Me despedí de mamá y vi el mensaje de Octavio avisando que estaba fuera. Nos saludamos con un beso en la mejilla como los viejos amigos que somos y me llevó al lugar más público de la ciudad, la biblioteca, tiene una cafetería subterránea preciosa y otra al nivel de la calle. Elegimos la segunda, al lado de un ventanal enorme y como es un centro de estudio los paparazzi no pueden acercarse demasiado, pero los dos sabemos que están. Octavio mira sobre su hombro y le tranquilizo con una caricia en las manos. Con el mejor café para nerdos del país. —No seas paranoico. —Llevo semanas con esto. Es como si todo el jodido día me estuviesen mirando y apagué las cámaras de mi casa y estoy tomando medicación para la ansiedad, es como si no pudiese cagar sin pensar en que me acosan. —Pobre

