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968 Words
Nyxara estaba mareada, apenas sosteniéndose sobre sus pies, las mejillas rojas, los labios entreabiertos. Kael la observó un segundo… y algo dentro de él se decidió. Sin pedir permiso. Sin preguntar. Sin dudar. La tomó entre sus brazos. Como si su peso fuera el de una pluma. Como si hubiera nacido para cargarla. Nyxara soltó un pequeño jadeo, sorprendida, pero enseguida se acurrucó contra su pecho. Su cabeza cayó sobre su hombro, suave, tibia. Kael apretó los dientes. —No vuelvas a tomar —murmuró con voz baja, firme, pero temblando apenas— si no estás conmigo. Nyxara levantó la vista, con los ojos brillosos por el vino y por algo más poderoso. —¿Con… contigo? —repitió, casi sin aire—. ¿Y por qué contigo, Kael? Él no respondió. Solo caminaba por los pasillos del castillo, decidido, sus pasos fuertes resonando contra la piedra. Su corazón latía demasiado rápido, demasiado fuerte. Nyxara lo vio desde abajo, con esa expresión inocente, sincera, vulnerable que hacía pedazos todas las defensas de él. Y entonces lo dijo. Lo que nadie esperaba. Lo que ni ella misma sabía que sentía hasta ese instante: —Yo… yo no quiero que vuelvas a reír… con alguien que no sea yo. Kael se detuvo en seco. Literalmente. En medio del pasillo. Con ella entre sus brazos. Su respiración se cortó. Su cuerpo se tensó. Sus manos la sostuvieron con más firmeza, como si temiera que se desvaneciera. Abrió los ojos, sorprendido. Herido. Conmovido. Desarmado. Lentamente, muy lentamente, bajó la mirada hasta encontrar la de ella. Sus ojos azules ardían. No de furia. No de celos. De algo que él no se permitía sentir. De algo que estaba perdiendo la batalla por contener. —Natasha… —su voz salió ronca, suave, irreconocible— ¿qué… acabas de decir? Nyxara no apartó la mirada. —Que no… —tragó saliva, tocándole la camisa con sus dedos temblorosos— que no quiero que sonrías… con otra persona. Kael se quedó congelado. El mundo entero se volvió silencio. Solo respiraciones. Solo miradas. Solo ese pasillo iluminado por antorchas. El corazón de Kael dio un golpe doloroso en su pecho. Nunca nadie le había dicho algo así. Nunca nadie había reclamado su risa. Nunca nadie había querido algo tan íntimo de él. Y de pronto… Ella lo había dicho sin filtros. Sin miedo. Sin darse cuenta del poder que tenía sobre él. Kael tragó saliva. Sus ojos se suavizaron por un segundo. Un segundo que Nyxara nunca olvidaría. —Natasha… —murmuró, casi como un suspiro que le escapó del alma— No sabes lo que estás diciendo… Pero la mirada de él decía: No sabes lo que me acabas de hacer. Nyxara sonrió chiquito, borrachita, dulce, sincera. Kael cerró los ojos un instante, como si necesitara fuerza para seguir respirando. Luego, sin decir nada más, la sostuvo con más cuidado aún… y siguió caminando hacia su habitación. Como si llevara en los brazos algo sagrado. Algo que no quería soltar. Algo que ya era parte de él. Kael empujó la puerta con el hombro, sosteniéndola con fuerza en sus brazos. La habitación estaba iluminada por la luz tenue de unas velas; todo se sentía más silencioso, más íntimo. Con extremo cuidado —una delicadeza que nadie creería posible en él— acomodó a Nyxara sobre la cama. El colchón la recibió suave, la manta fría rozó su piel y un suspiro escapó de sus labios. Kael se quedó observándola un segundo. Su cabello blanco desparramado en las almohadas. Sus mejillas encendidas por el vino. Sus ojos medio abiertos, brillantes, vulnerables. Él tragó saliva y se aclaró la garganta, como si necesitara recordar que tenía control. —Necesitas descansar, Natasha —dijo, su voz más suave que nunca—. Y yo… yo necesito pensar. Se incorporó para levantarse de la cama. Tenía que hacerlo. Tenía que salir antes de hacer o decir algo que no debía. Pero justo cuando apoyó una mano para ponerse de pie… Sintió un tirón suave. Nyxara había aferrado su camisa. Sus dedos temblorosos la apretaron con desesperación dulce, casi infantil. Kael se quedó completamente quieto. —Natasha… —susurró, como una advertencia que sonaba más a súplica. Ella levantó la mirada, los ojos brillosos, la voz pequeñita, vulnerable, desarmante: —No te vayas… —sus labios temblaron— no me dejes sola. Kael perdió el aliento. El mundo se detuvo. Esa frase le atravesó el pecho con una fuerza brutal, casi dolorosa. Nadie le pedía que se quedara. Nadie lo necesitaba. Nadie lo reclamaba. Pero ella sí. Ella lo estaba eligiendo a él. A él. En su vulnerabilidad más pura. Kael cerró los ojos, apretando la mandíbula como si luchara contra una batalla interna. —Natasha… no sabes lo que estás diciendo —susurró, su voz quebrada. Nyxara tiró un poco más de su camisa, suave, insistente. —Te estoy diciendo… —buscó sus ojos— que no quiero que te vayas. Kael abrió los ojos lentamente. Y lo que se veía en ellos ya no era enojo. Ni furia. Ni contención. Era miedo. Y deseo. Y un cariño profundo que lo estaba destruyendo. Él volvió a sentarse al borde de la cama, incapaz de resistirse, incapaz de dejarla. Su mano grande tembló apenas cuando apartó un mechón de cabello blanco de su rostro. —Está bien —dijo al fin, en voz baja, rendido—. No me voy. Nyxara sonrió, una sonrisa tan dulce que Kael sintió que el pecho se le apretaba. Ella no soltó su camisa. Kael tampoco intentó alejar su mano. Por primera vez en su vida, se permitió simplemente… quedarse. A su lado. En silencio. Con las emociones desbordándolo y la única persona capaz de desarmarlo durmiéndose poco a poco entre sus dedos.
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