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938 Words
Mientras la conversación seguía fluyendo como un riachuelo tranquilo, un par de sirvientes aparecieron discretamente entre las flores, llevando bandejas con comida fresca y jarras de jugo. Se inclinaron con respeto y dejaron todo sobre la pequeña mesa del quiosco antes de retirarse en silencio. Lady Nymera sonrió con gratitud. —Perfecto, llegaron justo a tiempo. Quédate, Natasha. Almorcemos juntas. Nyxara asintió con una dulzura tímida. Había algo tan acogedor en la presencia de Lady Nymera que sus tensiones, sus dudas y ese torbellino de emociones desconocidas parecían suavizarse solo con estar cerca de ella. Se sentaron frente a frente, rodeadas por el perfume de las flores y el sonido suave de las hojas moviéndose con la brisa. Lady Nymera le sirvió jugo, y Nyxara lo aceptó con cuidado, todavía aprendiendo las maneras humanas. —Algunas personas vienen a este jardín para escapar —dijo Nymera, mirando a su alrededor con ternura—. Yo vengo para recordar que incluso en tiempos de guerra o incertidumbre… siempre queda un rincón de belleza. Nyxara la observó con atención. Lady Nymera irradiaba sabiduría, calma… seguridad. Se sentía como un refugio. —Tú… eres muy sabia, lady Nymera —susurró Nyxara, casi avergonzada de decirlo. La mujer rió suavemente. —Hija, solo soy una madre que ha visto crecer a tres hijos tercos. Eso obliga a cualquiera a acumular un poco de sabiduría —respondió con humor. Nyxara sonrió. Una sonrisa suave, real. Empezaron a comer juntas. No hablaban ya de la gala, ni de Kael, ni de la tormenta de sentimientos que Nyxara llevaba dentro. Hablaban de flores. De libros. Del clima. De cómo algunos pájaros siempre volvían al mismo árbol cada primavera. Cosas simples. Humanas. Cálidas. Y Nyxara sintió algo nuevo, una sensación que no tenía nombre en su esencia antigua: Confianza. —Lady Nymera… —dijo Nyxara con voz suave— creo que nunca había hablado así con nadie… me siento… tranquila. Nymera la miró con ternura profunda, de esas miradas que envuelven el alma. —Porque aquí, conmigo, no tienes que ser más que lo que eres, Natasha. Y lo que eres… es suficiente. Nyxara bajó la mirada, con un pequeño brillo en los ojos. —Gracias… —susurró. Lady Nymera extendió su mano y tomó la de Nyxara con suavidad. —Hija… tú ya eres parte de esta familia, aunque aún no lo entiendas. Y siempre tendrás un lugar conmigo cuando te sientas perdida. El quiosco quedó en silencio unos segundos, lleno solo del canto de las aves y el aroma de las flores. El canto de las aves y la tranquilidad del jardín se vieron interrumpidos por el sonido de pasos ligeros sobre la grava. Pasos que no pertenecían a sirvientes ni soldados… sino a alguien que caminaba como si el mundo entero fuera su escenario. Draegor. Apareció entre los rosales, luciendo impecable como siempre, su camisa perfectamente ajustada, el cabello oscuro peinado hacia atrás y esa sonrisa que siempre prometía problemas. —Vaya, vaya… —dijo al acercarse al quiosco, con un tono melodioso que solo él podía usar—. ¿Qué encuentro aquí? Un almuerzo secreto entre las dos damas más importantes del castillo. Lady Nymera levantó la vista sin sorpresa, aunque con una sonrisa divertida. —Draegor, hijo… no hay nada secreto en comer en el jardín. —Claro que no —respondió él, acercándose con elegancia—. Pero cuando la compañía es tan exclusiva, uno podría pensar que intenta evitar a… ciertos admiradores. Nyxara parpadeó, confundida, mientras Draegor se inclinaba en una reverencia exageradamente elegante ante ella. —Mi querida Natasha —dijo, tomando suavemente su mano— espero no interrumpir. Pero al ver que el sol brillaba tan hermoso… pensé que el jardín podía necesitar algo aún más brillante. Se refería a sí mismo. Por supuesto. Lady Nymera soltó una risa suave, con la mezcla exacta de cariño y exasperación maternal. Nyxara, sin embargo, sintió su corazón inquietarse un poco. Draegor tenía ese efecto. Ese magnetismo juguetón que la envolvía sin que ella quisiera. —¿Cómo te sientes hoy? —preguntó él, con verdadera preocupación escondida bajo su tono coqueto. —Mejor… mucho mejor —respondió Nyxara con timidez. Draegor asintió, satisfecho. —Me alegra escuchar eso. No sabes lo preocupados que estuvimos. Y yo, en especial, temía que no pudieras disfrutar de la gala si seguías así. Lady Nymera alzó una ceja. —Hijo, aún falta una semana. No la atosigues. Draegor puso una mano en el pecho, ofendido teatralmente. —¿Yo? ¿Atosigar? Jamás. Solo vine a ver si mi futura acompañante necesitaba algo. Nyxara abrió los ojos con sorpresa. No sabía qué responder. Lady Nymera sonrió detrás de su copa, viendo claramente el efecto que Draegor tenía en ella… y cómo disfrutaba provocar a sus hermanos. —Natasha aún está pensando a quién elegirá para la gala —dijo Lady Nymera con tono neutro. Draegor sonrió con malicia suave. —Por supuesto. Y no tengo prisa. Después de todo… lo que vale la pena siempre toma tiempo. Nyxara se sonrojó. Lady Nymera negó con la cabeza, divertida. Draegor se recargó en uno de los pilares del quiosco, cruzándose de brazos. —Pero dime, Natasha… ¿cómo va tu paseo por el castillo? ¿Alguien te ha causado problemas esta mañana? La forma en que lo dijo era demasiado casual. Demasiado… intencional. Nyxara se tensó un poco. Su mente, sin permiso, evocó la mano fuerte de Kael sujetando su brazo… su voz brusca… su mirada intensa. Lady Nymera lo notó. Y Draegor… también. Sonrió como si acabara de encontrar su entretenimiento preferido del día.
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