El amanecer bañaba la ciudad con un resplandor dorado, pero en el corazón de Helena, las sombras aún persistían. Aunque había dado a luz y su imperio seguía en pie, la amenaza de Ricardo flotaba como una nube oscura en su mente. Sebastián dormía a su lado en la habitación de la clínica, su mano aún entrelazada con la de ella. El pequeño en la cuna respiraba con tranquilidad, ajeno al mundo exterior. Helena suspiró, sintiendo el peso del cansancio en cada fibra de su cuerpo. Había pasado tantas noches en vela planeando estrategias, enfrentando traiciones y superando obstáculos que, ahora que su hijo estaba con ella, debería sentirse plena. Pero la advertencia de Óscar sobre Ricardo seguía repitiéndose en su mente como un eco. Tengo que proteger lo que es mío, pensó, acariciando suavemente

