Capitulo 1: La Mujer que Nadie Enterró

387 Words
Dedicatoria A mi querido hijo, por tu amor a Tokio, una ciudad que refleja tu pasión, curiosidad y sueños. Con todo mi amor Capitulo 1: La Mujer que Nadie Enterró La primera bala le rozó la sien. La segunda pasó tan cerca de su oído que pudo escuchar el zumbido de la pólvora desgarrando el aire. Helena no pestañeó. No corrió. No gritó. Cinco años atrás, una noche como esta, había caído al fondo de un río con los pulmones llenos de agua y los huesos rotos. Nadie la buscó. Nadie la enterró. Todos asumieron que estaba muerta. Ese fue su primer error. Ahora estaba aquí, de pie en la cima de un rascacielos, bajo un cielo cargado de tormenta, mirando al hombre que le arrebató todo. Alexander Drake. El nombre sabía a ceniza en su boca. El hombre que la vendió. Su mano firme sostenía el arma. Helena lo observó con calma, como si fuera un insecto al que podía aplastar en cualquier momento. En su mundo, él era un dios intocable. En el de ella, solo era un cadáver que aún no lo sabía. —Dispara —susurró Helena, dando un paso adelante. Alexander tragó saliva. Su dedo tembló sobre el gatillo. Ah, el miedo. Cuánto lo había esperado. Cinco años atrás, fue ella quien sintió ese pánico cuando su auto fue emboscado en un puente sin nombre. Cinco años de muerte en vida. Dolor. Aprendizaje. Transformación. Ahora, la víctima estaba al otro lado del arma. —¿Cómo…? —balbuceó Alexander. —Viva —respondió Helena, sonriendo—. Qué decepcionante para ti, ¿verdad? La tormenta estalló. El trueno ahogó los murmullos de los invitados dentro del lujoso salón, testigos involuntarios de su regreso. El fantasma de la mujer que creyeron muerta se había materializado en carne y hueso. Alexander soltó el arma. Su primera rendición. Pero Helena no había venido por disculpas. Había venido por la caída de un imperio. —¿Sabes qué es lo mejor de los muertos, Alexander? —susurró, inclinándose junto a él—. No tienen nada que perder. Le arrebató el arma y la dejó caer. No la necesitaba. Su venganza no se escribiría con balas. Se escribiría con miedo. Con poder. Con el mismo fuego que él había encendido aquella noche. La cacería había comenzado.
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