El sonido del tic-tac de un reloj resonaba con suavidad en el despacho, acompañando el sopor que envolvía a Helena. Llevaba casi una hora dormitando en el sofá, mientras Sebastián y Natalia se ocupaban de los asuntos urgentes de la empresa. Afuera, la tarde había avanzado, y una tenue luz gris se filtraba por los ventanales, como si la ciudad entera estuviera conteniendo la respiración. Los días finales del embarazo habían transformado la rutina de Helena en una lucha constante entre la necesidad de controlar su imperio y la exigencia física que su cuerpo le imponía. Aun así, se resistía a ceder del todo. El doctor Takahashi llegó poco después de las cuatro de la tarde, cargando un maletín con el equipo necesario para un examen básico. Cuando Natalia lo hizo pasar, Helena se incorporó con

