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1154 Words
Nyxara decidió que quería saber más. Más sobre el mundo humano. Más sobre las criaturas mágicas. Más… sobre ella misma. Entró a la biblioteca con pasos suaves. Era un lugar inmenso: estantes de madera oscura hasta el techo, escaleras móviles, ventanales altos por donde entraba luz dorada, y un silencio acogedor que invitaba a perderse entre páginas antiguas. Nyxara caminó entre pasillos, tocando algunos lomos con la punta de los dedos, sintiendo un cosquilleo extraño… como si algo en su interior respondiera a la magia antigua guardada en los libros. Estaba alcanzando un estante con grabados de dragones cuando escuchó una voz conocida detrás de ella. —Oh… hola, Natasha. Lucian. Él estaba en la entrada, con un libro bajo el brazo y una expresión que se suavizó cuando la vio allí. —No sabía que estarías aquí —dijo acercándose con una sonrisa cálida—. Pensé que seguirías descansando. Nyxara negó con la cabeza, sujetando un libro grueso con ambas manos. —Hola, Lucian… es que… quiero saber más sobre mí —admitió, con una vulnerabilidad tan pura que le erizó la piel—. ¿Me puedes ayudar? Lucian se iluminó como si le hubieran dicho algo precioso. —Claro —respondió sin dudar—. Con gusto. Se colocó a su lado, muy cerca, lo suficiente para que Nyxara sintiera la calidez de su presencia. Él extendió la mano y tomó uno de los libros del estante superior. —Estos son tratados antiguos sobre razas mágicas —explicó mientras los hojeaba—. Dragones, fénix, espíritus arcanos… tal vez encontremos algo aquí. Ella lo observó con admiración. —Eres muy inteligente, Lucian… Él se sonrojó ligeramente, carraspeando. —Solo… me gustan los libros. Nyxara sonrió, encantadora sin darse cuenta. Buscaron juntos. Él le explicaba cada título, cada símbolo, cada página. Ella escuchaba con atención absoluta, sus ojos brillando como si todo fuera un descubrimiento maravilloso. En un momento, Nyxara tomó un libro pesado que casi se le resbala. Lucian lo atrapó antes de que cayera. —Con cuidado, Natasha —dijo riendo suavemente—. Algunos de estos pesan más que yo. Ella rió también, una risa suave que llenó la biblioteca como campanitas de cristal. —Gracias por ayudarme… siempre eres tan amable conmigo. Lucian bajó la mirada, tratando de ocultar el rubor en sus mejillas. —Es que… —murmuró— …quiero que te sientas acompañada. No quiero que te sientas sola aquí. Nyxara lo miró con una ternura que le apretó el pecho. Él era luz. Él era calidez. Él era consuelo. Y esa sensación dulce no dejaba de crecer. La tarde avanzó sin que ninguno de los dos lo notara. El sol cambió de posición varias veces, bañando la biblioteca en tonos dorados, luego naranjas, y finalmente rosados. Nyxara y Lucian seguían rodeados de libros abiertos, notas, diagramas y páginas antiguas que olían a magia olvidada. Lucian pasaba las hojas con un cuidado reverente. Nyxara observaba cada símbolo como si buscara un recuerdo enterrado. De repente, Lucian detuvo su mano. —Espera… —susurró con los ojos muy abiertos. Nyxara acercó su rostro, curiosa. —¿Qué dice? Lucian deslizó el libro hacia ella. Las páginas estaban amarillentas, con tinta roja y dibujos de dragones alzando vuelo sobre montañas brillantes. En la parte superior había un título escrito en un idioma antiguo, pero debajo, una traducción humana anotada con letra pequeña: “El Santuario de Lúmeryth” Lucian leyó con cuidado: —Aquí dice… ‘En las tierras lejanas de Lúmeryth, donde la luna toca el agua y el cielo arde en plata, existe un santuario capaz de despertar la voz dormida de los dragones. Solo aquellos bendecidos por la sangre antigua pueden entrar sin ser consumidos por la magia.’ Nyxara sintió un estremecimiento recorrerle el cuerpo. —¿Un lugar… donde se puede llamar a los dragones? —susurró. Lucian asintió lentamente, fascinado. —Una leyenda muy antigua. Algunos piensan que es solo un mito. Otros creen que… —la miró con suavidad— …que existe realmente. Nyxara pasó la yema de los dedos sobre el dibujo del santuario. Era una estructura circular, entre montañas que parecían brillar como cristal. Había símbolos que no recordaba haber visto… y sin embargo, parecían familiares. —Lúmeryth… —repitió como si probara la palabra en su boca. —Me suena… pero no sé por qué. Lucian observó su expresión con creciente preocupación y deseo de ayudar. —Quizá… —dijo con voz suave— …este lugar tenga respuestas sobre ti, Natasha. Nyxara bajó la mirada, sintiendo su corazón latir más rápido. Respuestas. Sobre quién era. Por qué no recordaba su vida como dragón. Por qué sus poderes estaban sellados. El libro parecía vibrar en sus manos, como si la magia antigua la reconociera. Lucian cerró el libro con cuidado, colocando su mano sobre la de ella. —No tienes que ir —dijo—. No estás sola, Natasha. No tienes que hacerlo sin nosotros. Nyxara levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Lucian. Y por un instante, todo el castillo se sintió muy lejos. Lucian cerró el libro con cuidado, como si fuera un tesoro antiguo que necesitaba protección. Afuera, la luz del atardecer se filtraba por los ventanales altos, tiñendo todo de un tono anaranjado que anunciaba la llegada de la noche. —Natasha… —comenzó Lucian en voz baja— ya es tarde. Vamos a cenar. Nyxara parpadeó, sorprendida. Habían pasado horas, pero a su corazón le parecían minutos. —Mañana continuaremos —dijo él con una sonrisa suave que hacía que se le calentaran las mejillas—. Debemos investigar dónde se encuentra Lúmeryth. Tal vez padre pueda ayudarnos con sus mapas antiguos. Nyxara asintió. —Gracias por ayudarme, Lucian —dijo con voz baja pero cargada de sinceridad. El joven mago inclinó ligeramente la cabeza, casi avergonzado. —Siempre, Natasha. Todo lo que necesites. Lucian recogió algunos de los libros dispersos y luego extendió una mano hacia ella para ayudarla a levantarse. Nyxara la tomó sin pensarlo, y ese contacto simple hizo que el corazón de Lucian diera un pequeño salto que intentó ocultar. Salieron juntos de la biblioteca, caminando por los pasillos silenciosos iluminados por antorchas. Lucian avanzaba a su lado, atento a cada paso de Nyxara, como si temiera que un mal viento pudiera dañarla. Mientras bajaban las escaleras hacia el comedor, Nyxara no podía evitar que Su pensamiento volviera al Santuario de Lúmeryth… y también a las personas que habían ido llenando su corazón sin permiso: Lucian, Draegor… Y Kael. Pero antes de poder leer sus propios sentimientos, la voz de Lucian volvió a ella: —Mañana hablaremos con padre. Él conoce mejor el mundo exterior. Si Lúmeryth existe… él lo sabrá. El corazón de Nyxara latió con emoción y nervios en partes iguales. Ella tenía un propósito. Una pista. Una posible respuesta a quién era realmente.
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