El sonido de alarmas no tardó en llenar el castillo.
Cuernos de guerra resonaron desde las torres, y los soldados comenzaron a movilizarse en todas direcciones.
Kael llegó al patio de armas como una tormenta.
—¡Arqueros a las murallas norte! —ordenó sin detenerse un segundo.
—¡Unidad Alfa, conmigo! ¡Bravo, rodeen el flanco derecho!
—¡Magos preparen los sellos de contención!
Sus hombres se movieron con precisión.
Kael no era solo un guerrero:
era un líder nato, un comandante temido y respetado por todos.
Mientras corría hacia la barrera norte, su mente se mantenía fría… salvo por una única imagen que lo perseguía:
Los ojos de Nyxara mirándolo desde el balcón.
Su voz suave diciendo su nombre.
La preocupación en su rostro.
Apretó los puños.
No había tiempo para distracciones.
Ahora era el momento de pelear.
Cuando Kael llegó, el panorama era aterrador.
Criaturas enormes y deformes, salidas de las sombras del Bosque Umbrío, avanzaban golpeando la tierra. Tenían piel negra como tinta, ojos rojos y fauces capaces de partir a un hombre en dos.
Soldados ya estaban en combate, empujados hacia atrás por la fuerza brutal de los monstruos.
Kael desenvainó su espada.
Una hoja larga, pesada, casi imposible de manejar para cualquier otro soldado…
pero en sus manos parecía una extensión de su propio cuerpo.
Su mirada se encendió con furia controlada.
—¡Formación de muro! —rugió—. ¡No retrocedan ni un paso!
Los escudos se alzaron.
Las lanzas se clavaron en la tierra.
Los monstruos embistieron.
Kael saltó al frente justo cuando uno de ellos abría sus fauces.
Giró la espada en un arco perfecto, y la bestia cayó partida en dos.
Los soldados gritaron de victoria.
Pero la horda no se detenía.
Kael se movía como una máquina de guerra.
Un golpe.
Dos.
Tres.
Cada movimiento era preciso.
Cada giro de espada abría camino.
Cada orden que gritaba mantenía a sus hombres con vida.
—¡Lado izquierdo, retrocedan y reagrúpense!
—¡Lucian, dispara tu sello cuando diga YA!
—¡No permitan que rompan la línea o todos estamos muertos!
Lucian apareció en el campo de batalla, ya listo con su magia.
—¡Listo, Kael! —gritó desde atrás.
Kael esperó el momento exacto, bloqueando a dos monstruos a la vez con la fuerza de sus brazos.
—¡AHORA!
Lucian lanzó un sello explosivo que iluminó la noche, volando en pedazos a varias criaturas.
Pero otra bestia enorme apareció desde el bosque, golpeando a Kael y lanzándolo varios metros atrás.
Los soldados gritaron su nombre.
Lucian dejó escapar un grito ahogado.
Kael se levantó.
Tosió sangre.
Escupió al suelo.
Y levantó su espada otra vez.
—¿Eso es todo? —rugió— ¡VEN POR MÁS!
Su furia era fuego.
Su determinación, acero.
Su corazón… temblaba por una sola razón que no admitía:
No podía morir.
No esta noche.
No después de verla en el balcón.
Kael cargó.
Los soldados lo siguieron.
Y el campo de batalla retumbó con el choque final.
Tras un combate feroz, los monstruos comenzaron a retirarse hacia el bosque.
Heridos, debilitados, obligados a retroceder por la fuerza del ejército Solvard.
Kael respiraba pesadamente.
Su armadura estaba rota en varios puntos.
Su rostro tenía un corte sangrante.
Pero estaba vivo.
Y lo único que pensaba, mientras limpiaba la espada, era:
¿Ella seguirá despierta?
¿Seguirá mirándolo desde el balcón?
Lucian se acercó, preocupado.
—Kael… ¿estás bien?
—Estoy bien —respondió Kael sin mirarlo—. ¿Todos a salvo?
—Sí. Gracias a ti.
Kael guardó su espada, esquivando el agradecimiento.
—Regresemos.
Y mientras caminaba hacia el castillo, no podía detenerse de mirar hacia arriba…
buscando una silueta blanca entre las sombras del balcón.
Nyxara no podía más.
Había visto la explosión de magia desde el balcón —la luz brutal, el estruendo que sacudió la tierra— y algo dentro de su pecho se rasgó.
Un miedo nuevo, profundo, desconocido.
¿Y si Kael estaba herido?
¿Y si… no volvía?
Sin pensarlo, salió corriendo de su habitación, todavía en su camisón, descalza, el cabello blanco volando detrás de ella como una estela de luz.
—Kael… —susurraba para sí misma, casi sin voz— por favor…
Sus pasos resonaban en los pasillos silenciosos del castillo.
Kael subía las escaleras del castillo con el cuerpo adolorido, la ropa desgarrada y sangre que no sabía si era suya o de los monstruos.
Pero nada de eso importaba.
Lo único que quería era verla.
Asegurarse de que estaba bien.
De que seguía ahí.
De que… no sabía qué.
Solo sabía que necesitaba verla.
El camino hacia su habitación se le hizo eterno.
Su corazón latía demasiado fuerte.
Demasiado rápido.
Nyxara dobló la esquina del corredor al mismo tiempo que otra figura lo hizo desde el lado contrario.
—¡Oh! —exclamó, chocando contra un cuerpo firme.
Un par de brazos fuertes la sujetaron antes de que cayera.
—Natasha, tranquila. Soy yo —dijo una voz elegante que reconoció al instante.
Draegor.
La sostuvo con suavidad, pero con firmeza.
Nyxara estaba temblando, respirando entrecortado.
—¿Qué sucede, hermosa? —preguntó, preocupado al ver el pánico en sus ojos—. ¿Qué haces corriendo así?
Nyxara intentó hablar, pero no salía nada de su garganta.
Draegor, viendo su estado, la rodeó con un abrazo reconfortante.
—Calma, calma… estás a salvo. Todo está bien —susurró, acariciándole suavemente la espalda en un gesto sorprendentemente tierno.
Ella escondió el rostro en su pecho un segundo.
El miedo la había colapsado.
Ese miedo desconocido… humano… que no sabía manejar.
Draegor la sostuvo sin decir nada más, dándole el espacio para respirar.
Kael llegó mientras tanto a la puerta de la habitación de Nyxara.
Vacía.
Fría.
El corazón se le cayó al estómago.
—Natasha… —susurró, sintiendo cómo el miedo se convertía en ira… y luego en un dolor que no sabía manejar.
Entonces escuchó voces en el pasillo.
Reconoció la risa suave de Draegor.
El susurro tembloroso de Nyxara.
Kael se giró, y caminó hacia el sonido.
Doblando la esquina…
Los vio.
A Draegor abrazándola.
A Nyxara con el rostro escondido en su pecho.
A Draegor acariciándole la espalda con una sonrisa tranquila y encantadora.
Y Draegor, al ver a Kael, sonrió más.
Una sonrisa maliciosa.
Triunfante.
Encantadora y venenosa al mismo tiempo.
Kael sintió algo romperse dentro de él.
Pero no dijo una palabra.
No gruñó.
No pidió explicaciones.
No mostró furia.
Solo se quedó quieto un segundo…
mientras su corazón ardía en un dolor silencioso que nunca había permitido sentir.
Luego dio media vuelta.
Y se fue.
Sin una palabra.
Sin mirar atrás.
Sin que Nyxara supiera que él estuvo ahí.
Nyxara, recuperando el aliento, levantó la cabeza.
—Draegor… yo… tengo que buscar a Kael. Él estaba—
—Tranquila —dijo Draegor, acariciándole el rostro con suavidad—. Kael está bien. Te lo aseguro.
Ella no sabía que Kael la había visto.
No sabía que algo dentro de él se había apretado hasta volverse casi insoportable.
Y Kael…
caminó en silencio hacia la noche,
con un dolor en el pecho que nunca había sentido antes.