La noche se cernía sobre la ciudad cuando la caravana de vehículos partió hacia la clínica, con Helena sentada en el asiento trasero de la limusina y Sebastián a su lado, sosteniéndole la mano. Afuera, las calles iluminadas por los faros parecían un escenario distante, ajeno a la urgencia que latía en su interior. Cada sacudida del vehículo, por leve que fuera, le provocaba un dolor sordo en la espalda y un nudo en el vientre, señales inequívocas de que el parto podría desencadenarse en cualquier momento. —Respira conmigo —susurró Sebastián, acariciándole el brazo—. Inhala… exhala… Helena obedeció, cerrando los ojos y tratando de concentrarse en el ritmo pausado de su respiración. Sentía que el peso de su hijo crecía con cada minuto, reclamando su espacio y recordándole que la vida no es

