Seguramente Marcos no lo estaba: por una parte, había considerado risible la idea de que Dios castigara haciendo que el sodomizado se defecara encima, como si no se tratase de la consecuencia última de su práctica sistemática, y por la otra había recordado una de las lecciones de su suegro. Instintivamente se la había contado a Rubén: —Sin embargo, está escrito que el Altísimo perdona a los pecadores: él es el Santo Misericordioso que dice. «Quiero el amor y no el sacrificio, el conocimiento del Señor más que holocaustos.25 —Hm… ya, ya, es verdad. Pero el jefe de la sinagoga enseña que hay que acercarse a los pecadores y los paganos solo cuando no se pueda evitar, por trabajo digamos, y a condición de no tocarlos, y es preciso mantenerlos lejos para todo lo demás, pues si no se cae en la

