El olor a desinfectante se me metía en la garganta como una culpa que no podía escupir.
No recuerdo el momento exacto en que mi cuerpo decidió rendirse, pero sí recuerdo la sensación: primero el ardor en el estómago, luego la presión en el pecho, después la oscuridad cerrándose como una puerta pesada.
Las pastillas habían sabido amargas. Demasiado amargas.
Lo pensé mientras las tragaba una por una con agua tibia. Pensé en lo irónico que era que algo tan pequeño pudiera terminar con todo. Pensé en que nadie notaría mi ausencia hasta el día siguiente. Pensé en que tal vez eso dolería más que morir.
Y luego dejé de pensar.
Cuando volví a abrir los ojos, el mundo era blanco.
No blanco suave. Blanco cruel.
El techo del hospital parecía inclinarse sobre mí. Intenté moverme, pero una presión incómoda me rodeaba el brazo. Una vía intravenosa. El suero descendía gota a gota con una paciencia insoportable.
Mi garganta ardía. No tenía un tubo. No estaba intubada. Solo seca, áspera, castigada por el vómito y la aspiración. Intenté tragar y sentí náuseas.
Escuché voces antes de comprender palabras.
—Intoxicación medicamentosa voluntaria —dijo alguien con tono clínico—. Llegó inconsciente, hipotensa, pero respondió a fluidoterapia y lavado gástrico temprano.
Lavado gástrico.
La palabra flotó en mi cabeza como un eco. Recordé la sensación invasiva, la presión en la garganta, el reflejo de arcada, la humillación absoluta incluso en la inconsciencia.
Quise cerrar los ojos otra vez. No para dormir. Para no existir.
—Está estable ahora —continuó la voz—. Hay que valorar interconsulta con psiquiatría cuando esté más orientada.
Psiquiatría.
Yo no estaba loca. Solo estaba cansada.
Quise hablar, pero mi voz salió apenas como un susurro roto.
—¿Richard…?
Una sombra se movió a mi izquierda.
Y entonces lo vi.
No era Richard.
Era él.
El hombre que me había encontrado en el suelo de mi cocina. El desconocido de ojos grises y mandíbula marcada. El que había irrumpido en mi casa como si tuviera derecho a estar allí. El que había llamado a la ambulancia.
El que no debería saber nada de mí.
Estaba de pie junto a la ventana, las manos en los bolsillos del pantalón oscuro, la camisa ligeramente arrugada como si no hubiera dormido.
—Tu esposo viene en camino —dijo con voz baja—. Yo llegué primero.
Mi mente intentó reconstruir la escena.
La puerta sin seguro. El piso frío. El sonido lejano de alguien llamando mi nombre.
¿Por qué él estaba allí?
—¿Quién…? —mi voz se quebró.
Se acercó un paso, lo suficiente para que pudiera ver la sombra de barba en su rostro.
—Me llamo Alexander.
Alexander.
Un nombre fuerte. Peligroso.
—Entré porque la puerta estaba abierta —continuó—. Y porque no contestabas el teléfono.
Mi teléfono.
Recordé haberlo dejado en la mesa. Recordé haber ignorado varias llamadas esa mañana.
—No debiste… —murmuré.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—No debí salvarte.
No fue una pregunta.
Sentí un pinchazo en el pecho que nada tenía que ver con el suero.
Yo había decidido terminarlo. Lo había planeado con una precisión casi elegante. Las dosis calculadas, el horario exacto, el momento en que sabía que nadie estaría en casa.
Y sin embargo, aquí estaba.
Viva.
Con náuseas. Con el estómago vacío y raspado. Con la vergüenza pegada a la piel.
Viva.
—No fue un accidente —susurré.
Él no pareció sorprendido.
—Lo sé.
El monitor cardíaco marcaba un ritmo constante. Normal. Ridículamente normal.
—No quiero psiquiatras —dije, reuniendo fuerzas—. No fue… un impulso.
Sus ojos grises se afilaron.
—Eso lo hace peor.
Silencio.
Yo debería sentir miedo. De Richard. De las preguntas. Del escándalo. De la humillación social.
Pero lo único que sentía era una extraña conciencia de ese hombre en la habitación. De su respiración. De su presencia firme. De la forma en que me observaba como si intentara descifrarme.
—¿Por qué estabas en mi casa? —pregunté, esta vez con más claridad.
Él dudó apenas un segundo.
—Trabajo con tu esposo.
Mi sangre se enfrió.
Richard.
El hombre correcto. El hombre impecable. El hombre que desayunaba leyendo informes mientras yo intentaba no desmoronarme frente a él.
—Entonces ya sabes que esto no encaja con la imagen —murmuré.
Alexander dio un paso más cerca de la cama. Pude sentir el calor de su cuerpo incluso a través de la sábana.
—No me interesan las imágenes —dijo—. Me interesa la verdad.
Yo solté una risa débil que terminó en tos.
La verdad.
Si supiera.
Si supiera que nada en mi vida era exactamente lo que parecía. Que mi matrimonio era una coreografía ensayada. Que mi perfección era una fachada cuidadosamente construida. Que mi caída no había sido tan improvisada como todos creían.
Pero aún no era momento.
Aún no.
La puerta se abrió de golpe.
Richard entró con el rostro pálido, los ojos desbordados de una angustia que casi parecía auténtica.
—Eleanor… Dios mío…
Se acercó a la cama, tomó mi mano con una fuerza posesiva.
—¿Por qué hiciste esto?
Esa pregunta.
Todos creen que la respuesta es tristeza. Depresión. Fragilidad.
Pero la verdad es más compleja.
Y mucho más oscura.
Cerré los ojos un instante, fingiendo agotamiento. Dejé que Richard hablara con el médico. Dejé que Alexander retrocediera hacia la sombra.
Pero antes de irse, sentí su mirada fija en mí.
Como si supiera que mi historia no empezaba aquí.
Y definitivamente no terminaba en esta cama de hospital.
Yo intenté morir.
Eso es lo que todos creen.