Nacimiento de Caina

2373 Words
Caína nació una noche oscura y borrascosa a los pies de un tepuy, en un poblado llamado Kavec. El viento batía las palmeras y echaba al suelo las ramas más frágiles de los árboles. A intervalos, cuando arreciaba la tormenta, parecía que la borrasca iba a arrancar los techos de las chozas, el maizal, los pastizales. Fue en medio de aquella ventisca que Maya comenzó a sentir los dolores de parto. Al principio como un dolor ligero de vientre, después como si los huesos del sacro buscaran abrirse. Atacada por dolores cada vez más acentuados, yendo de un lado a otro de la recámara de barro macizo, Maya anunció a su marido, el Gran Barrikä. —Es hora —dijo la mujer con voz entrecortada—. Creo que hoy nace esta creatura. El hombre observó a su esposa, pero en realidad lo abstraían muchos pensamientos. Tras nueve meses de expectación, por fin vería el rostro de su unigénito. «Se llamará Yesec —dijo en voz baja—, como se llama en mi pueblo a un amigo. Su nombre será conocido por todas las comarcas. Será fuerte, imbatible. Defenderá nuestras tierras, vigilará la pureza de nuestra sangre y nuestras costumbres». Todo esto decía el Gran Barrikä como para sí mismo, como si rezara el futuro de su heredero. Su rostro descansaba sobre cierta dulce severidad. Sin embargo, Maya sabía lo que traía en su vientre, tenía consciencia de que los planes de su marido no saldrían exactamente como lo deseaba. Desde hace meses ha visto en sueños todo lo que vendrá. Ha visitado otro tiempo y otra gente.  Maya caminó lentamente hacia la ventana de la recámara, vio las enormes gotas de lluvia bañando la tierra, el constante resplandor de los truenos que alumbraba la sabana y a lo lejos, metido entre las arboledas más tupidas, la corriente del río. A su perfil lo contorneaba el dolor, opacaba la ternura de sus ojos grandes y negros. Su cuerpo ancho se había preparado para el parto. Cada vez se le hacía más difícil respirar; la frescura de la lluvia solo empeoraba el calor que de pronto le agobiaba. Mechones de pelo se pegaban a sus sienes y mordía su boca carnosa hasta que pasaban las contracciones. —De mi cuerpo saldrá una hembra —musitó Maya—. Se llamará Caína Libertad. Este nombre se parece a su destino. Su marido no la escuchó, atento como estaba a sus ensoñaciones.  Cada uno elevaba mantras para el nacimiento. Cantos interiores se reflejaban en sus rostros esperanzados. El Gran Barrikä imaginaba un futuro cacique; y Maya, como ya había sido advertida, veía en su hija una mujer de notable belleza y virtudes que representaría la unión de su pueblo con Dios.  En nueve meses de gestación tuvo tiempo de presentir lo que vendría para la hija que estaba por nacer, asaltada por grandes revelaciones en la misma cama donde daría a luz. —Lo tendrá todo —pensaba el Gran Barrikä. —Te llamarán la más hermosa —pensaba Maya.  Los intervalos entre puntada y puntada la dejaban exhausta. No quiso explicar al marido lo que había visto, el futuro de su hija develando un destino difícil de comprender y de narrar. «Tus hijos se expandirán por toda la Tierra —murmuró—». ¿Qué había visto Maya en sueños? ¿Acaso eran mensajeros de Dios preparándola para lo que vendría? Escenas confusas y cruentas en la que sus nietos se mezclaban con otros pueblos y muchos de ellos se rebelaban y luchaban por su libertad. ¿Qué significaban aquellas imágenes que se repitieron cada noche sobre la cama donde despertaba sudorosa y angustiada?  Caminó hasta la cama. Sentada allí, los dolores se mezclaban con aquellas escenas confusas en las que sus nietos menores luchaban contra fuerzas poderosas. Llevó una mano a su corazón: «Muchos de tus hijos serán encarcelados», dijo, como si de alguna manera la niña que pronto nacería pudiera escucharla. «A otros los matarán. Tus mujeres serán violadas. Tu pueblo perecerá y solo la reconciliación con Dios podrá salvarlos». Saber lo que vendría para su hija la atormentaba. Pero ella quería nacer. Escribir su historia.  Maya tomó su barriga abultada con ambas manos, ya la creatura se había hincado en la parte baja del vientre: «Hija mía —dijo en susurros—: tu gran debilidad será tu corazón. Por amor entregarás tus riquezas. Revelarás tus grandes secretos. Darás origen a la mezcla de otros pueblos, otras creencias. Te olvidarás de tu Dios y pactarás con otros dioses. Traerás como consecuencia tu esclavitud. Pero solo conseguirás tu libertad cuando despiertes y reconozcas que existe solo un Dios verdadero. Tu nombre será grabado en aquella gran montaña donde tu hermosa cabellera descenderá en forma de agua, y aquel que  llegue a la cima gritará por todo el mundo tu nombre».   "Guardaos, pues, de olvidar la alianza que Yahveh vuestro Dios ha pactado con vosotros, y de haceros alguna escultura o representación de todo lo que Yahveh tu Dios te ha p*******o; porque Yahveh tu Dios es un fuego devorador, un Dios celoso." (Deuteronomio 4,23-24)     A esa altura de la noche, la mujer alumbradora había sido reclamada por el cacique. La había hecho buscar con el indio Auyan. Se trataba de la partera del pueblo, una mujer pequeña y recia que ya rondaba por los sesenta años. Buscarla significaba desafiar la tormenta; atravesar la sabana; enrostrar el río, que en ese instante bramaba con estruendo y surcaba los caños como un espíritu encolerizado. Cauteloso, Auyan le hizo conocer sus temores al cacique: la lluvia y la ventisca podrían impedir que llegaran antes del parto. —Puede que la crecida del río no me permita pasar —dijo Auyan, un hombre alto y fornido a quien poco le sentaba el temor. —¿Por qué temes? Todo fluye a un ritmo divino cuando está una luz por nacer —respondió el Gran Barrikä. Cuando el indio escuchó aquel poderoso decreto se llenó de confianza. Tomó un nuevo ímpetu y corrió a gran velocidad. No era prudente navegar en curiara hasta la casa de la partera, así decidió caminar. Sintió que el viento, en lugar de detenerle, le impulsaba sus pasos.    “¿Es que no son los ángeles espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?” (Hebreos 1,14)   La borrasca no arreció. Al contrario, amainó, como si Dios viniera en su auxilio.  Emprendió la travesía de cuarenta minutos por tierra. Tenía los ojos puestos en obedecer la orden del jefe.  Un camino angosto, empantanado, lo condujo a casa de la mujer alumbradora.  Luego de una hora de camino, frente a aquella pequeña casa timbrada en la selva, el eco de sus gritos repicaba entre los matorrales. —Ya estoy lista —dijo la alumbradora. Y era cierto, porque desde hace rato esperaba que vinieran por ella. Auyan aguardó bajo el techo del vestíbulo exterior sin saber cómo el mensaje había llegado antes que el mensajero. Sus grandes pies habían desaparecido bajo el barro. —¿Cómo supo que yo venía en camino? —interrogó Auyanmientras la mujer alumbradora lo tomaba del brazo y lo conminaba a atravesar la sabana. —Cuando se está conectado con el universo —fue la respuesta de la mujer— puedes saber cosas que jamás nadie te ha dicho. Los truenos constantes alumbraron un camino pedregoso y empantanado. A veces algunas bestias pasaban entre los matorrales orientados por sus dueños. La lluvia menguaba, y la mayor parte de ella se quedaba en la copa de los árboles, que en la oscuridad, parecían gigantes pastores escurriéndose. Cuando llegaron a casa del Gran Barrikä solo quedaban viejos relámpagos alumbrado los maizales. La alumbradora atravesó el portal; penetró la estancia donde yacía Mayailuminada por el fuego que su marido había propiciado dentro de la pieza.  —Aquí estoy —dijo la mujer. Maya alivió su angustia de parir sin ayuda. La alumbradora le inspiraba confianza; no era para menos, había visto nacer a toda una generación. Y ahora sería quien diera la bienvenida a su primogénita.  Cuando comenzó el trabajo de parto, la mujer dijo:  —Respira profundo. —La inclinó sobre el catre—. Debes ser fuerte mi niña. —Esta creatura que traigo al mundo será débil —confesó Maya. El sudor empapaba sus ropas. El Gran Barrikä, que escuchó el comentario desde la entrada de la cámara, salió al paso con voz estentórea: —No puede ser débil el hombre que guiará a este pueblo. Por muy Gran Barrikä que fuere, la alumbradora estaba en sus dominios y lo hizo desalojar la habitación. Al hombre no le quedó más remedio que esperar tras una cortina de tabiques que dejaba pasar los alaridos de su mujer. Algo parecía desgarrarla. Y él no podía hacer nada por ella. Tan solo esperar.  —Puja —ordenó la partera amorosamente, consciente de que el parto estaba resultando muy f*****o para la joven esposa. Maya pujó, una y otra vez, dirigiendo a duras penas sus respiraciones. Inhalaba, pujaba, a un ritmo que superaba sus fuerzas. En cada pujo se le iba la vitalidad.  Minutos después sus carnes se rasgaban, su cadera se separaba. La vida, surgía a la vida.  La partera tiró de la cabeza de una niña que lloró débilmente a mitad de la noche y ahogó el ruido del río y de la lluvia. El llanto de la recién nacida llenó el recinto, la selva, el corazón de Maya, la esperanza del Gran Barrikä. Entonces descansó del dolor.  Respiró profusamente. La partera ponía a una hermosa niñaen sus brazos. —Se llamará Caína Libertad —dijo Maya sin fuerzas. Luego la puso sobre su pecho. —Anünkada —musitó la madre, que en su lengua significa te amo mucho. Observó a la partera y la tomó del brazo. Sabía que no le quedaba nada de tiempo: —Dile a Barrikä que este nacimiento traerá tiempos difíciles. Que la ame. Que llegado el momento, sabrá hasta dónde acompañarla.  Dijo esto y otras cosas más, que anunciaban terribles pero restauradoras noticias. Minutos después, la esposa del cacique perdía el aliento. Caía exánime sobre el catre y cerraba sus ojos para siempre. La niña quedó dormida en su pecho como una ranita sobre una hoja de plátano. El ciclo de la vida se cumplía. Su cuerpo había traído a la mujer que conectaría su r**a con otro tiempo, a pesar del dolor. Dicen que en el rostro de Maya quedó marcado por las huellas de una profunda angustia.      El silencio se hizo notar en el vestíbulo exterior cuando la partera apareció con la creaturaen los brazos. Afuera la esperaba el Gran Barrikä. Lucía un aire triunfante, saturado de esplendor. Su sonrisa iluminaba el recinto. Se había hecho acompañar de ancianos, capitanes y parientes, entre ellos todos sus hermanos. La sonrisa del cacique fue amplia y generosa. No tardó en contagiar al grupo su felicidad por el nacimiento de Yesec.  La partera atravesó la estancia; como sabía lo que vendría se mostró todavía más solemne: —Recibe a tu creación. Es la más hermosa de todas las estrellas que hay en elfirmamento. Confundido, el padre avanzó hacia ella, liberó al recién nacido de su manta y descubrió, para su gran sorpresa, que había nacido una niña. —¡Una hembra! —bramó el cacique. Cada quien guardó silencio en aquella sala; ni siquiera los sapos en los charcales se atrevieron a interrumpir, sobre todo porque el Gran Barrikä no podía ocultar su decepción. En un gesto brusco y emponzoñado, devolvió a la niña a los brazos de la alumbradora. —¡Dile a mi mujer que esto no es lo que esperaba! —Su mujer ha muerto —respondió la partera. Su voz sonó dolida y cortante.  El cacique la observó, sobre todo para saber si el rostro de la mujer contradecía sus palabras. La alumbradora se dejó medir por el hombre. No, no halló nada en aquel semblante que no fuere resignación y pesadumbre. Retrocedió desorientado. Apenas hacía quince minutos había escuchado sus quejidos. Apenas hacía poco había abrazado a Maya.                 A esa hora, de la lluvia no quedaba nada en el cielo. Unasgotas constantes se escurrían porla canaleta y caían a las vasijas rebosadas del patio. Nadie quedó en el vestíbulo. La noticia dispersó a los hermanos y los llevó a sus casas donde compartieron la noticia. Las mujeres dieron grandes alaridos de dolor.  Barrikä quedó a solas, acompañado de la partera. Solo ella vio a un hombre que caía en el suelo con el corazón roto.  En todos los lugares escucharon sus sollozos. La montaña entera recibió el grito de un hombre desconsolado. No entendía cómo la vida daba paso a la muerte de forma tan rotunda. Y cómo su esposa dejaba a una niña cuando él, el cacique, había pedido un sucesor.  Así pasaron las horas. La partera no quiso abandonar al hombre descompuesto que lloraba hincado sobre sus rodillas, iluminado por un fuego que comenzaba a extinguirse.  Nadie vio la forma en que, con la noche acercándose al amanecer, el orgullo del Gran Barrikä se desmoronaba. La única opción que tenía era adaptarse al nuevo orden de cosas. Miró a la hija: debajo de su frustración nacía la ternura. —Se llama Caína Libertad —dijo la partera poniendo sobre los brazos del padre a la recién nacida. Contó al hombre el mensaje intacto de su esposa, lo que simbolizaba el nacimiento de aquella criatura. Barrikä escuchó atentamente cada una de aquellas extrañas instrucciones, salidas de la boca de la mujer que más había amado.  Aquella noche, la lluvia había dejado limpia la sabana.  Todo resurgía suavemente, y una luna serena iluminó el perfil de un padre que aceptaba a su hija y aceptaba su nombre. —Caína —repitió varias veces, como si limpiara su paladar del nombre Yesec. La llevó a la habitación y la acostó en la canasta.  —Yo te cuidaré —dijo el Gran Barrikä mirando a la niña dormida—, y velaré por ti, hasta que lo decida el universo. Una gran estrella alumbró el rostro de su esposa tendida sin vida en el catre.   
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