la lectura y los libros. Un día, hace un poco más de tres años, recibí una llamada a mi teléfono. Llamaban de un hospital, porque algún vecino había llevado a mi madre por una intoxicación con alcohol. En esa época yo ya estaba trabajando en el restaurante y ya llevaba unos meses en la universidad. El vecino se dio cuenta que algo sucedía, porque a mi madre se le quedó la llave del agua del jardín abierta y comenzó a inundar el pasto, y el agua a bajar por la calle. Al vecino le pareció raro, fue hasta la puerta, tocó el timbre, golpeó la puerta y nada. Llamó a la policía, pensando que a mi madre algo le había pasado. Cuando la policía llegó, tuvo que abrir de una patada la puerta y ahí estaba ella. Tirada en el suelo, con tres botellas de alcohol a su alrededor. El vecino, al ver que la ambulancia no llegaba y que la policía no lograba reanimarla, la tomó en brazos y se la llevó al hospital escoltado por la patrulla. En el lugar no pudieron hacer nada. Ella había llegado fallecida. No se bebió las tres botellas por completo, pero sí una muy buena cantidad, porque eso le provocó un infarto y por eso cayó desmayada en la casa. Solo tenía cuarenta y tres años, y toda una vida aún por delante, pero jamás se dio cuenta de eso— Tomé un sorbo de mi jugo para frenar la melancolía que sentí brotar desde mi alma. Aunque ya lo había superado, el recuerdo en sí era doloroso —Espero no estar aburriéndote— le dije.
—Para nada. ¿Y qué hiciste en el hospital?
—En ese momento, iba en mi primer año de universidad. Ya tenía amigas, bueno mis tres mejores amigas. Una de ellas viene de una familia muy bien acomodada y me ayudó con los contactos para hacer los trámites del funeral y de la herencia, porque yo no sabía nada sobre eso. Mi madre, afortunadamente, tenía asegurada la casa y sus bienes. El abogado se encargó de todo y cobró un monto muy mínimo por sus servicios. Mi madre tenía uno que otro ahorro y con eso solventé los gastos. A veces pienso que ella sabía que se moriría joven.
— ¿Es un tema superado para ti?
—Totalmente, de igual manera me genera melancolía, pero ya lloré lo suficiente y la perdoné por el estilo de vida que llevó. Y bueno, tiempo después del funeral, continué trabajando para distraerme y seguir pagando mis estudios, cosa que me ayudó bastante, y aquí me ves, en último año, tratando de ser lo más independiente posible y buscando mi camino en la vida— le respondí —Bueno… Ahora te toca a ti, Arthur.
—Muy bien… Me casé joven, a los veintitrés años, curiosamente, tu edad, según me doy cuenta. Ella tenía la misma edad, la conocí en una fiesta de año nuevo y cuando la vi, supe que estaríamos juntos toda la vida. Pero no fue así. Un día, cuando ya llevábamos doce años de casados y teníamos treinta y cinco años cada uno, despertó con mucho dolor de cabeza. Le dije que fuéramos al doctor, posiblemente no era nada. No quiso ir y yo no insistí. Fue un error. Al día siguiente, me llamaron cuando estaba en la oficina. Milly, mi ama de llaves, lloraba desesperada; Anna, así se llamaba mi exesposa, se había levantado peor que el día anterior, tenía mucho dolor de cabeza y de un momento a otro comenzó a hablar incoherencias, a balbucear y no se podía levantar de la silla del comedor. Fue en ese instante, que Milly fue a buscar el teléfono de la cocina y cuando volvió al comedor, Anna se había desmayado y estaba en el suelo. Manejé hasta el hospital, tratando de llegar antes que la ambulancia. Cuando llegué, el doctor me explicó que Anna había sufrido un accidente cerebro vascular y que las posibilidades de una recuperación total sin secuelas eran escasas debido al tiempo transcurrido y a la tardanza en diagnosticarla. Anna nunca más despertó, estuvo un mes en coma. Ella siempre me decía que, si algo le pasaba, debía dejarla ir. Por eso, al mes siguiente, firmé para que la desconectaran. Sus padres nunca me perdonaron por eso y yo tampoco los busqué para explicarles que ella había dejado una carta solicitando que no la reanimaran— Dio un suspiro —Mis padres murieron hace unos años. Mi madre de cáncer y mi padre de un infarto— Su cara era de culpa. Una culpa que lo carcomía, seguramente, hasta ese momento. Había decidido alivianar el tema de conversación, porque se estaba tornando muy profundo, pero afortunadamente, justo había llegado el mesero con nuestros platos, así que, hicimos una pausa.
— ¿Y luego conociste a alguna otra chica? — le pregunté curiosa.
—Sí, a ti.
— ¿Haz estado soltero desde entonces? ¿Cuánto tiempo ha pasado? Tienes cuarenta y cinco… ¡Diez años!
—Diez años exactos— Me dijo con media sonrisa.
— ¿Por qué?
—No lo sé, creo que me concentré demasiado en mi trabajo, mis empresas, mis sobrinos, mi familia. Y no sentí la necesidad de estar con nadie.
— ¡Wow!
— ¿Qué?
—Disculpa el descaro por lo que voy a decir, pero eres hombre, tienes… necesidades.
—Pues, rara vez tuve citas de una sola noche ¿Me explico?
—Totalmente, no necesito saber más sobre eso— Puse cara de asco para burlarme de él y me regaló su sonrisa nuevamente. Era una sonrisa muy hermosa.
—Y bueno, hasta que te vi a ti.
—Pero solo nos vimos ayer, nadie se enamora de la noche a la mañana.
—El amor es relativo, puede suceder o puede que no. Y la edad es solo un número y un tabú en la sociedad, además, no he dicho que me enamoré. Eres muy linda y me gustas.
—Sí, pero no me conoces.
—Yo no estoy enamorado de ti, por si eso te preocupa. Dije que me encantas, que me gustas, pero no es lo mismo que enamorarse.
—Bueno, Arthur, no quiero ser infantil, pero no estoy en búsqueda de nada serio con ninguna persona por el momento. Me gusta mi independencia, vivir sola, trabajar y pagar mis cosas por mi propia cuenta. Aún no termino mis estudios y ni siquiera sé lo que quiero en la vida.
—Ayer te dejé una tarjeta, podrías trabajar en mi editorial desde mañana mismo si quisieras.
—Sí, bueno, sobre eso, lo había olvidado— le dije, algo que claramente, era mentira.
—Bueno, yo te lo recuerdo. Ivanna, puedes trabajar conmigo si lo deseas, no directamente conmigo, pero sí en mi editorial.
—Muchas gracias, Arthur, pero no.
— ¿Por qué no quieres? ¿Crees que te voy a acosar o algo parecido? — cuando dijo eso, me reí. Debió sonar muy fuerte, porque algunas personas se dieron vuelta para verme con el ceño fruncido.
—No seas ridículo, Arthur. Me sé cuidar sola. No necesito a ningún príncipe azul. Soy romántica, sí, me encantan las novelas de amor, sí, pero sé que solo son historias de ficción. Así que, no necesito de nadie en este momento.
—Está bien, seguiré intentando, aún queda tiempo.
—Está bien, seguiré rechazando tu oferta. Y creo que ya me tengo que ir, si no, llegaré tarde al trabajo y ya estoy en la cuerda floja con Gerardo— Y apenas dije eso me arrepentí, pero era la verdad, siempre llegaba unos minutos tarde al trabajo y Gerardo se enfadaba conmigo.
— ¡Ves! Puedes trabajar en mi empresa.
—Arthur… Gracias por tu invitación a comer, pero debo irme— le dije. Me levanté de la mesa y él hizo lo mismo. Le extendí la mano para despedirme y me quedó mirando con una leve sonrisa en sus labios. En ese momento, se acercó y depositó un tierno beso en mi mejilla. Su perfume inundó mi nariz ¡Qué delicioso aroma! Luego del beso, se quedó mirándome y besó mi mano.
—Hasta pronto, Ivanna. Que tengas un buen día, espero que nos volvamos a ver.
—Que tengas un buen día, Arthur— le respondí. Me sentía muy sonrojada y solo quería salir de ahí.
Salí tan rápido como pude del restaurante, con unas ganas tremendas de respirar todo el aire que fuese capaz de soportar mis pulmones. Por suerte, estaba cerca de mi trabajo, a solo unas cuadras y aún me quedaban quince minutos para entrar a mi turno, por lo que, me fui caminando y tratando de despejar mi mente. Ese hombre me había nublado el juicio por un par de horas, pero, a la vez, me había gustado hablar con él.
Sí, lo sabía. Sabía que en dos días era difícil definir un sentimiento, pero este hombre me había encantado y me había intrigado a la vez. Cuando llegué al trabajo decidí olvidarme de él por el resto del día.