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1206 Words
El bosque comenzó a abrirse, como si los árboles mismos se inclinaran hacia los lados para dejarlos pasar. La luz del sol se volvió más intensa, más cálida, más dorada. Nyxara sintió que el aire cambiaba: era más dulce, más ligero, como si allí hubiera magia antigua. —Falta poco —murmuró Kael, su voz suave, casi reverente. El sendero subió ligeramente una colina cubierta de hierba fresca. Nyxara sostenía las riendas con más confianza mientras la yegua avanzaba firme, guiada por la presencia cercana de Kael. Y entonces, cuando alcanzaron la cima… Nyxara quedó sin aliento. Ante ellos se extendía un claro secreto en medio del bosque: Un pequeño lago cristalino, tan claro que reflejaba el cielo como un espejo perfecto. Flores silvestres de colores imposibles crecían alrededor, moviéndose con la brisa. Rocas lisas formaban un círculo natural, como un santuario antiguo. Y desde un lado, una pequeña cascada caía con un sonido suave, como un susurro. Era un lugar sagrado. Hermoso. Protegido. Vivo. Kael detuvo su caballo y desvió la mirada, casi nervioso. Nyxara, en cambio, parecía no poder pestañear. —Kael… —su voz tembló con emoción—. Es… es precioso. Nunca había visto algo así. Kael bajó de su caballo primero. Luego se acercó a la yegua de Nyxara. —Dame tu mano —dijo, ofreciéndosela con una seriedad suave. Nyxara apoyó su mano en la de él. Kael la tomó con firmeza, la sostuvo por la cintura y la ayudó a descender despacio. Cuando sus pies tocaron el suelo, quedaron frente a frente. Muy cerca. Demasiado cerca. El corazón de Nyxara latía tan fuerte que casi podía escucharlo. Kael se apartó de inmediato, incómodo consigo mismo por sentir tanto… pero sin poder evitar mirar su expresión de asombro. —Este es mi lugar —dijo apagando la voz, como si revelar eso lo desnudara emocionalmente—. Vengo aquí desde que era niño. Cuando necesito pensar… o cuando quiero estar lejos del mundo. Nyxara dio unos pasos hacia el agua, maravillada. —Me alegra que… que me hayas traído aquí —susurró sin dejar de mirar el lago—. Es como si este lugar… te conociera. Kael bajó la mirada, sorprendido por lo certera que era. Nyxara se arrodilló junto al agua y extendió la mano. El agua estaba tan clara que podía verse su reflejo perfectamente. Pero cuando bajó la mirada… No vio solo su rostro humano. Por un instante fugaz, casi imperceptible, vio un destello dorado detrás de sus ojos. Un reflejo que no pertenecía a un humano. Se sobresaltó un poco. Kael se acercó, preocupado. —¿Qué pasa? Nyxara negó la cabeza. —Nada… solo… es que este lugar es tan hermoso que me cuesta respirar. Kael la observó. Y entendió que sí: este lugar debía ser compartido solo con alguien especial. Muy especial. Ella se levantó lentamente y volvió a mirarlo. —Gracias… por traerme aquí. Kael apretó la mandíbula, luchando entre decir la verdad o guardarse el sentimiento. Finalmente dijo lo único que podía permitirse: —Quería que lo vieras tú. Solo tú. Un silencio suave cayó entre ellos. El lago susurraba. Las flores danzaban. Los árboles protegían. Era el escenario perfecto… Para que algo dentro de ambos comenzara a cambiar sin posibilidad de regresar atrás. Mientras Kael descargaba las alforjas, Nyxara siguió recorriendo el claro con la mirada, maravillada. El sonido de la cascada la atraía; había algo en ese murmullo, en esa luz, que le resultaba… familiar. Kael extendió la manta sobre la hierba suave, colocó encima el pan, las frutas, el vino, el agua fresca. Cada movimiento era firme, ordenado, meticuloso. Pero aun así, no podía evitar mirar a Nyxara de reojo, como si temiera que desapareciera en cualquier momento. Nyxara se acercó más a la cascada. El agua caía en un velo transparente, creando un arcoíris delicado en el aire. Se inclinó un poco para ver su reflejo… Y entonces pasó. Un destello dorado. Una forma enorme. Alas. Escamas. Ojos antiguos. Su propio reflejo se transformó por un segundo en la silueta imponente de un dragón milenario. Un dragón blanco y dorado. Ella. Una punzada atravesó el pecho de Nyxara. —¿Qué…? —susurró, llevándose la mano al corazón. Dio un paso hacia atrás, completamente desorientada. Pero su pie se resbaló en una roca húmeda. —¡Ah—! Antes de que el grito saliera completo, dos brazos fuertes la rodearon, levantándola con una velocidad sobrehumana. Kael la sostuvo firmemente contra su pecho, manteniéndola a salvo de la caída. Su respiración era profunda, agitada por el susto. —¿Qué pasó? —preguntó con la voz grave y seria—. Te vi pálida… ¿qué viste? Nyxara se aferró a su camisa sin darse cuenta. Sus ojos temblaban, su corazón golpeaba con fuerza. —Yo… —tragó saliva—. Yo me vi en la cascada… pero no era yo… era… era un dragón. Un dragón enorme. Blanco y dorado. Como si… como si… —su voz se quebró— como si fuera yo. Kael tensó los brazos alrededor de ella. —¿Un dragón? —repitió, sin burla, sin juicio. Solo preocupación. Nyxara asintió. —Me vi… como un dragón milenario. Kael la miró con una intensidad tan profunda que ella casi olvidó respirar. No la soltó. La sostuvo más firme, como si temiera que volviera a caer o que ese miedo se la llevara de vuelta con él. —Natasha —dijo despacio, modulando la voz para que fuera suave, casi un susurro—. Estás a salvo. Conmigo. Lo que sea que hayas visto… no te hará daño aquí. Nyxara buscó su mirada, desesperada por comprensión. —No estoy loca, Kael. Lo vi. Yo era ese dragón. Él apretó la mandíbula, pensando con cuidado. —No creo que estés loca —respondió con la sinceridad más cruda que jamás había usado—. Pero sí creo que estás recordando cosas que tu mente ha olvidado… o que alguien te hizo olvidar. Sus palabras hicieron eco en el claro. Nyxara sintió un escalofrío. Kael notó su temblor y la acercó más, casi envolviéndola por completo con su cuerpo fuerte. —Estoy aquí —repitió, esta vez en un tono más bajo—. No voy a dejar que nada te pase. Ni hoy… ni mañana… ni nunca. Nyxara cerró los ojos un segundo. El miedo se mezcló con algo cálido. Algo que la hizo sentir protegida, segura… en casa. Después de unos segundos, Kael se dio cuenta de que seguía sosteniéndola demasiado cerca. Demasiado tiempo. La soltó lentamente, con una torpeza adorable que él jamás admitiría. —Ven —dijo limpiándose la garganta—. Siéntate conmigo. Podemos hablar de lo que viste… o podemos ignorarlo por hoy. Como tú quieras. Nyxara lo miró con ojos grandes y vulnerables. —Quiero quedarme cerca de ti. Kael se congeló. Fue solo un segundo… Pero para él fue suficiente para sentir que el corazón se le detenía. —Entonces… —susurró, suave y serio—. Quédate. Y juntos se acercaron a la manta, mientras la cascada seguía brillando detrás de ellos… como si supiera exactamente quién era Nyxara. Y quién estaba destinado a protegerla.
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