La noticia de que una nueva embarcación encallaba en la orilla del río sacó a Caína de su choza. Un punto de felicidad se puso sobre su cabeza: los sacrificios habían dado resultado. Fue lo que le hizo saber a Yarimba, a quien cubrió de besos y abrazos inspirados en gratitud.
—Waküpe kru´man —le dijo mientras la abrazaba.
Corrieron al encuentro de los visitantes, trajinados en adaptarse al paisaje en la boca de la cuenca. Desesperada, Caína pasó revista por las decenas de hombres que se habían bajado de la embarcación. Para su sorpresa, no reconoció a ninguno, ni encontró entre aquellos rostros la suave belleza del hombre de ojos de jaguar. ¿Qué significaba? No era posible que ojos de jaguarhubiere olvidado la ruta. ¿En realidad la había abandonado?
Hacia ella caminó un sujeto alto de barba dorada. Venía sonriente, parecía complacido de verla:
—Vengo de parte de José Tadeo Anzola —dijo el hombre.
Caína suavizó su angustia; les conminó a que la siguieran. Hizo preparar un festín, y de inmediato condujo al mensajero a la intimidad de sus aposentos. A la sombra de Yarimba, quien no se despegaba ni un instante de ella, escuchó la historia que salió de la boca de ese hombre.
—¿Enfermo? —repitió aterrada.
El relato del hombre, quien se presentó formalmente como Fernando Jerez, contaba los sufrimientos por los que había pasado el señor Tadeo desde que regresó a su tierra. Las enfermedades que adquirió su tripulación en las costas, el rechazo de las autoridades de financiar su retorno. Total que aquel hombre justificaba la ausencia de Tadeo y sembraba en el corazón de Caína la esperanza de ir con ellos y encontrarse con él.
—Hemos venido a buscarla —mintió el hombre.
Caína escuchó atentamente las palabras del sujeto que bebíay comía sin ocultar el hambre y la sed ante el banquete que los indios sirvieron a los comensales. Bebía desproporcionadamente un licor llamado parakarí, hecho a base de la fermentación de la yuca. Toda la tropa parecía estar acostumbrada a sus efectos; a la borrachera del parakarí, a las costumbres de los aldeanos, a muchos vocablos.
La joven hija de Barrikä se había dejado contagiar por la alegría del encuentro y bajó los niveles de aprehensión. «No veo razones para alarmarse», le murmuró al oído Yarimba. Pero necesitaba pensar. Y esto sí lo hizo a solas, debajo de un grupo de altos morichales. Jamás había considerado la opción de marcharse, de abandonar sus tierras. Estaba convencida de que el mundo era simplemente una extensión de la sabana, aunque su intuición le dijera lo contrario. ¿Qué hacer?, se preguntó. Miró el firmamento, por si sus padres le enviaran alguna señal. Solo escuchó el rumor de los grillos debajo de los matorrales y de las ranas cantando en la oscuridad de los pozos.
¿Qué hacer? Yarimba parecía empatizar con esa nueva gente, confiaba en ellos. ¿Qué diría la anciana Tenemai-tesen? No podía saberlo, la anciana se negaba a verla. Tal vez era el momento de abrir nuevos caminos a su pueblo, pensó. Y en verdad, los ancianos de aldea no se mostraban de acuerdo con los cambios. ¿En manos de quién podía dejar el destino de su gente mientras estuviere lejos?
—El viaje es largo —le dijo Fernando en cierta oportunidad—. Necesitaremos provisiones de alimento y oro.
Los preparativos de su partida ocuparon a Caína durante dos semanas. La embarcación de los navegantes se llenó de maíz, frutos, animales y metales preciosos. Los indios desgranaron los mazorcales, sacaban oro de los ríos, cuarzos de las riberas, zafiros de las cuevas. «El viaje es largo», repetía para sí misma Caína. Mientras tanto, Yarimbasoñaba con que la ausencia de Caína le dejaría en manos del pueblo de Barrikä.
Tenemai-tesen miraba el revuelo desde su cámara. «El despertar de tu inocencia —decía— nos costará caro».
“Los labios mentirosos abomina Yahveh; los que practican la verdad alcanzan su favor.”
(Proverbios 12,22)
“Pensando estás en crímenes, tu lengua es una afilada navaja, oh artífice de engaño.”
(Salmo52,2)
“Guarda del mal tu lengua, tus labios de decir mentira.”
(Salmo 34,13)
“No me entregues al ansia de mis adversarios, pues se han alzado contra mí falsos testigos, que respiran violencia. ”
(Salmo 27,12)
Las profesías de Tenemai-tesen se cumplieron a cabalidad. La inocencia de Caína había llenado la embarcación de las riquezas de sus tierras. La promesa del reencuentro mantuvieron absorta a la hija del gran Barrikä. Sus ojos puestos en el horizonte no estaban en el presente, para observar las atrocidades que comenzaron a practicar aquellos forasteros.
El espíritu de la ambición muy pronto salió a la luz. La ferocidad de su d***o no solo se limitó a obtener de la tierra las riquezas: también el de tomar los cuerpos de las mujeres.
Una noche, empantanados por los efectos del parakarí, un grupo de blancos penetró las alcobas de las muchachas. En la oscuridad de la noche, se escuchó el grito de mujeres sorprendidas en sus chinchorros, algunas de ellas amamantando a sus crías.
Sujetos de rostros desenfocados por el d***o y el licor tomaban por la fuerza a las mujeres de la aldea.
Caína despertó. La sacó del sueño el grito de una mujer cerca de su choza.
—¿Qué pasa? —preguntó confundida a un joven que corría con una antorcha en la mano.
—Los forasteros están violando a las mujeres.
El joven desapareció. Acto seguido, frente a Caína, la ira de su pueblo se levantó contra los visitantes. El combate era velado por la oscuridad de la noche. La furia había desatado una verdadera revuelta. No podía distinguir a un indio de un blanco, a una mujer de un agresor. Todo estaba confuso, los gritos y los golpes parecían venir del mismo lado.
En la disputa, el dios de barro cayó al suelo. Caína vio volar en pedazos todas sus partes. Vio que todo se arruinaba, la aldea pacífica de Barrikä ardía en ira y el fuego comenzaba a morder los techos de las casas.
Vio, medianamente en la penumbra, que un grupo de aldeanos enfurecidos prendían fuego a la embarcación de los extranjeros. Algunos de ellos lograban escapar en barcas más pequeñas, tragados por la oscuridad de la cuenca para siempre.
No era precisamente el desenlace que había esperado en su corazón. Como pudo, se internó en la revuelta. Sacó a un bebé privado en llanto del interior de una choza que comenzaba a arder. Vio a la madre tendida en la tierra, apuñalada.
Caminó hacia otras casas, salvó lo que pudo, sin saber si lo que pisaba estaba vivo o muerto. Buscó rostros familiares en la oscuridad, ayudada con el fuego tímido de un mechurrio. Todo estaba revuelto, su gente con la gente extranjera.
Solo el amanecer revelaría el alcance de aquella terrible catástrofe.
Nada quedó de pie. El sol de la mañana iluminó a un pueblo arrasado por el fuego, el d***o, y la furia.
Caína se abrió paso entre quienes quedaban vivos, y,avergonzada, indignada, hizo un inventario de lo que había quedado medio intacto.
Entre los cuerpos inertes vio el de Yarimba; también había sido violada y acuchillada. Todo, todo estaba cubierto bajo sangre y cenizas. Los techos, los recintos de abastecimiento, las casas, todo había sido arrasado.
—¿Qué he hecho? —musitó, levantando a una mujer que respiraba con dificultad bajo las tapias de un techado.
Vio al dios-tapir destrozado. A Yarimba inerte. Casas de donde todavía salía una leve humareda. Vio blancos destrozados. Embarcaciones quemadas a orillas del río.
De las sombras de un matorral salió Tenemai-tesen. Traía en su mano un cuchillo ensangrentado.
—¡Ko´wai! —Caína corrió en su auxilio. Hizo que llevaran a la anciana a su viejo lecho.
—Perdóname —dijo Caína, entrando en llanto.
—¿Cuánto debe pagar un pueblo —le dijo— la inocencia de sus gobernantes?
Caína lloró. Ahora tenía verdaderas razones para hacerlo.
“Por el contrario, esto es lo que haréis con ellos: demoleréis sus altares, romperéis sus estelas, cortaréis sus cipos y prenderéis fuego a sus ídolos.”
(Deuteronomio 7,5)
“Destruiré vuestros altos, abatiré vuestros altares de incienso, amontonaré vuestros c*******s sobre los c*******s de vuestros ídolos, y yo mismo os aborreceré. Reduciré vuestras ciudades a ruina y devastaré vuestros santuarios, no aspiraré ya más vuestros calmantes aromas. Yo asolaré la tierra, y de ello quedarán atónitos vuestros mismos enemigos al venir a ocuparla.”
(Levítico 26,30-32)
“Cuando grites, que te salven los reunidos en torno a ti, que a todos ellos los llevará el viento, los arrebatará el aire. Pero aquel que se ampare en mí poseerá la tierra y heredará mi monte santo.”
(Levítico 26,30-32)
“No os hagáis ídolos, ni pongáis imágenes o estelas, ni coloquéis en vuestra tierra piedras grabadas para postraros ante ellas, porque yo soy Yahveh vuestro Dios.”
(Levítico 26,1)