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1020 Words
Nyxara bajó la mirada hacia sus manos, aún tibias por la taza de té. Algo dentro de ella se aflojó, como si esas palabras le dieran un respiro que no sabía que necesitaba. —Gracias… —susurró, sintiendo un alivio extraño—. Por alguna razón… no quiero ser el centro de la atención hoy. Lady Nymera soltó una risa suave, como si hubiese esperado esa respuesta. —Es completamente normal —dijo, acomodándole el cabello con un gesto maternal—. Las galas pueden ser hermosas… pero agotadoras. Sobre todo cuando todos te adoran desde el primer instante. Elin asintió detrás de ella. —Y más cuando algunos… —miró hacia la puerta con una sonrisa cómplice— se pelean por estar a su lado. Nyxara abrió los ojos sorprendida, su gesto un poco avergonzado. —¿Pelear? ¿Quién…? Lady Nymera le dio un pequeño golpecito cariñoso en la mano. —Nada de qué preocuparse, hija. —Su sonrisa se volvió más cálida—. Solo… asuntos de hermanos. Asuntos masculinos. Nyxara no entendió del todo, pero asintió. En su pecho algo saltó, una sensación tibia, desconocida… casi temerosa. Elin se acercó con una charola. —Mi lady, traje un desayuno ligero. Le hará bien. Nyxara sonrió con gratitud. Lady Nymera caminó hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y la miró de reojo. —Hoy descansa, Natasha. Escucha lo que tu cuerpo y tu corazón te pidan. La puerta se cerró suavemente. Y por primera vez en toda la mañana, Nyxara se quedó completamente en silencio, con la sensación de que algo… o alguien… volvería a buscarla antes de lo que esperaba. Nyxara terminó su desayuno lento, distraída, con la mente en otro lugar… o más bien, en otra persona. —Elin… —dijo finalmente, apretando un poco las sábanas—. ¿Podrías ponerme un vestido lindo? Quiero… quiero salir a caminar por el castillo. La doncella la miró con una sonrisa suave. Sabía perfectamente lo que “caminar” significaba ese día. —Por supuesto, mi lady —respondió con un brillo cómplice en los ojos. Fue al guardarropa y eligió uno de los vestidos más hermosos que Nyxara tenía. Un vestido marfil con detalles dorados, de tela suave que caía como una cascada sobre su cuerpo. Tenía mangas vaporosas, casi transparentes, y un corset delicado que realzaba su figura sin apretarla. El faldón se movía como si tuviera vida propia, con bordados que brillaban levemente al reflejar la luz, recordándole a Nyxara los tonos de su antigua escama dorada de dragón. Elin la peinó con dedicación, haciendo suaves trenzas que enmarcaban su cabello blanco y dejando caer ondas sueltas por su espalda. Le colocó un pequeño broche dorado con forma de hoja en el cabello, haciéndola ver como una criatura etérea. —Lista —dijo Elin con orgullo—. Pareces una princesa. Nyxara sonrió nerviosa… y salió casi corriendo de la habitación antes de que le fallara el valor. Nyxara caminó por el castillo con el corazón acelerado. No sabía si era la resaca o la emoción… pero cada paso la acercaba a donde sabía que Kael estaría. Y aunque no se atreviera a admitirlo, quería verlo. Necesitaba verlo. Cuando llegó al área de entrenamiento, se detuvo tan abruptamente que la falda del vestido se movió con un suave remolino a su alrededor. Allí estaba Kael. Pero no estaba solo. Yllena, la guerrera élite, entrenaba con él. Nyxara sintió un pinchazo extraño en el pecho. Yllena se movía con una fuerza impresionante: daba giros ágiles, lanzaba estocadas precisas y bloqueaba los ataques con la confianza de alguien que había entrenado toda su vida. Su lanza brillaba al chocar contra la espada de Kael. Kael, sin embargo, no tenía la expresión relajada que había tenido en la gala. Hoy no sonreía. No reía. No hacía comentarios juguetones. Estaba serio, concentrado… distante. Como si el mundo entero hubiese dejado de existir excepto por la espada que tenía entre manos. Yllena dio un giro rápido y casi alcanzó el hombro de Kael, pero él desvió el golpe con un movimiento firme. Ella rió, orgullosa de haberlo empujado un poco. —Vamos, Kael, al menos mírame —le dijo con una sonrisa confiada—. ¿Por qué tan tenso hoy? ¿Fuiste a una fiesta anoche o qué? Nyxara contuvo el aliento. Pero Kael no levantó la vista hacia ella. No sonrió. No respondió con complicidad. Solo gruñó: —Concéntrate, Yllena. Podrías haber dejado un punto débil descubierto. Frío. Cortante. Lejano. Yllena arqueó una ceja, sorprendida. —¿Qué te pasa hoy? Antes me hubieras— —¡He dicho que te concentres! —la interrumpió Kael, más brusco de lo habitual. Nyxara lo observó, anonadada. Ese no era el Kael de la gala. Ese Kael… el de anoche… el que la cargó, el que la llamó “niña tonta” con una ternura dolorosa, el que la observó dormir… ese Kael estaba escondido detrás de una muralla de acero. Pero sabía que estaba allí. Porque su cuerpo estaba tenso. Porque cada movimiento era más fuerte de lo necesario. Porque no la había visto… pero estaba alerta, como si la sintiera. Y entonces sucedió. En una pequeña pausa del entrenamiento, Kael bajó la espada apenas un instante… y su mirada se desvió de forma involuntaria hacia el castillo. Y la vio. Su cuerpo entero se detuvo. Los ojos se abrieron apenas, sorprendidos, como si su corazón hubiera saltado sin permiso. Kael no sonrió. No podía. Le había prometido a Nyxara que esa sonrisa era solo de ella. Pero sus ojos… Sus ojos brillaron de una manera que no brillaban para nadie más. Yllena notó el cambio y siguió la dirección de su mirada. Cuando vio a Nyxara, levantó las cejas. —Ah… con que eso era —murmuró con una sonrisa ladeada, entendiendo más de lo que Nyxara desearía. Nyxara sintió calor en el pecho y frío en las manos. Quiso retroceder. Quiso avanzar. No sabía qué hacer. Kael dio un paso hacia ella. El mundo pareció quedar en silencio.
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