Identificación falsa.

1326 Words
“Por perseverancia, el caracol llegó al arca” Charles Spurgeon Estaba nerviosa, muy nerviosa. Claro, ayer me había hecho la valiente porque no le tomé el peso y por la adrenalina que sentí al encarar a mi madre, pero ahora que estaba frente al edificio, y no un edificio cualquiera, sino un lujoso edificio, la ansiedad comenzó a surgir. —¿Es en serio? —inquirí asombrada, porque la verdad yo creía que me iba a encontrar con un edificio en un lugar abandonado o alguna casucha de mala muerte, pero este sitio era de lujo. El edificio estaba hecho completamente de vidrios, con un portero en la puerta y mucha área verde por los lados. —Sí, es todo un empresario —contestó Román para luego comenzar a caminar en dirección a la entrada. Mi cara debía ser un poema, literal. Esto, en definitiva, no era lo que yo esperaba. Cuando entramos, había mucha gente yendo de un lado a otro, vestidos de traje y muy elegantes. Me miré de arriba abajo. Sentí un poco de vergüenza por cómo estoy vestida. —¡Me siento muy fuera de lugar! —le dije en voz baja a Román. Él asintió. —¡Tranquila! —intentó calmarme. Subimos en ascensor porque, según él, su oficina estaba en el último piso. Como dije, este edificio era inmenso. El ascensor no tenía música, por lo que me resultó muy agradable. Llegamos al piso. Tal como todo el lugar, estaba perfectamente decorado e iluminado. La mujer que estaba en la recepción, una joven morena, muy maquillada y por no decir menos, hermosa, me miró de arriba abajo y levantó una ceja. —¿A quién traes, Román? —Su voz era delicada. «Tanto como ella». —Él quiere verla —respondió. Ella me observó unos segundos. —Le avisaré. —Román asintió—. Si quieren, pueden sentarse. Dicho esto, salió de su escritorio y comenzó a caminar contoneando las caderas hasta donde supuse estaba la oficina del muy famoso demonio. ¿Sería un hombre viejo? ¿Un viejo gordo y feo? Aún estaba sorprendida, y supuse que Román lo notó, ya que miraba hacia todos lados, y no, no disimulaba. —Disimula un poco —me dijo entre risas. Le di un empujón con mi hombro. —Esto no es lo que me esperaba. —Estaba igual la primera vez que me trajeron. De pronto, la mujer salió. Contoneó sus caderas hacia su escritorio, se sentó con tranquilidad y nos contempló. —Puedes pasar. —Me miró. Román y yo nos levantamos, pero ella negó—. ¡Solo quiere verla a ella! Tragué saliva, aún más nerviosa. «Quizá va a matarme, por eso quiere verme a solas». Le di una sonrisa tranquila a Román, aunque no sabía si era para él o para mí. Tomé aire, caminé hacia la puerta y toqué una vez. Al no recibir respuesta, entré. Un hombre de traje estaba parado frente a la inmensa ventana. Me daba la espalda, una espalda ancha. Bueno, desde aquí no se veía como un viejo gordo. —¿Quién eres? ¿Qué es lo que necesitas de mí? —Tenía la voz ronca, diferente a cualquiera que hubiese escuchado y era una voz relativamente joven. —Soy Aria… —comencé a decir, pero él se dio la vuelta y me interrumpió. Era guapísimo, unas facciones varoniles tan marcadas, un cabello n***o y unos ojos que brillaban con diversión. —¿Aria? ¿Quien mató a David? —Sonrió. Mientras tanto, sacó un cigarro y lo encendió. —Bueno, no sé si fui yo quien lo maté. No pensé que el golpe sería tan fuerte. Ladeó una sonrisa. —Tú lo dejaste al borde de la muerte y yo fui quien terminó el trabajo. Me quedé helada. ¿Cómo es que él terminó el trabajo? —¿Qué? —Deberías darme las gracias, después de todo, si David despertaba, estarías muerta. Román me pidió el favor, pero como era para ti, creo que es justo que tú también pagues una parte. No sabía qué decir. Eso era lo que Román tenía en secreto. Por eso no se sorprendió cuando le dije que estaba muerto. —Pero yo vine aquí a otra cosa —le comenté un poco confundida. —Quieres una identificación falsa. Entiendo que te persigue la policía. —Asentí. Me miró de arriba abajo—. Quítate la ropa. —¿Qué? —solté atónita. —Lo que escuchaste, ¿o qué crees?, ¿que las cosas son gratis? —Levantó una ceja. —¡No haré eso! —exclamé firme. Se encogió de hombros —Puedes salir por donde viniste entonces. —Se la vuelta y mira la ventana de nuevo. ¡No podía ser! Estaba a punto de darme vuelta e irme, pero en vez de eso mi cerebro creyó que era mucho mejor encararlo. —¡Necesito que me des mi maldita identificación, porque no vine aquí por nada, y no me voy a sacar la ropa y dejar que otro imbécil abuse de mí! ¿Oíste? —vociferé. El demonio se giró y me escrutó sin ningún tipo de expresión en la cara. De seguro no le gustaba recibir órdenes y menos de una donnadie como yo. No dijo nada, y eso me puso aún más nerviosa. Sin embargo, no podía irme de este lugar sin la identificación. No podía estar un día más encerrada en el departamento. —Tendrás que hacer un encargo para mí —habló por fin. Asentí. —¡Haré lo que me pidas! Me miró confundido y al parecer un poco divertido. —Pero si acabo de decirte que te quites la ropa y no has querido. Debo confesar que nunca antes me había pasado esto. —Bueno, cualquier cosa menos eso. —Moví las manos. —Cualquier cosa es un concepto muy amplio. —Enarcó una ceja. —En este momento estoy un poco desesperada —admití. —Lo sé. —El demonio sacó de un cajón un papel y lo dejó encima de la mesa. Me acerqué con lentitud. Era una nueva identificación. Era yo, pero me habían puesto con el pelo n***o, lo que era bueno, pues ya me lo había pintado—. Creí que llegaría una chica con el pelo rojo —me sacó de mis pensamientos—, porque me gustan las chicas con cabello rojo. —Levantó las cejas. Entorné los ojos. —No podía salir así a la calle. La policía busca una chica de pelo largo y rojo, no a una de pelo corto y n***o. —Me encogí de hombros y miré la tarjeta en mis manos. Era perfecta. Bella Jones Ahora ya no era Aria, era Bella. —Chica lista. —Me guiñó un ojo—. Ahora, lo que tienes que hacer es de máxima privacidad, no puedes decirle ni siquiera a Román, porque si me llego a enterar de que se lo dijiste, te encontraré, y serás tú a la que encuentren muerta. —Se acercó mí. Tragué saliva. —Entiendo. —Mañana en la noche me llegará un dinero en tu barrio. Es peligroso, pero necesito que seas tú quien vaya a buscarlo. A las diez llegan. A las once te quiero en mi departamento. Si no me llega todo el dinero, te mato, ¿oíste? Asentí. Me pasó un papel con una dirección, que seguro debía ser su apartamento. —Muchas gracias por la identificación —expresé. En verdad no sabía qué otra cosa decirle. —Ah, si no llegas a las once, te mato también. Por esto te puedes comunicar conmigo —informó sin mirarme. Asentí, aunque sabía que no podía verme. Agarré el celular de sus manos y salí. Una vez me vio, Román se acercó con rapidez. —¿Cómo te fue? —me preguntó ansioso. —Todo perfecto —contesté. Después caminé hacia el ascensor. Necesitaba salir rápido de allí.
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