Capítulo 2 - Un Fantasma en la Tormenta
El trueno rugió sobre la ciudad, sacudiendo las ventanas del rascacielos. Dentro del salón, el aire se había vuelto espeso, casi irrespirable. Nadie se movía. Nadie hablaba. Todos estaban paralizados por el regreso de la mujer que nunca fue enterrada.
Helena no tenía prisa.
Con el mismo aplomo con el que había enfrentado el cañón de un arma minutos atrás, tomó una copa de champagne de una bandeja cercana y la llevó a sus labios. Quería saborear la desesperación de Alexander.
Él no la apartaba de su vista. Como si soltarla de su mirada significara perder lo poco que aún podía controlar.
—Deberíamos brindar —dijo Helena, levantando la copa—. Después de todo, esta es una celebración, ¿no?
La incredulidad cruzó el rostro de Alexander.
—¿Qué demonios quieres?
Ella inclinó la cabeza, fingiendo pensar. ¿Qué quería?
Venganza. Justicia. Verlo caer con la misma crueldad con la que él la había destrozado.
Pero eso sería demasiado fácil. Y Helena nunca había sido una mujer de caminos fáciles.
—Quiero lo mismo que tú querías hace cinco años —respondió, con una sonrisa afilada—. Todo.
El color abandonó el rostro de Alexander. Lo entendió de inmediato. No había vuelto solo para matarlo. No. Había vuelto para desmantelar todo lo que él amaba.
Su imperio. Su poder. Su seguridad.
Iba a quitarle cada pieza de su vida, lentamente, hasta dejarlo sin nada.
El silencio del salón se rompió cuando una mujer de vestido rojo dio un paso adelante. Sus tacones golpearon el mármol con fuerza, su perfume impregnó el aire como una advertencia. Helena la reconoció al instante.
Victoria Moreau.
La nueva socia de Alexander. La mujer con la que había reemplazado a Helena, tanto en los negocios como en su cama.
—No sé quién eres —dijo Victoria, con voz cortante—, pero tu jueguito ha durado demasiado.
La mirada de Helena se deslizó hacia ella con una lentitud calculada.
—¿No sabes quién soy? —repitió, con una mueca burlona—. Qué curioso, porque duermes en mi cama.
El golpe fue directo y certero. Victoria parpadeó, sorprendida.
—Estás equivocada —replicó, recuperando la compostura—. Alexander y yo…
—Oh, lo sé —la interrumpió Helena, con una sonrisa gélida—. Sé todo sobre ustedes. Sé lo que hicieron. Sé lo que planearon. Sé cuántas veces me enterraron en sus conversaciones, pensando que nunca volvería.
Victoria entrecerró los ojos, pero su expresión de seguridad ya se había fracturado. Y Helena lo notó.
—Alexander —insistió Victoria, girándose hacia él—. ¿Quién es ella?
El hombre abrió la boca, pero no encontró palabras. Por primera vez, Alexander Drake no tenía el control.
Y Helena lo disfrutó.
—¿Quieres que te lo diga yo? —preguntó, apoyando la copa sobre la barra con un golpe sutil—. Con gusto.
Dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellos. Su voz descendió a un susurro venenoso.
—Soy el error que creíste corregir. El pasado que nunca pudiste borrar. La sombra que se esconde en cada rincón de tu imperio.
La vio tragar saliva.
—Soy la mujer que abandonaste en un río para que se ahogara.
Y con esa última palabra, el tiempo pareció detenerse.
La tormenta había comenzado.