Atendí el teléfono de mi oficina, sobresaltándome con aquel sonidito infernal que reventaba mi cabeza gracias a la maldita resaca, comenzada la noche anterior.
-¿Diga? - Ladré al aparato.
-Melany, Christopher te espera en su oficina.- Y una mierda. Corté
Mi cabeza dolía y no estaba dispuesta a levantar mi trasero de mi cómodo asiento e ir a la oficina de mi jefe. Después de todo, la resaca fue culpa de suya, pues fue él quien se le salió a la semana a un bar de mala muerte. Y ojo, con un solo propósito: estar entre mis bragas.
Pues lo que sé, y no es como que me quejara, de todas las formas.
Pero si ahora quería que fuera a su oficina, que se joda.
Pasaron diez relajantes minutos en lo que busqué en mi cajón del escritorio hasta dar con las milagrosas pastillas para el dolor de cabeza. Justo cuando tragué la pequeña cápsula, mi teléfono volvió a sonar.
-Creí que Carmen te había avisado que te estaba llamando.- La enojada voz de Christopher fue lo que escuché.
-Y yo creía que mis diez minutos de tardanza te habían tenido que no tenían ánimos de ir.
-No tengo tiempo para tu genio de malas pulgas. Ven ahora.- Su tono formal me indicará que no estaba solo en su oficina.- Mandaré a Carmen para que te traiga.- Cortó.
Cinco segundos después, seguía el cuerpo de mi secretaría por los pasillos, hasta llegar a donde lo requieran. Entré en el despacho, totalmente hastiada, deseosa de tomar el día libre y sobresaltándome al reconocer al individuo allí presente. Y no me refería a mi jefe.
Estaba afirmado en el marco de la ventana, cuando sus ojos me enfocaron y viceversa.
Lo recordé todo. Absolutamente todo. Las imágenes se reproducen ante mi como si de una película se tratase, y yo, la principal espectadora.
***
-Te reto a besarlo.- Aparté la vista del libro entre mis manos y miré a Susana, quien apuntaba a un chico de un grupo apartado. No estaba para nada mal, pensé por un segundo.
-¿Y qué gano yo? - Pregunté alzando un ceja.
-Probablemente que ese grupo de barbies te odie.- Apuntamos a un lugar y miré. Un aquelarre de chicas miraban al joven que me había indicado recientemente, como si de un trofeo se tratara. Típico
Alcé la comisura izquierda de mi boca mirando a Susana.
La pelinegra me simpatizaba, aunque no era mi amiga, pues la verdad yo no tenía amigos. Algo totalmente inusual viniendo de una adolescente de 17 años, pasando por su último curso. Y es que yo lo había preferido así, nada de amistades, nada de juntas de chicas chillonas babeando por un niño puberto. Nada de babosadas de ese tipo.
Cerré el libro y yo levanté, parándome al frente de ella y entregándole mis cosas.
-Hecho
Ni siquiera sé por qué acepté aquel estúpido reto. Oh bueno, sí. Era tan orgullosa que ante cualquier provocación, respondía. Y Susana, la muy lista, lo sabía.
Otra cosa que no sabía, era el nombre del pobre chico. No lo había visto antes, no había, no era necesario saber el nombre de alguien para besarlo ... lo sabía por experiencia propia.
Mis pies se detuvieron a unos metros del grupo y avanzó solo cuando se percataron de mi presencia. Volví a avanzar, esta vez deteniéndome a centímetros del pobre muchacho, quien me miraba asombrado.
No sabía si era porque me había reconocido o porque estaba pensando quién rayos era y qué mierda quería al acercarme de esa manera a él.
-Siento esto, no es mi culpa.- Y junté nuestros labios sin perder más preciados segundos.
La verdad no tenía lo que estaba haciendo, es más, me daba igual.
Otra de las razones de por qué hizo esto, era para demostrar que no era la boba chica adolescente que se anda por las ramas. No. Si quería algo ... iba a por ello y listo. Y ahora quería demostrarle a Susana que su 'gran reto', era un juego de niños para mi.
Escuchaba los silbidos y risas de todos a nuestro alrededor.
Cuando el niño publico salió de su sorpresa y comenzó a devolverme el beso, me aparté, limpiando mis labios de su saliva.
-Y por favor, dedícale una mirada a tu séquito de seguidoras.- Apunté el grupo de barbies.- Empiezan a dar pena.- Dije. Me fui, no sin antes observar el grupo mencionado, identificar de todas esas plásticas sacaba más humo por las orejas; A sus amigos, quienes, como buena banda de idiotas que eran, además de continuar con las risas, observaban con suma atención la escena; Y por último a Susana, que me observaba con una sonrisa de orgullo, tendiendo mis cosas cuando llegué a su lado.
-Te acabas de ganar un almuerzo.
-Con doble porción de patatas fritas.- Aclaré y yo fui por los pasillos de la escuela, dejándola atrás.
***
Y eran esos mismos ojos, de ese mismo chico, los que me miraban ahora, diez años más tarde.
-Melany.- Habló Christopher.- Te presento a Camilo Cruz, el nuevo integrante a nuestra Institución.