Se sentaron sobre la manta que Kael había extendido.
El lugar era tan tranquilo que parecía existir fuera del tiempo.
Kael tomó un pan dulce de la cesta y se lo ofreció a Nyxara.
Ella lo recibió con ambas manos, aún un poco nerviosa.
Después, él le sirvió agua fresca en una pequeña copa de madera.
—No hay vino para ti —dijo Kael con una seriedad que intentó ocultar una sonrisa—.
No después de lo que hiciste en la gala.
Nyxara bajó la mirada, avergonzada, y rió muy bajito.
—Lo siento…
—No —respondió Kael, suavizando la voz—. En realidad… te veías linda. Muy… valiente.
Pero igual no habrá vino.
Nyxara volvió a sonreír. Una sonrisa suave, sincera, que hizo que al corazón de Kael se le escapara un latido.
Se quedaron así un momento, comiendo en silencio, disfrutando de la tranquilidad del bosque.
Después Kael dejó su comida a un lado y se volvió hacia ella.
Su postura cambió: ya no era el guerrero frío y serio.
Era Kael… hablándole a ella, no a una soldado ni a alguien del castillo.
—Natasha —comenzó, con una voz baja y profunda—.
El día que te encontramos… dijiste que eras un dragón milenario.
¿A qué te referías?
¿O ya no lo recuerdas?
Nyxara dejó el pan sobre la manta.
Sus dedos se entrelazaron con nerviosismo sobre su regazo.
Miró el lago un momento, como si buscara la fuerza para hablar.
—Tengo sueños —susurró por fin—.
Sueños donde… vuelo sobre montañas y mares.
Siento el viento como si fuera parte de mí.
Y cuando miro mi reflejo en el agua… no soy así.
No soy humana.
Kael la observaba con atención absoluta, como si cada palabra fuera un secreto invaluable.
—¿Y qué ves? —preguntó con cuidado.
Nyxara respiró hondo.
—Un dragón.
Un dragón blanco con dorado… enorme… poderoso.
Siento que soy yo… pero también siento que no lo soy.
Como si… —frunció el entrecejo— como si mis recuerdos estuvieran rotos.
Como si hubiera olvidado algo… algo muy importante.
Kael apretó los puños sobre sus propias rodillas, conteniendo un impulso que ni él mismo entendía.
—¿Sientes miedo cuando pasa? —preguntó despacio.
—No exactamente… —Nyxara buscó las palabras—.
Siento nostalgia.
Como si estuviera recordando algo que amé mucho… y que perdí.
Pero también siento dolor… porque no sé quién era antes de llegar al castillo.
Kael la miró largo rato.
Sus ojos azules ya no tenían dureza.
Tenían preocupación.
Interés.
Algo más profundo… algo que él mismo no sabía cómo nombrar.
—Entonces… —dijo finalmente—.
¿Crees que realmente eras un dragón?
Nyxara lo miró directamente, con una mirada vulnerable que casi lo desarmó por completo.
—No lo creo… —susurró con honestidad dolorosa—.
Lo sé.
Sé que lo era, Kael.
Aunque no sepa cómo… o por qué ya no puedo serlo.
El viento sopló suavemente, moviendo la trenza de Nyxara.
Kael sintió un nudo en el pecho.
Ella estaba asustada.
Confundida.
Y por primera vez, se lo estaba confiando a él.
Kael quería decir algo… tranquilizarla… prometerle que no estaba sola.
Pero no era bueno con palabras.
Así que hizo lo único que pudo.
Extendió su mano y la puso sobre la de ella.
No con fuerza.
No con autoridad.
Con suavidad.
—Natasha —dijo en un susurro profundo—.
No importa quién eras.
No importa si eras un dragón… o lo sigues siendo en tu alma.
Eres tú.
Y yo… —tragó saliva, algo nervioso— estoy aquí.
Mientras encuentras tus respuestas.
Nyxara lo miró como si él acabara de salvarla otra vez.
Y quizás, de alguna manera, lo había hecho.
Nyxara observó el lago y luego volvió la mirada hacia Kael, sus ojos brillando con curiosidad sincera.
—Kael… —dijo en voz baja—. ¿Cómo encontraste este lugar tan hermoso?
Kael se tensó un instante. No era una pregunta que respondiera fácilmente… pero ella merecía saberlo.
Desvió la mirada hacia la cascada, como si la respuesta estuviera escrita en el agua.
—Tenía doce años —comenzó, con un tono más suave de lo habitual—.
En esa época… yo no era muy diferente a como soy ahora.
Gruñón… reservado… siempre entrenando, siempre compitiendo con Draegor.
Nyxara sonrió un poco, imaginándoselo.
Kael continuó:
—Había tenido una discusión con mi padre.
No recuerdo exactamente sobre qué… pero recuerdo cómo me sentía.
Ahogado.
Saturado.
Como si el castillo fuera demasiado pequeño para mí.
Bajó la mirada al suelo por un momento.
—Hui del entrenamiento. Mis maestros me buscaron todo el día.
Yo solo quería… respirar.
Así que seguí caminando sin rumbo por el bosque. No tenía un destino en mente.
Nyxara escuchaba sin apartar la mirada, completamente absorta en él.
—Y entonces —Kael señaló el claro— lo encontré.
Como si el bosque me hubiera guiado hasta aquí.
Yo era un niño… pero cuando vi este lugar… sentí algo que nunca había sentido en el castillo.
Nyxara inclinó un poco la cabeza.
—¿Qué sentiste?
Kael tragó saliva, buscando las palabras.
—Paz —admitió en un susurro—.
Silencio.
Libertad.
Por primera vez… pude ser yo. No el hijo del señor Solvard, no un soldado, no un guerrero en entrenamiento.
Solo… yo.
Sus ojos se suavizaron mientras la miraba.
—Desde entonces vengo aquí cuando necesito pensar.
Cuando estoy enojado… o cansado.
Cuando todo me supera.
Nyxara sintió un calor dulce en el pecho.
—Entonces… ¿por qué me trajiste a mí?
Kael dejó de respirar por un segundo.
Sus ojos se encontraron.
Intensos.
Vulnerables.
Kael bajó la mirada, como si la verdad fuera demasiado peligrosa para decirla de frente.
—Porque… —su voz salió ronca, sincera— eres la única persona con la que no me siento… solo.
Nyxara se quedó inmóvil.
El viento pareció detenerse.
Kael se obligó a mirar hacia otro lado, incómodo consigo mismo.
—No sé por qué —añadió, más bajo—.
Pero contigo… este lugar se siente aún más vivo.
Nyxara sintió que algo dentro de ella brillaba como el reflejo del lago.
—Gracias por compartirlo conmigo, Kael —susurró—.
Lo guardaré en mi corazón.
Kael cerró los ojos un instante.
Y en silencio… sonrió apenas.
Una sonrisa tan suave que solo alguien que lo observaba con el alma, como Nyxara, podría haber notado.