Kael extendió su mano hacia Nyxara.
Por un instante, ella se quedó inmóvil, como si el mundo dejara de respirar.
Pero luego, sin pensarlo…
sin medir consecuencias…
sin mirar nada más que a él…
Tomó su mano.
Sus dedos se entrelazaron con los de Kael como si siempre hubieran pertenecido ahí.
Un gesto pequeño, suave… pero que a los ojos de Lucian fue un golpe directo al corazón.
Lucian bajó la mirada.
El libro sobre dragones se volvió borroso bajo sus ojos cristalizados.
—Me alegra… que hayas disfrutado la lectura, Natasha —murmuró, porque aunque su corazón se rompía, aún quería sonar amable.
Nyxara lo miró con ternura, sin entender del todo ese dolor en su voz, pero sintiéndolo igual.
—Gracias, Lucian. Me gustó mucho.
Él intentó sonreír.
Intentó.
Pero la sonrisa se quebró en los bordes.
Su voz también.
—Yo… quiero que seas feliz —dijo, en un hilo suave—.
Con quien sea que elijas.
Nyxara sintió un pinchazo en el pecho.
Kael también.
Por primera vez, Kael vio el dolor real de su hermano.
No el que imaginaba.
No el que Draegor exageraba.
Dolor de verdad.
Kael apretó ligeramente la mano de Nyxara, como si también necesitara sostenerse él mismo.
Se giró hacia Lucian.
Y aunque no sabía pedir perdón ni explicar sentimientos, hizo lo único que pudo: habló con más suavidad que nunca.
—Lucian… —su voz fue baja, tensa—.
Yo… no quise… que esto fuera así.
Lucian levantó una ceja, irónica pero triste.
—¿Así cómo, Kael?
¿Natural?
¿Inevitable?
¿Sincero?
Kael apretó la mandíbula, herido, porque sabía que su hermano tenía razón.
—Nunca quise lastimarte —admitió, forzando las palabras como si pesaran una tonelada—.
Eres mi hermano.
Mi sangre.
Lucian sonrió con melancolía.
—Y ella también… es importante para mí.
Nyxara, atrapada entre ambos, sintió el corazón latir dolorosamente.
Lucian respiró profundo, deteniendo sus emociones como quien guarda agua en un recipiente agrietado.
—Buenas noches, Natasha —dijo finalmente, con una amabilidad tan pura que dolía—.
Descansa.
—Buenas noches, Lucian —susurró ella.
Lucian se inclinó apenas en señal de respeto…
y se dio media vuelta, alejándose con paso lento pero firme.
La sombra de la chimenea lo tragó.
Y la puerta se cerró detrás de él, dejando un vacío pesado en la habitación.
Kael exhaló despacio.
—No quería que fuera así —repitió en voz baja, casi para sí mismo—.
Pero tampoco puedo… —miró la mano de Nyxara entrelazada con la suya—
…no puedo alejarme de ti.
Nyxara apretó un poquito su mano.
Un gesto simple, sincero.
Y Kael cerró los ojos un instante, respirando como si ese toque fuera el único consuelo que necesitaba.
—Vamos, Natasha —dijo con suavidad—.
Te acompaño a tu habitación.
Y salieron juntos, sin soltar sus manos.
Kael y Nyxara caminaron por los pasillos silenciosos del castillo.
No había sirvientes, ni nobles, ni risas lejanas.
Solo el sonido suave de sus pasos y el eco tenue del fuego de las antorchas.
Seguían tomados de la mano.
Al principio, ninguno se atrevía a hablar.
Había demasiado en sus corazones…
demasiado reciente, demasiado grande…
y también demasiado dolor justo detrás, en la biblioteca.
Kael apretó un poco su mano, sin mirarla.
Como si confirmara que ella seguía ahí.
Nyxara lo sintió.
Todo su cuerpo se calentó, no por vergüenza, sino por esa sensación de pertenecer, de seguridad… de algo que todavía no sabía nombrar.
Al llegar frente a la puerta de su habitación, Kael finalmente se detuvo.
Se giró hacia ella.
La luz del pasillo lo iluminaba desde atrás, marcando sus rasgos fuertes y la mirada intensa que siempre intentaba ocultar.
Pero esta vez… no lo ocultó.
—Natasha… —su voz fue baja, ronca, íntima—.
Gracias por… por pasar el día conmigo.
Nyxara alzó la vista.
Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que Kael podía escucharlo.
—Yo… fue un día muy hermoso —susurró.
Kael dio un paso más cerca.
No la tocó.
No la apresuró.
Pero estaba tan cerca que Nyxara podía sentir el calor de su cuerpo.
Una mano de Kael subió lentamente…
como si pidiera permiso sin decir una sola palabra.
Y entonces, con una delicadeza impensable para un guerrero como él…
Le sostuvo el rostro con la palma.
Sus dedos rozaron su mejilla, lentos, reverentes.
Nyxara cerró los ojos un segundo, respirando temblorosa.
Kael la miró como si estuviera viendo algo demasiado valioso para tocarlo.
—Natasha… —susurró—
No sé qué está pasando conmigo.
Contigo.
Pero no quiero alejarme.
No puedo alejarme.
Nyxara abrió los ojos, brillantes, vulnerables.
Kael tragó saliva y bajó la mirada a sus labios… solo un instante.
Luego regresó a sus ojos.
Y en un acto tan suave que su corazón casi se rompió…
Le dio un beso en la frente.
Un beso lento.
Un beso lleno de respeto.
De promesas no dichas.
De un amor que apenas estaba naciendo… pero nacía feroz.
Cuando se separó, su frente quedó apoyada en la de ella por un breve segundo.
—Descansa, Natasha —susurró—.
Te veré mañana.
Y antes de dejarse llevar por el impulso de besarla de verdad, giró y se marchó por el pasillo.
Nyxara entró a su habitación con el corazón latiendo descontrolado.
Apenas la puerta se cerró, Nyxara apoyó la espalda contra ella.
Sus dedos temblaban.
Llevó una mano a la frente… a ese lugar donde Kael la había besado.
Un calor dulce se extendió por todo su cuerpo.
—¿Por qué… por qué me siento así? —susurró para sí misma, casi sin aliento.
Se dejó caer en la cama, abrazando una almohada como si fuera el único ancla en medio de una tormenta emocional.
Pensó en Kael.
Su mirada.
Su voz cuando decía su nombre.
La forma en que la protegía.
La forma en que la tocaba, como si temiera romperla.
Pero también pensó en Lucian.
Su dulzura.
Su tristeza.
Sus ojos brillando cuando estaban juntos.
Su corazón palpitó con fuerza y dolor a la vez.
No quería lastimar a nadie.
No entendía el amor humano, no sabía cómo funcionaba…
Pero sabía esto:
Cuando Kael la miraba, sentía que el mundo se encendía.
Cuando Lucian la miraba, sentía que el mundo se suavizaba.
Y ella estaba atrapada entre dos corazones…
uno que ardía
y otro que temblaba.
Cerró los ojos, presionando su mano sobre su pecho.
—¿Qué… qué debo hacer?
Pero no había respuesta.
Solo el eco de su propio corazón, latiendo por un guerrero que no sabía amar suave…
y por un hechicero que la amaba demasiado.