La habitación estaba quieta.
Solo se oía el leve crujido de la madera y las respiraciones suaves de quienes la velaban.
Kael seguía aferrado a la mano de Nyxara, con la cabeza inclinada sobre ella.
Lady Nymera lo observaba en silencio, comprendiendo sin palabras que su hijo mayor estaba en una lucha emocional que no sabía cómo manejar.
Entonces…
Un pequeño temblor.
Tan leve que Kael casi pensó que lo había imaginado.
La mano de Nyxara se movió en la suya.
Un estremecimiento suave… como si intentara aferrarse a él desde el otro lado de un sueño profundo.
Kael levantó la cabeza al instante.
—Natasha… —la llamó en un susurro ronco, lleno de esperanza y miedo.
Sus ojos se enfocaron en ella, escudriñando cada detalle:
su respiración…
su rostro…
sus pestañas…
Y entonces vio algo más:
sus dedos se cerraban lentamente alrededor de los suyos.
Lady Nymera llevó una mano a la boca.
—Kael… está reaccionando.
Kael se inclinó más, acercándose a su rostro.
—Natasha… estoy aquí. —Su voz temblaba—. Regresa conmigo.
Nyxara respiró más hondo, como si el aire le costara.
Sus labios, secos, se movieron apenas.
—K…ael…
El nombre salió tan suave que parecía un suspiro.
Pero para Kael fue un rayo directo al pecho.
Lady Nymera dio un paso atrás, dándoles espacio, lágrimas de alivio en sus ojos.
Kael tomó el rostro de Nyxara entre sus manos con una delicadeza casi reverente.
—Estoy aquí. No te vayas otra vez… por favor.
Los párpados de Nyxara temblaron… y lentamente, muy lentamente, comenzaron a abrirse.
Sus ojos, aún nublados, buscaron la luz… y luego lo encontraron a él.
Kael sintió que el corazón se le detenía un segundo.
Nyxara lo miró con una mezcla de confusión, cansancio… y algo más profundo, más antiguo, casi como si su alma reconociera la de él.
Una lágrima silenciosa se deslizó por su mejilla cuando enfocó bien su rostro.
—Kael… —susurró—. Estabas… en mis sueños.
Kael tragó duro, su propio corazón temblando.
—Ojalá hubieras visto cómo corrí para llegar a ti —respondió con una sonrisa triste—. Pensé… pensé que te estaba perdiendo.
Nyxara levantó una mano temblorosa para tocar su rostro.
Su pulgar acarició su mejilla, donde aún había rastros de cansancio y angustia.
—Nunca… te perdería —susurró, apenas audible.
Kael apretó la mano contra su rostro, conteniendo todas las emociones que le desbordaban.
Lady Nymera, viendo la escena, cerró los ojos un momento y murmuró:
—Gracias, dioses… gracias.
Nyxara respiró hondo, pero su cuerpo estaba débil.
Sus ojos se cerraron de nuevo, no por desmayo, sino por cansancio.
Kael se inclinó y depositó un beso en su frente.
—Descansa. Yo estoy aquí. No voy a irme a ninguna parte.
Pero antes de dormir otra vez… Nyxara dijo algo que Kael no esperaba:
—Kael…
la luz… volvió.
Kael entreabrió los labios, sorprendido.
—¿Qué luz?
Nyxara abrió los ojos un instante, dorados por el reflejo tenue de su poder.
—La que… soy.
Y cayó dormida de nuevo, dejando a Kael con el corazón latiendo como un tambor y un millón de preguntas ardiendo en su pecho.
Nyxara se había vuelto a dormir, esta vez más tranquila, respirando con suavidad.
Kael no dejaba de mirarla, como si temiera que desapareciera en cualquier instante.
Lady Nymera se acercó despacio, colocando una mano cálida sobre el hombro de su hijo.
—Hijo… —dijo en voz baja—. Sal conmigo un momento. Necesito hablar contigo.
Kael no quería moverse, pero finalmente asintió.
Le soltó la mano a Nyxara con una delicadeza reverencial y siguió a su madre fuera de la habitación.
La puerta quedó entreabierta, permitiéndole verla aún desde donde estaba.
Lady Nymera lo miró con una mezcla de compasión y gravedad.
—Kael… lo que dijo Natasha… “la luz volvió”… ¿qué crees que significa?
Kael frunció el ceño, inquieto.
—No lo sé. Pero cuando lo dijo… su piel brilló, madre. Como si… como si algo dentro de ella despertara.
Nymera respiró hondo.
—Tu hermano Lucian nos ha contado sus sospechas. Los libros que Natasha ha leído… lo que ella hizo anoche… cómo destruyó a esa criatura…
Kael entrecerró los ojos, la mandíbula tensándose.
—Sé lo que hicieron los libros, madre. Sé lo que dijo el sanador. Pero no me importa. Yo… —tragó saliva— …yo vi el miedo en su rostro antes de desmayarse. No era un monstruo ni una bestia. Era la misma Natasha que ríe cuando come fruta por primera vez… la que se tropieza en el jardín… la que me mira como si yo fuera alguien importante.
Lady Nymera sonrió con ternura al escucharlo.
Pero había un brillo de preocupación en sus ojos.
—Kael… no te estoy diciendo que la veas como algo malo. Al contrario. La amo como a una hija. Pero debes entender que si dentro de ella duerme un poder antiguo, uno que ni siquiera sabemos controlar… entonces su vida, y la nuestra, cambiará para siempre.
Kael apretó los puños.
—No voy a permitir que nadie la toque. Ni que la usen. Ni que la encierren en un laboratorio de magos. Nadie.
—Kael… —Nymera le tomó el rostro, como cuando él era niño—. Hijo mío, siempre has sido el protector de todos. Pero esta vez… lo que estás protegiendo no es solo una persona.
Kael tragó duro.
—Lo sé.
—Estás protegiendo tus sentimientos.
Estás protegiendo el amor que le tienes.
Kael cerró los ojos con fuerza.
No negó nada.
Nymera suavizó su voz.
—Tienes derecho a amar, Kael. Nadie te culpará por eso. Pero si Natasha es lo que sospechamos… su amor puede traer bendiciones o catástrofes. Y tú debes estar preparado para ambos.
El guerrero de hierro, el soldado perfecto, el hombre imposible de doblegar… bajó la mirada.
—Me da igual, madre.
Si ella es la luz… yo caminaré hacia ella.
Siempre.
Lady Nymera dejó escapar una lágrima, emocionada y temerosa a la vez.
—Eres tan fuerte, Kael… pero temo por tu corazón.
Él respiró hondo y miró hacia la puerta entreabierta, donde Nyxara dormía.
—Lo puse en sus manos hace tiempo —susurró—. Solo que no me di cuenta.
Nymera acarició su brazo.
—Entonces recemos para que la luz que despierta en ella… no te queme.
Kael devolvió la mirada a su madre, firme pero vulnerable.
—Si arde, madre… lo aceptaré.
Pero no la dejaré sola.