35

1040 Words
La tarde se había ido sin que Nyxara lo notara. Tan absorta estaba en su libro que no vio la luz desaparecer detrás de los árboles ni sintió el frío hasta que la piel de sus brazos se erizó. —Oh… se está haciendo tarde —murmuró, cerrando el libro con cuidado. Guardó el tomo contra su pecho y comenzó a caminar. Pero los árboles parecían distintos. El sendero ya no estaba. Y la brisa que antes era suave se volvió un viento helado. —¿Dónde… dónde estoy? Giró una vez. Luego otra. Nada le era familiar. Un murmullo de inquietud comenzó a crecer en su pecho. Dio un paso más y la lluvia cayó de golpe, dura, fría, calando en su vestido y en su piel. —Debo volver… debo… Entonces lo escuchó. Un gruñido. Grave. Húmedo. Cercano. Nyxara se quedó paralizada. Cuando giró lentamente, había un monstruo enorme entre los árboles: ojos rojos, mandíbula llena de colmillos, pelaje n***o empapado por la lluvia. Uno más apareció a su izquierda. Y otro gruñido más atrás. —No… no… —susurró Nyxara con la voz quebrada. Los monstruos avanzaron. Nyxara, aterrada, echó a correr sin pensarlo. El bosque era una sombra viva. El barro hacía que sus pies resbalaran una y otra vez. —¡Ayuda! —gritó, sin saber a quién llamaba. La lluvia caía con furia. Los monstruos se movían rápido, demasiado rápido. Uno saltó. Un rugido. Un destello. Nyxara se cubrió el rostro, esperando sentir colmillos desgarrarla. Pero lo que escuchó fue un sonido seco… y un cuerpo cayendo partido en dos. La sangre caliente salpicó la lluvia. Un brazo fuerte y cálido la envolvió por la cintura, tirándola hacia atrás antes de que cayera. —Te tengo. Esa voz. Esa voz que había escuchado en sueños, en pensamientos, en sus miedos. Kael. Pero antes de que pudiera verlo bien, él ya se había lanzado hacia el segundo monstruo. Nyxara, con el corazón paralizado, lo vio luchar bajo la tormenta. Era imponente. Poderoso. Una furia viviente. Su espada brillaba con cada relámpago. Sus golpes eran rápidos, precisos, mortales. El monstruo se abalanzó. Kael giró. Chocaron. La espada desgarró carne, hueso, piel. El grito del monstruo se perdió en la lluvia. Kael respiraba agitado, empapado, con la mirada en llamas. Cuando se aseguró de que no había más amenazas, dio un paso hacia Nyxara. Ella temblaba. No sabía si por el frío… o por él. Entonces Kael la tomó en brazos con una fuerza desesperada, apretándola contra su pecho. —Niña tonta… —su voz salió ronca, rota, vulnerable—. No vuelvas a asustarme así. Nyxara abrió los ojos, sorprendida. Nunca lo había escuchado hablar así. Kael cerró los ojos un instante, apoyando la frente contra la de ella mientras la lluvia los rodeaba. —Pude… pude haberte perdido —confesó contra su voluntad. Nyxara sintió algo ardiente en su pecho. Su corazón golpeó fuerte, como si respondiera a algo profundo, antiguo. —Lo siento… yo… solo estaba leyendo… Kael la abrazó más fuerte, casi como si temiera que desapareciera si la soltaba. —No me importa el libro —susurró con una sinceridad que casi le dolió—. Te quiero a salvo. Siempre. Nyxara sintió un temblor recorrer su cuerpo. Y Kael, sin pensarlo, la levantó en brazos. —Vámonos a casa —dijo con voz firme, protector, intensa—. No volveré a perderte de vista. La tormenta rugía. Pero el corazón de Nyxara rugía más fuerte. En esa noche de lluvia y peligro… Un lazo invisible entre ambos se encendió por primera vez. Kael la acomodó con cuidado en sus brazos y subió al caballo en un movimiento rápido y seguro. La mantuvo contra su pecho, cubriéndola con su capa empapada pero cálida, como si quisiera protegerla del mundo entero. —Agárrate de mí —ordenó en voz baja. Nyxara obedeció, sus manos rodeando su torso firme. Sentía su calor, su fuerza, su respiración agitada contra la tormenta. Kael tiró de las riendas y el caballo salió disparado hacia el castillo, levantando barro y agua en cada galopada. Nyxara apoyó la cabeza en su hombro sin notarlo. Todo su cuerpo temblaba… pero no solo por el frío. Era por él. Por Kael. Mientras avanzaban entre los árboles, la tormenta iluminaba de vez en cuando su rostro, marcado por la batalla, la lluvia y la desesperación con la que la había buscado. Nyxara lo observaba con ojos grandes, fijos en él. En su perfil fuerte. En su mandíbula apretada. En la forma en que apretaba los labios mientras montaba. Su corazón se aceleró tanto que no pudo evitar tocarlo. Llevó una mano temblorosa y rozó su mejilla, húmeda por la lluvia. Kael giró apenas el rostro, sorprendido por el contacto. —¿Qué pasa? —preguntó, sin apartar la vista del camino, pero con una nota de suavidad extraña en su voz. Nyxara tragó saliva. —Es que… te ves diferente —susurró—. Nunca te había visto tan… de cerca. Kael alzó una ceja, todavía sin mirarla del todo. —¿Y eso qué significa? Nyxara sintió que sus mejillas ardían. —Que… te ves bien. Kael parpadeó. —¿Bien? —repitió, incrédulo. Ella apretó más la capa y murmuró con más fuerza: —Como un dios. Kael abrió los ojos con sorpresa, y por primera vez en mucho tiempo… no supo qué decir. Luego soltó un bufido que se transformó en una risa. Una risa profunda, fuerte y completamente sincera, que Nyxara nunca había escuchado antes. —¿Un dios? —se burló suavemente—. Jajaja… por todos los cielos. Nadie me había dicho algo así. El sonrojo le subió por las mejillas, disimulado por la lluvia, pero Nyxara lo vio. Y Kael lo sintió. Ella también rió bajito, nerviosa. Él negó con la cabeza, aún sonriendo. —Eres… imposible, Natasha —dijo con un tono que, sin querer, sonaba lleno de cariño. Nyxara sintió algo cálido explotar dentro de su pecho. Algo eléctrico, familiar, primitivo. Algo que ella no podía entender aún. Pero Kael sí entendió una cosa: Que esa risa, ese sonrojo, esa voz suya… lo estaban desarmando. Y no sabía si quería volver a armarse.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD