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875 Words
Kael salió de la biblioteca con paso firme, seguro, casi militar… pero había una diferencia sutil, un detalle que cualquiera que lo conociera notaría: iba más erguido, más decidido. Como un hombre que acababa de tomar una decisión importante… y de la cual no pensaba retractarse. Su sombra desapareció por el pasillo rumbo al centro de entrenamiento, y la puerta se cerró suavemente tras él. Nyxara se quedó allí, en medio de la biblioteca, respirando todavía el calor de sus brazos. Sus mejillas seguían húmedas… pero ya no lloraba. Se llevó una mano al pecho. El corazón golpeaba rápido, fuerte, como un tambor antiguo resonando dentro de ella. —¿Por qué…? —susurró, confundida. ¿Por qué se sentía así? ¿Por qué ese alivio cálido, casi doloroso, cuando Kael dijo que Yllena se marcharía? Ella no entendía completamente el significado de los celos humanos. No sabía interpretar ese nudo en el estómago, esa presión en el pecho que casi la había hecho llorar de nuevo cuando escuchó la palabra juntos. Pero ahora… ahora sentía otra cosa. Alivio. Profundo. Dulce. Peligroso. Y al pensar en lo que Kael había dicho… Mañana te llevaré a un lugar especial. Solo tú y yo. …Nyxara sintió que las piernas le temblaban de nuevo, pero por un motivo completamente distinto. Su rostro se calentó, sus mejillas se volvieron rosadas, y sin querer sonrió, una sonrisa pequeña, tímida… pero real. Una emoción burbujeante empezó a crecer en su pecho. Algo que nunca había sentido antes. —Mañana… —murmuró, un poco avergonzada, un poco emocionada—. Mañana será nuestro día… Se cubrió las mejillas con ambas manos, tratando de ocultar el sonrojo aunque estaba completamente sola. El corazón seguía latiendo fuerte, como si quisiera escaparse. Y por primera vez desde que cayó del cielo, Nyxara sintió una emoción humana que la descolocó por completo: Ilusión. Una ilusión tan cálida que le hacía cosquillas en el pecho. Se levantó despacio, limpiándose el rostro, respirando hondo. Mañana sería un día especial. Kael se lo había prometido. Y ella… ella quería creerle. Con esa idea danzando dentro de su corazón, Nyxara regresó a su habitación, abrazando esa tímida felicidad que no entendía… pero que no quería soltar. Nyxara caminaba por los pasillos del Castillo Solvard con pasos ligeros, casi flotando, una sonrisa indecisa queriendo escaparse de sus labios. Cada tanto tocaba su pecho, como si necesitara confirmar que ese calor seguía ahí, latiendo por Kael… por lo que él le había dicho… por lo que pasaría mañana. Al doblar una esquina, una voz familiar la llamó. —¿Natasha? Era Lucian. El joven mago llevaba un par de libros en brazos, pero los bajó de inmediato al ver su expresión. —Te ves… diferente —dijo con una sonrisa suave y curiosa—. ¿Qué pasó? ¿Por qué estás tan… feliz? Nyxara sintió cómo su rostro se encendía. No podía contarle. No todavía. Algo en su corazón le decía que aquello era íntimo… especial… un secreto solo de ella y Kael. Algo que proteger. Así que negó con la cabeza, escondiendo la sonrisa con ambas manos. —Nada… solo… nada —respondió nerviosa. Lucian la miró con ojos grandes, claramente sin creerle, pero no quiso insistir. Su expresión se suavizó con genuino cariño. —Está bien —dijo con ternura—. Si necesitas algo… sabes que siempre estoy aquí, Natasha. Ella asintió, agradecida… pero sin querer prolongar más la conversación por miedo a que se le escapara algo sobre Kael. —Gracias, Lucian. Nos vemos luego. Le dedicó una pequeña reverencia dulce y se escabulló rumbo a su habitación antes de que él pudiera preguntar más. Lucian la observó marcharse con una mezcla de duda y un ligero pinchazo en el pecho… sin saber que estaba empezando a perder un lugar en el corazón de Nyxara que jamás recuperaría. Mientras tanto, Kael había llegado al área de entrenamiento. Aún cargaba el calor del abrazo de Nyxara en la piel, y la determinación en la mirada era tan evidente que sus soldados se callaron de inmediato al verlo pasar. Yllena, limpia sudor de la frente, se acercó con paso seguro. —Kael —saludó con una sonrisa confiada—. ¿Cómo está Natasha? La vi… bueno, parecía un poco af— —Terminemos el entrenamiento —la interrumpió Kael secamente, sin mirarla siquiera—. Necesitas volver a Varendreth antes de que anochezca. Yllena parpadeó, sorprendida. —¿Volver… hoy? Kael apretó su espada con más fuerza. —Sí. Ya cumpliste con tu visita formal. Puedes regresar a tu reino. Sus ojos fríos se clavaron en ella con una dureza que Yllena nunca le había visto. —No tienes por qué quedarte más tiempo aquí. El mensaje era claro. Duro. Innegociable. Yllena bajó la mirada un instante. No estaba acostumbrada a que Kael le hablara así. Luego levantó el rostro con una sonrisa triste, casi resignada. —Entiendo… Miró hacia el castillo y añadió en voz baja: —Ella te importa más de lo que crees. Kael no respondió. Solo endureció la expresión… porque Yllena tenía razón. Dolorosamente razón. Y así, sin otra palabra, retomaron el entrenamiento, sabiendo que sería su última sesión juntos.
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