El entrenamiento se detuvo cuando Yllena —guerrera élite del reino de Varendreth, uno de los reinos invitados para la próxima reunión diplomática— dejó su lanza a un lado y se acercó a Nyxara con pasos seguros.
Tenía una sonrisa encantadora, de esas que parecen ensayar frente al espejo, y una confianza que llenaba el espacio.
—¡Hola! —saludó con entusiasmo—. Tú debes ser Natasha. He escuchado muchísimo sobre ti.
Se inclinó hacia ella, estudiándola con genuina curiosidad.
—Vaya… ahora entiendo por qué todos hablan de lo hermosa que eres.
Nyxara no supo qué hacer.
No esperaba que la mujer se acercara tan rápido.
No esperaba que fuera tan… cercana.
—Y-yo… —balbuceó, sintiendo que el corazón le latía demasiado fuerte.
Yllena rió suavemente, como si Nyxara fuera adorable.
—Pensé que podrías acompañarnos a cabalgar por el bosque. Cada vez que visito Eldora, Kael y yo salimos juntos a montar.
Lo dijo con una naturalidad afilada, como si fuera un secreto compartido solo entre ella y Kael.
—¿Qué dices, Natasha? Será divertido.
Nyxara no escuchó el resto.
La palabra “juntos” le perforó el pecho.
Se sintió pequeña… torpe… fuera de lugar.
Como si la escena frente a ella estuviera escrita para otra persona, no para una dragona perdida que apenas entendía cómo caminar en este mundo.
Un ardor le subió a la garganta, y las lágrimas amenazaron con traicionarla.
Pero antes de que pudiera responder, Kael avanzó un paso, su presencia oscura como una tormenta.
—Ella no sabe cabalgar, Yllena —dijo con una voz tan afilada que casi cortaba el aire—.
Y luego, sin poder detenerse, añadió con una fría firmeza:
—Y no tenías por qué decir que “lo hacemos juntos”. Mis hombres son quienes vienen conmigo.
La sonrisa de Yllena titubeó apenas, sorprendida por el tono.
—Oh, qué pena que no puedas cabalgar, Natasha —continuó, recuperando su voz alegre, aunque con menos brillo que antes—. Bueno, entonces podremos compartir la comida. Quiero conocerte mejor, eres… fascinante.
Nyxara tragó saliva, sintiendo que cada palabra la apretaba más por dentro.
No sabía qué decir, qué hacer, ni dónde mirar.
Solo sabía que esa sensación en su pecho dolía.
Kael dio un paso más cerca, lo suficientemente cerca para que Yllena lo notara.
—Ella no tiene por qué hacer nada que no quiera —dijo Kael, sin apartar la mirada de Yllena, sin siquiera pestañear.
Yllena lo miró como si hubiera descubierto un secreto enorme.
Luego volvió a mirar a Nyxara con una sonrisa más suave.
—No te preocupes, Natasha. No muerdo. Espero que podamos… hablar más tarde.
Y con un último vistazo lleno de curiosidad, se alejó para recoger su lanza.
Nyxara seguía ahí, quieta, con el vestido marfil temblando a la altura de sus manos, el corazón desbocado, y la sensación de que el mundo acababa de hacerse demasiado grande para ella.
Kael respiró hondo, y su mandíbula se tensó al verla así.
—Natasha… —su voz ya no era hierro. Era casi un susurro—. No escuches nada de eso.
Las lágrimas quemaban detrás de los ojos de Nyxara.
No quiso llorar ahí, frente a Yllena, frente a Kael, frente a todos.
Así que se dio media vuelta tan rápido que su vestido dorado se agitó como un destello… y salió corriendo.
Corrió sin saber a dónde.
Corrió para alejarse del dolor que le oprimía el pecho.
Corrió hasta que el aire le ardió en los pulmones.
Kael apenas reaccionó cuando la vio huir, como si algo invisible le hubiese clavado los pies al suelo. Una tormenta entera cruzó por su mirada, pero cuando quiso moverse… ya era tarde. Ella había desaparecido entre los pasillos del castillo.
Nyxara siguió corriendo.
Sus pasos la guiaron como si su corazón supiera el camino por ella.
Hasta que llegó a la biblioteca.
Empujó la puerta con manos temblorosas y se adentró en la penumbra cálida del lugar. El olor a papel viejo y madera encerada la envolvió, un refugio silencioso en medio del caos.
Pero ella no lo vio.
No vio que alguien ya estaba ahí.
Solo llegó al pasillo central, se detuvo de golpe, apretó los labios con fuerza…
…y se desplomó sobre sí misma, agachándose, con un sollozo tembloroso.
Las lágrimas que había contenido con desesperación comenzaron a caer, tibias y desgarradoras. Sus manos cubrieron su rostro mientras su cuerpo temblaba por la mezcla de vergüenza, tristeza y algo que no entendía pero que dolía demasiado.
El corazón le latía desbocado.
La garganta ardía.
Y en su cabeza solo se repetía una imagen:
Kael entrenando con Yllena.
Y ese “juntos”.
Un suave chasquido de páginas la sacó de su mundo por un segundo.
Pero ella no levantó la mirada.
Pensó que estaba sola.
Hasta que escuchó una voz familiar, cálida como la luz de una vela.
—¿…Natasha?
Lucian dejó el libro que tenía entre las manos.
Sus ojos se abrieron en un pánico dulce al verla hecha un ovillo en el suelo.
—Natasha… —susurró, acercándose de inmediato, arrodillándose frente a ella sin importar el piso frío—. ¿Qué pasó? ¿Quién te hizo esto?
Nyxara no pudo responder.
Un sollozo escapó de sus labios, y Lucian sintió que el corazón se le rompía.
Sin pensarlo, la rodeó con sus brazos, despacio, como si temiera que pudiera romperse.
—Estoy aquí… —murmuró, apoyando su mejilla contra su cabello blanco—. No pasa nada, Natasha. Estoy aquí. No estás sola.
Nyxara tembló entre sus brazos, hundiendo el rostro en su pecho… y lloró.
Lloró como si nunca antes hubiera sabido lo que era ese sentimiento.
Y Lucian la abrazó más fuerte, decidido, protector…
aunque sabía, muy en el fondo, que no era a él a quien ella buscaba.
La biblioteca estaba envuelta en un silencio profundo, apenas roto por los sollozos temblorosos de Nyxara.
Lucian la sostenía con ternura, acariciando su cabello mientras intentaba preguntar algo más.
—Natasha… yo—
Pero la puerta se abrió de golpe, chocando contra la pared con un estruendo que hizo eco entre los estantes.
Lucian se giró, sobresaltado.
Ahí estaba Kael, respirando agitado, el cabello oscuro desordenado por la carrera, el pecho subiendo y bajando con furia… y miedo.
Su mirada fue directa a Nyxara, hecha un ovillo en el suelo.
Y todo su cuerpo se tensó como si hubiese recibido un golpe.
—Lucian —gruñó, la voz grave, áspera, ardiendo—.
Déjanos solos. Ahora.
Lucian lo miró, confundido, dolido, sin comprender del todo lo que pasaba.
Pero había algo en el tono de Kael… algo que no admitía discusión.
Con reluctancia, soltó a Nyxara despacio.
Se levantó despacio, aún sin entender el porqué de la orden.
—Kael… ella está llorando, yo solo—
—He dicho que te vayas —repitió Kael, sin apartar los ojos de ella, la voz dura como acero… y temblorosa por dentro.
Lucian apretó la mandíbula, sintiendo una punzada amarga en el pecho… pero obedeció.
Caminó hacia la puerta con pasos pesados, dedicándole a Nyxara una última mirada triste antes de cerrar la puerta detrás de él.