La velada en la gran mesa del comedor se había convertido en una batalla silenciosa. Desde el momento en que Anna anunció su decisión de quedarse, Israel sintió el peso de su descontento cayendo sobre él. No tenía que preguntar para saber que la idea lo contrariaba; Anna lo percibió en la rigidez de sus hombros, en la forma en que sus ojos la taladraban con una mezcla de incredulidad y enojo. —¿De verdad crees que es una buena idea? —le susurró con voz contenida—. Este era el momento perfecto para hacer lo que te sugerí. Si te quedas aquí, les das ventaja. Anna sostuvo su mirada con determinación. Sabía que Israel tenía razón en preocuparse, pero también veía una oportunidad en aquel entorno hostil. —No es el momento de huir —respondió en voz baja—. Si queremos ganar, debo jugar con in

