La Caza Comienza La noche de Tokio estaba envuelta en un velo de luces y sombras. Desde la suite presidencial de su torre, Helena observaba la ciudad con una mirada afilada. Ricardo había reaparecido, y eso solo significaba una cosa: problemas. Sebastián, sentado en el sofá de cuero n***o, revisaba la información que su equipo había recopilado. Su mandíbula estaba tensa, y su mirada, afilada como la de un depredador acechando a su presa. —No es coincidencia que haya regresado justo ahora —dijo Helena, cruzando los brazos—. Ricardo nunca actúa sin un propósito claro. —Y si está haciendo preguntas sobre nuestros negocios —añadió Sebastián—, significa que busca debilidades. Helena se giró y tomó su teléfono. —No vamos a esperar a que haga su jugada. Nos adelantaremos. Marcó un número y

