Su mano entrelazada a la mía le dan un pacto final a la lujuria que comienza a desbordarse en nosotros. Junto a los pensamientos de locura que yacen en mi mente. Empujo la puerta de la habitación, haciendo que él se adentre en ella. Cuando él lo hace y sus palabras no se proliferan proporcionándome un silencio que invita a la sensación de su interés. La figura de Alejandro permanece en el medio entre la cama y la puerta, erguida, quedándose dispuesta. Mientras que sus ojos me hacen el amor una y otra vez. Con mi mirada deseándolo, me dirijo a la puerta del gigantesco armario, iluminado por completo. Mis ojos detallan las telas y las joyas, encontrando un cajón excitante. Jalo el cajón, encontrándome con sus corbatas. ─¿Necesitas de mi ayuda?─ Inquiere Alejandro con picardía. Esbozo una

