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763 Words
Nyxara estaba inquieta. Elin ya le había preparado la cama, le había peinado suavemente el cabello blanco y le había dejado una vela encendida para darle calma. Pero Nyxara no podía dormir. Su pecho estaba extraño… tibio… acelerado. Su mente no dejaba de repasar las palabras de Lord Solvard. Las miradas de Lucian. Las sonrisas de Draegor. La furia de Kael. Todo mezclado en un torbellino que no comprendía. Finalmente se incorporó, descalza, y caminó hacia el balcón. La noche era suave. La luna bañaba el jardín con un resplandor plateado. El viento movía sus cabellos blancos como si también ellos quisieran escapar del silencio. Pero entonces… lo vio. Ahí estaba. Cerca de la fuente del jardín. Kael. Sin armadura. Sin espada. Solo él, quieto, mirando el agua como si buscara respuestas que no podía encontrar. Nyxara sintió que algo dentro de ella… brincó. Un impulso silencioso, un llamado sin nombre. No sabía por qué, pero no pudo dejar de verlo. Su figura fuerte, su postura siempre firme, la tensión en sus hombros, la forma en que la luna hacía brillar su cabello n***o. Estaba tan… humano. Tan vulnerable. Tan distinto al guerrero que siempre se mostraba. Y entonces, como si la hubiera sentido, Kael levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron. El tiempo se detuvo. Kael no se movió. No frunció el ceño. No bufó. No huyó. Solo… la miró. Nyxara, con su camisón blanco flotando con el viento, parecía etérea, casi un espíritu de luz que observaba desde el cielo. Kael sintió que el corazón le dio un golpe tan fuerte que casi lo oyó. No sabía cómo reaccionar. No sabía qué decir. No sabía si acercarse… o alejarse. Ella no apartó la mirada. Tampoco sonrió. Solo lo observó. Inocente. Curiosa. Hermosa. Una criatura caída del cielo que no conocía el amor… y un guerrero que no sabía sentirlo. Sus miradas se sostuvieron un largo instante, profundo y silencioso. Un instante en el que ninguno habló pero ambos sintieron algo… algo que los desbordaba sin explicación. Finalmente, Kael desvió la mirada. No por dureza… sino porque no sabía cómo sostener lo que sentía cuando la veía así. Nyxara, con el corazón temblando, siguió observándolo desde arriba. Ninguno de los dos dijo una palabra. Pero algo cambió para siempre. El silencio entre ellos seguía suspendido, delicado como un hilo de plata. Nyxara sentía el corazón latiéndole tan fuerte que temía que Kael pudiera escucharlo desde abajo. Él seguía mirándola… como si nunca la hubiera visto realmente hasta ese momento. Entonces, sin pensarlo, sin entender siquiera qué impulso la guiaba, Nyxara susurró: —Kael… Su voz era suave, casi una caricia llevada por el viento. Y Kael… sintió que el mundo entero se detenía. La miró con una intensidad que le tensó el pecho. Nunca nadie había pronunciado su nombre así. Nunca había sentido algo cálido subiéndole por la garganta al escucharlo. —Natasha… yo… —logró decir, con la voz más suave que jamás había usado. Iba a decir algo más. Algo importante. Algo que nunca antes habría permitido salir de sus labios. Pero entonces— —¡Mi lord Kael! —gritó un soldado corriendo por el jardín, respirando con desesperación—. ¡Ataque de monstruos cerca de la ciudad! ¡Han pasado la barrera norte! Kael apretó la mandíbula. El guerrero regresó en un solo latido. Miró al soldado. Luego miró el cielo. Y finalmente volvió a mirar a Nyxara. Ese último vistazo fue breve… pero cargado de palabras que no pudo decir. Preocupación. Deseo de quedarse. Necesidad de proteger. Miedo a perder algo que ni siquiera entendía todavía. Nyxara sintió que el aire se volvía frío a su alrededor. —Kael… —susurró otra vez, con los ojos abiertos por la inquietud. Kael dio un paso hacia atrás. Su mirada se volvió acero. —Voy —ordenó al soldado sin apartar los ojos de ella. Y entonces, antes de darse la vuelta, la miró una última vez. Una última mirada larga, tensa, profunda. Como si estuviera grabando su imagen en la memoria antes de entrar a la batalla. Y se fue. Corriendo. Desapareciendo entre sombras y luna. Nyxara permaneció en el balcón, paralizada. Sus manos se juntaron frente a su pecho, entrelazadas en una plegaria instintiva que no sabía que sabía hacer. —Por favor… que no le pase nada… —susurró, con un temblor en la voz. La luna fue testigo. El viento la envolvió. Y por primera vez desde que cayó del cielo… Nyxara sintió miedo. Un miedo nuevo. Un miedo humano. Un miedo por Kael.
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