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1173 Words
Lucian la guió hacia una de las estanterías más antiguas de la biblioteca. Sus pasos eran silenciosos, y aunque mantenía una sonrisa amable, su aura se sentía distinta… más apagada, más frágil. Tomó un libro encuadernado en cuero azul y lo sostuvo entre sus manos para mostrárselo. —Este es uno de mis favoritos —dijo con voz suave—. Habla sobre criaturas antiguas… incluidos los dragones. Pensé que te gustaría leerlo. Nyxara lo tomó entre sus dedos. El roce con las manos de Lucian fue accidental, pero el muchacho retiró la suya con un leve sobresalto, como si el contacto lo quemara. Ella sintió ese gesto como un golpe en el pecho. —Lucian… —susurró. Él fingió no escucharla y caminó hacia otra estantería. —También encontré este —añadió, sacando un tomo más pequeño—. Explica cómo las antiguas razas entendían la magia. Tal vez te sirva. —Lucian… —repitió Nyxara, esta vez más insistente. Él se congeló. Se volvió hacia ella, sus ojos azules llenos de esa misma dulzura… pero ahora cargados de un dolor suave, resignado. Nyxara tragó saliva. Su corazón latía como si intentara escaparse. —Perdón… —dijo bajito—. Si te hice sentir mal… yo no quiero… no quiero lastimarte. Lucian parpadeó, sorprendido. Y en lugar de responder de inmediato, respiró profundamente, como si reuniera valor. —Natasha… tú no me debes ninguna disculpa —dijo con una sonrisa que se esforzaba por mantener firme—. No has hecho nada malo. Pero sus ojos decían otra cosa. Ella bajó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. —Pero te vi triste… yo lo siento. De verdad lo siento. Lucian dio dos pasos hacia ella. Se inclinó un poco para poder verla a los ojos. —Natasha… —su voz era un susurro cálido—. Me haces feliz. Mucho más de lo que te imaginas. Y si a veces me ves triste… es algo que yo debo manejar, no tú. Nyxara sintió que algo dentro de ella se aflojaba y dolía al mismo tiempo. —No lo entiendo —dijo—. Pero no quiero que estés triste por mí. Un destello de vulnerabilidad cruzó el rostro de Lucian. Luego desvió la mirada, tratando de recomponerse. —No estoy triste “por ti” —corrigió suavemente—. Estoy triste… por mí. Porque a veces, el corazón quiere cosas que sabe que no puede tener. Pero eso no significa que deje de quererlas. Nyxara se quedó inmóvil. No entendía del todo sus palabras. Pero las sentía. Sentía el peso de su tristeza como si fuera suya. Lucian dio un paso atrás, dándole espacio para respirar. —Pero no quiero que te preocupes —añadió con una sonrisa que esta vez sí fue más sincera—. Yo estaré bien, ¿sí? Mientras tú estés feliz… yo también lo estaré. Nyxara sintió los ojos humedecerse. Algo en su interior se apretó. No amor. Pero sí un cariño profundo, cálido, y un miedo real a herirlo. —Gracias… Lucian —murmuró. Él asintió y volvió a acomodar los libros, intentando recuperar la normalidad. —Ahora, si quieres, puedo leerte un poco de este tomo —dijo levantando el libro azul—. Me gustaría compartirlo contigo. Nyxara sonrió, pequeña, tímida… y triste. —Sí… me gustaría. Y se sentaron juntos, mientras Lucian leía con voz suave, aunque el peso de lo no dicho aún flotaba entre ellos. La tarde se convirtió en noche sin que Nyxara y Lucian lo notaran. Sentados uno junto al otro en una alfombra frente a la chimenea, compartían libros y panecillos que los sirvientes habían traído horas antes. Lucian le leía en voz baja sobre antiguas criaturas aladas, mientras Nyxara inclinaba la cabeza con fascinación. A cada tanto, él se detenía para explicarle una palabra difícil… y ella lo escuchaba con los ojos brillantes como una niña descubriendo un nuevo mundo. Era una escena suave. Cálida. Inocente. En otro punto del castillo, Kael avanzaba con paso seguro hacia la habitación de Nyxara. Su día había sido largo, y sólo quería verla. Hablar con ella. Confirmar que la felicidad que sintió por la mañana seguía siendo real. Pero entonces, en el pasillo, apareció Draegor con esa sonrisa traviesa que Kael siempre quería arrancarle a golpes. —Oh, hermanito —canturreó—, por si vas a buscar a tu hermosa novia, no la encontrarás en su cuarto. Kael se detuvo. Su ceño se frunció de inmediato. —¿Dónde está? —preguntó con tono duro. Draegor sonrió más amplio, disfrutando el drama. —En la biblioteca. Con Lucian. Solos. Desde hace horas. Kael sintió que algo en su pecho —fuerte, caliente y primitivo— se encendía. No contestó. No mordió el anzuelo. Pero la sombra que cruzó sus ojos dijo más que cualquier palabra. Caminó hacia la biblioteca con pasos largos, pesados. Y cuando abrió la puerta… La vio. Nyxara. Sentada muy cerca de Lucian, sonriendo con dulzura mientras él señalaba un dibujo en uno de los libros. Una escena tan inocente para el mundo… pero para Kael fue como una flecha directa al corazón. No sabía por qué. No sabía cómo. Sólo supo que la quería cerca, demasiado cerca, y que esa cercanía con Lucian le despertó un fuego oscuro e incómodo. Entró sin anunciarse. Su presencia llenó la habitación como una tormenta. Lucian se sobresaltó, cerrando el libro de golpe. Nyxara levantó la mirada, sorprendida, con sus ojos grandes reflejando la luz de la chimenea. Kael se aclaró la garganta. Quería sonar neutral. No lo logró. —Lucian. Natasha. —su voz salió ronca, más de lo que pretendía— ¿Qué… están haciendo aquí? No era lo que quería decir. No quería sonar posesivo. No quería sonar molesto. Pero sonaba molesto. Celoso. Molesto consigo mismo por estar celoso. Lucian, que lo conocía demasiado bien, lo notó al instante. Una sombra cruzó sus ojos. —Estamos leyendo —respondió con calma, pero su voz tenía un filo casi imperceptible—. Es tarde y Natasha no quería ir a su habitación sola. Nyxara abrió la boca para decir algo, pero Kael ya había dado un paso hacia ellos. Su mirada se posó primero en Lucian… y luego en Nyxara. Sus ojos se suavizaron apenas al verla. —Me preocupé —dijo entonces, más bajo—. No estabas en tu cuarto. Lucian vio el cambio, esa suavidad que Kael nunca mostraba. Apretó los labios. Nyxara sonrió ligera, inocente. —Perdón… perdí la noción del tiempo. Lucian me estuvo enseñando muchas cosas. Kael tragó saliva. Eso le dolió más de lo que pensó. Sus ojos se desviaron al libro entre ellos. Luego volvió a Nyxara. —Es tarde —dijo con firmeza, pero con una calidez reservada sólo para ella—. Te llevaré a tu habitación. Lucian bajó la mirada. Kael lo notó, y su pecho se retorció con culpa. Pero aun así, extendió su mano hacia Nyxara. —Vamos, Natasha.
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