6-El regreso

924 Words
Salir del hospital fue más extraño de lo que imaginé. No hubo dramatismo, ni lágrimas, ni discursos emotivos. Solo papeles firmados, indicaciones médicas claras —reposo relativo, seguimiento psicológico, evitar sedantes sin supervisión— y una pulsera plástica que me cortaron de la muñeca como si con eso también eliminaran lo ocurrido. El aire de afuera se sintió diferente. Más frío. Más real. Richard condujo en silencio. Sus manos firmes en el volante, la mirada fija en el camino. Yo observaba la ciudad pasar por la ventana, edificios reflejando el sol de la tarde, personas caminando sin saber que yo había estado a centímetros de convertirme en una estadística. —He cancelado algunas reuniones —dijo finalmente—. Trabajaré desde casa esta semana. Asentí. La casa apareció frente a nosotros con su fachada impecable, como si nada hubiera ocurrido entre esas paredes. Como si el suelo de la cocina no hubiera sido testigo de mi cuerpo extendido e inmóvil. Entré despacio. Todo estaba en su sitio. Demasiado en su sitio. La mesa limpia. Las cortinas abiertas. El aroma leve a limpiador de superficies. Richard había hecho que alguien viniera mientras yo estaba hospitalizada. Borrar rastros es una costumbre suya. —Deberías descansar —dijo, dejando las llaves sobre la consola. Subí las escaleras sintiendo un leve mareo que no sabía si era físico o emocional. Al entrar en la habitación, el orden perfecto me dio una punzada incómoda. La cama tendida con precisión. Mi ropa doblada. Nada fuera de lugar. Me senté en el borde del colchón. El intento de suicidio —así lo llaman— cambia la forma en que te miran. Aunque no lo digan. Aunque sonrían. Aunque prometan apoyo. Te conviertes en algo frágil. Y yo no soy frágil. Richard apareció en la puerta. —He hablado con un terapeuta. Empiezas el jueves. —Tan rápido. —Es lo mejor. Lo miré. Su preocupación era convincente. Tal vez incluso sincera, a su manera. —¿Tú estás bien? —le pregunté. Pareció sorprendido por la pregunta. —Casi te pierdo, Eleanor. Casi. La palabra flotó entre nosotros. Se acercó y se sentó a mi lado. Su mano se posó en mi espalda con cuidado, como si yo fuera de cristal. —Si algo te falta, si necesitas más… dímelo. Más. ¿Qué significa más cuando todo parece suficiente desde afuera? —Estoy aquí —murmuré. Él besó mi frente y salió para atender otra llamada. Cuando me quedé sola, me levanté y caminé hacia el baño. Abrí el botiquín. Estaba vacío. Ni una sola caja. Solté una pequeña risa sin humor. Claro. Cerré el espejo y me observé. Mi piel aún estaba pálida. Había sombras bajo mis ojos que el maquillaje no ocultaría del todo. Pero seguía siendo yo. Bajé a la cocina. El piso brillaba. Me detuve justo en el lugar exacto donde recordaba haber caído. Cerré los ojos por un segundo. El frío de las baldosas contra mi mejilla. El silencio pesado. Un sonido me sacó del recuerdo. El timbre. Richard estaba en su despacho. Fui yo quien abrió la puerta. Alexander estaba allí. Sin traje esta vez. Camisa clara arremangada hasta los antebrazos. Más humano. Más peligroso. —Vine a ver cómo estabas —dijo con naturalidad. —Eso es amable. Richard apareció detrás de mí. —Pasa. Se movieron hacia la sala como dos hombres que comparten negocios y silencios. Yo me quedé de pie un segundo antes de seguirlos. La conversación comenzó formal. Trabajo. Contratos. Fechas. Pero la atención de Alexander se desviaba hacia mí con frecuencia. —¿Te sientes mejor? —preguntó en un momento, rompiendo la línea profesional. —Mucho. Nuestros ojos se sostuvieron un instante más de lo prudente. Richard no pareció notarlo. Después de unos minutos, él recibió otra llamada y tuvo que salir al jardín para tomarla. El silencio en la sala cambió de textura. Alexander dejó la carpeta sobre la mesa. —Este lugar no parece escenario de tragedia —comentó. —Las casas no conservan recuerdos —respondí—. Las personas sí. Se levantó lentamente y caminó hasta quedar frente a mí. —Te ves distinta aquí. —¿Cómo? —Menos vulnerable. Una leve corriente eléctrica recorrió mi piel ante la forma en que lo dijo. —Tal vez nunca lo fui. Su mirada descendió apenas, recorriendo mi cuello, mis hombros. No era descarado. Era medido. Observador. —Deberías cuidarte —murmuró. —Siempre lo hago. Por un segundo, la distancia entre nosotros se volvió demasiado corta. Podía sentir el calor de su cuerpo, la cercanía de su respiración. No hubo contacto. Solo esa tensión silenciosa que dice más que cualquier roce. El sonido de la puerta del jardín nos separó. Alexander retrocedió con naturalidad perfecta. Richard volvió a entrar, ajeno a lo que no había ocurrido. —Tengo que salir una hora —anunció—. Un asunto urgente. Miró a Alexander. —¿Te quedas? Un segundo de pausa. —Si no es molestia. Richard me miró. —¿Estás bien? Sonreí con suavidad. —Claro. Cuando la puerta principal se cerró y el sonido del auto se alejó, la casa quedó en un silencio distinto al del hospital. Más íntimo. Más cargado. Alexander giró hacia mí sin la máscara profesional. —No deberías estar sola todavía —dijo. —No lo estoy. La frase quedó suspendida entre los dos. Esta vez no retrocedí cuando se acercó. El aire cambió. Y algo empezó a arder bajo la superficie tranquila de mi nueva vida..
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