El suave crujido de pasos sobre la grava hizo que Nyxara levantara la mirada.
Entre los rosales, con su sonrisa gentil de siempre, Lady Nymera se acercó a ella.
Llevaba las manos entrelazadas sobre el abdomen, como si contuviera la emoción, y sus ojos brillaban con ese tipo de ternura que solo una madre sabia posee.
—Mi niña… —exclamó apenas verla—.
¡Te ves hermosa! Y tan sonrojada…
—su sonrisa se volvió traviesa—
Ese Kael sabe cómo cortejar después de todo, ¿verdad?
Nyxara sintió que el rubor se duplicaba. Sus manos se fueron instintivamente a las mejillas, como si pudiera ocultar el calor que sentía.
—Lady Nymera… yo…
Nymera se sentó a su lado sin pedir permiso, como una madre que ha decidido tener una conversación importante.
—Oh, preciosa, no necesitas decirme nada para que yo lo sepa. —le guiñó un ojo— Desde que lo vi marcharse de aquí, con esa cara de “soy un guerrero duro pero en realidad estoy enamorado”, ya entendí todo.
Nyxara abrió los ojos muy grandes.
Aún no podía creer que todos vieran tan fácil lo que ella apenas podía procesar.
—Mi niña —continuó Nymera, tomando suavemente su mano—, dime:
¿cómo te sientes con todo esto?
Nyxara bajó la mirada, sus dedos temblaron apenas entre los de la mujer.
No por miedo.
Sino por lo desconocido… y lo hermoso que se sentía.
—Yo… —susurró, con la voz suave como el viento—
me siento muy bien.
Lady Nymera sonrió, pero no la interrumpió.
Nyxara tomó aire, buscando palabras que nunca en su vida había tenido que decir.
—Kael… me hace sentir cosas que… que yo no sabía que existían.
Cuando me mira… —una sonrisa tímida curvó sus labios— siento que el corazón me late fuerte, casi como si quisiera salir corriendo hacia él.
Y cuando me toca… —sus mejillas ardieron— siento algo cálido… aquí.
Se llevó una mano al pecho.
Lady Nymera la observó con una dulzura inmensa, orgullosa y conmovida.
—Mi niña… eso se llama enamorarse —dijo con voz suave, casi musical—.
Y te está pasando de la forma más pura y hermosa.
Nyxara abrió los ojos, sorprendida por la palabra.
—¿En…amorarse?
Nymera asintió.
—Sí, hija. Y créeme… —le apretó la mano con cariño—
Kael también está enamorado.
Puede que no lo diga, porque tu Kael es testarudo… pero lo está.
Nyxara bajó la mirada con una sonrisa que era pura luz.
Lady Nymera añadió:
—Estoy muy feliz por ambos.
Y no estás sola en esto.
Si alguna vez no entiendes qué sientes… ven a mí, mi niña.
Le dio un beso en la frente, cálido y maternal.
Nyxara sintió que el pecho se le llenó de ternura.
Después de pasar un rato agradable con Lady Nymera, Nyxara decidió ir a la biblioteca.
Necesitaba distraer su mente… o quizás entender por qué su corazón latía tan fuerte desde la mañana.
El silencio del pasillo la calmó.
La biblioteca estaba envuelta en una luz cálida que entraba desde los ventanales altos.
Cuando abrió la puerta…
Ahí estaba Lucian.
Sentado en uno de los grandes sillones, rodeado de libros, con el cabello cayéndole suavemente sobre la frente mientras leía algo con profunda concentración.
Nyxara sintió un tirón en el pecho.
Una sensación que no sabía cómo describir.
No era amor.
No era felicidad.
Era… culpa.
O quizá una tristeza silenciosa, como si una parte de su corazón le rogara que no lo hiriera.
Lucian levantó la mirada al escucharla entrar.
Y su expresión —dulce, tranquila, cálida como siempre— la golpeó más fuerte que cualquier palabra.
—Natasha… —dijo con una sonrisa suave— me alegra verte aquí.
Te ves… —hizo una pausa, como si buscara no sonar dolido— te ves radiante hoy.
Nyxara tragó saliva.
Lucian cerró el libro con cuidado y se levantó para acercarse.
—¿Te pasa algo? —preguntó con preocupación honesta—
Tienes los ojos… distintos.
Nyxara bajó la mirada.
No sabía cómo explicarle que la ternura de Lucian, su amabilidad y su dulzura le dolían ahora.
Que después del día en la cascada, cada vez que pensaba en él, sentía que le debía una disculpa sin entender por qué.
—Yo… —susurró— solo vine a buscar libros.
Lucian asintió, pero su sonrisa se volvió un poco más triste.
—Claro. Yo puedo ayudarte… —dio un paso hacia las estanterías, pero luego se detuvo y la miró con una sinceridad que la dejó sin aliento—
Natasha… ¿estás bien conmigo?
La pregunta la atravesó.
Nyxara levantó la mirada, viendo esos ojos azules tan llenos de bondad.
Y la culpa volvió a apretar su pecho.
—Sí… Lucian. Claro que sí —respondió con una voz baja, temblorosa.
Lucian sonrió, pero era una sonrisa rota.
Una que Nyxara sintió como un pequeño puñal.
—Me alegra… —dijo—. No quería que te sintieras incómoda conmigo.
Nyxara apretó los labios.
Ella no quería que él se sintiera triste… pero tampoco sabía cómo no hacerlo.
—Lucian… —susurró, queriendo decir más, pero incapaz de encontrar palabras.
Él negó suavemente con la cabeza.
—No tienes que explicarme nada, Natasha.
Yo… entiendo más de lo que crees.
Su voz tembló un poco, aunque intentó disimularlo.
Nyxara sintió que el corazón se le encogía.
Lucian respiró hondo, y con una sonrisa amable, trató de alivianar el momento:
—Si necesitas un libro sobre dragones, puedo enseñarte algunos que encontré esta mañana.
Son bastante interesantes… pensé que te gustaría verlos.
Nyxara asintió, aún sintiendo ese dolor extraño en el pecho.
Y mientras caminaba detrás de él hacia los estantes, pensaba:
¿Por qué dolía tanto ver a Lucian triste?
¿Y por qué su corazón se partía al pensar en herirlo?