Draegor, aún con un brazo protector alrededor de Nyxara, la guió suavemente por el pasillo iluminado solo por antorchas.
Ella seguía temblando un poco, no solo por el susto… sino por algo más profundo que no sabía nombrar.
—Vamos, hermosa —dijo Draegor con tono cálido, caballeroso—. Estás agotada. No deberías andar sola por los pasillos a estas horas.
Nyxara bajó la mirada, respirando con dificultad.
—Yo… vi la luz de la explosión… pensé que alguien podía estar herido…
Draegor la miró de reojo, sabiendo exactamente a quién se refería.
Con una sonrisa suave, casi sincera, respondió:
—Kael está bien. Te lo prometo.
Nyxara parpadeó, sorprendida.
—¿D-De verdad?
—Sí. Ese hombre es prácticamente indestructible —rió con un toque arrogante, pero amable—. No caerá tan fácilmente, te lo aseguro.
Nyxara asintió lentamente, y aunque su cuerpo comenzó a relajarse…
su corazón no.
Su pecho seguía apretado.
Su respiración, más rápida de lo normal.
Una parte de ella quería correr escaleras abajo, encontrarlo, verlo con sus propios ojos.
Pero Draegor acarició su hombro con ternura y añadió:
—Confía en mí. Kael volverá al castillo en unos minutos. Y estará entero. Él no sabe hacer otra cosa más que sobrevivir.
La forma en que lo dijo, mezclando humor y verdad, hizo que Nyxara creyera sus palabras.
Draegor tenía ese poder:
el de hacer que uno se sintiera seguro, incluso si era una ilusión.
Llegaron a la puerta de su habitación.
Nyxara entró despacio.
Draegor se quedó en el marco, sonriéndole con un gesto encantador.
—Descansa, Natasha. Mañana será un día mejor.
Ella asintió.
—Gracias, Draegor. Por… ayudarme.
—Siempre, hermosa. —Su sonrisa brilló un poco más de lo necesario— Siempre.
Cerró la puerta con suavidad.
Nyxara se recostó en la cama, pero su pecho no se calmaba.
Su mente repetía una y otra vez:
Kael…
Kael…
Kael…
Aunque Draegor había dicho que estaba bien, una parte de ella quería verlo con sus propios ojos.
Quería escuchar su voz.
Quería… algo más que no sabía explicar.
Se apretó las manos contra el pecho, tratando de entender ese dolor extraño.
—¿Por qué… me siento así? —susurró al vacío.
No tenía la respuesta.
Kael entró a su habitación exhausto, cubierto de sangre seca, sudor y barro.
Para su sorpresa, ya habían preparado un baño caliente, vaporoso, con vendas limpias, ungüentos y una toalla doblada con precisión militar.
Se despojó de la armadura sin decir una palabra.
Cuando por fin entró al agua, el calor le arrancó un gemido bajo, doloroso, pero no alivió lo que realmente le ardía:
La imagen de Draegor abrazando a Nyxara.
Su rostro escondido en el pecho de su hermano.
El gesto tranquilo, casi íntimo, que compartían.
Kael apretó los dientes.
El agua tembló por la fuerza con la que cerró los puños.
Ira.
Confusión.
Dolor.
Celos.
Pero él no se permitiría admitir nada de eso.
Terminó el baño lo más rápido que pudo, se vendó las heridas con manos firmes y se vistió con ropa limpia. Aún estaba abrochándose la camisa cuando la puerta se abrió sin tocar.
Draegor.
Por supuesto.
Entró como si la habitación fuera suya, con la sonrisa encantadora y venenosa de siempre.
—Hola, hermanito —dijo con un tono ligero que a Kael le revolvió el estómago—. Vine a asegurarme de que todo esté bien después de tu… pequeña pelea con los monstruos.
Kael no respondió.
Solo lo miró con ojos fríos.
Draegor siguió hablando, disfrutando cada segundo de su propio veneno.
—Y también quería disculparme por lo que viste en el pasillo. —Hizo una pausa dramática—. Pobre Natasha estaba tan asustada que me buscó para ver si yo estaba bien. ¿Puedes creerlo?
Kael apretó la mandíbula.
Draegor avanzó un paso, su sonrisa elegante tornándose más burlona.
—Se preocupa tanto por mí… no sé por qué será.
Kael sintió algo romperse dentro de él.
Un hilo tensado demasiado tiempo.
Y su voz salió grave, contenida, peligrosa:
—Draegor…
Cállate.
Draegor levantó una ceja, encantado.
—¿Oh? ¿Te molesta, hermano?
Kael dio un paso hacia él.
No gritó.
No golpeó.
No amenazó.
Solo habló con una voz tan baja y oscura que heló el aire.
—No vuelvas a jugar con ella.
Ni conmigo.
Draegor lo miró con sorpresa… y luego sonrió aún más.
—Entonces sí te importa —susurró, triunfante—. Mucho más de lo que crees.
Kael lo fulminó con la mirada.
Estaba a un segundo de perder el control.
Draegor, satisfecho con haberle tocado la herida exacta, se dio media vuelta hacia la puerta.
—Descansa, hermanito. Mañana habrá más oportunidades para… conversaciones interesantes.
Y se fue.
Cerró la puerta con elegancia, sin prisa.
Kael, solo en la habitación, apoyó ambas manos en la mesa, temblando.
No por dolor físico.
No por cansancio.
Por lo que sentía.
Por lo que no entendía.
Por lo que no quería entender.
Golpeó la mesa con tanta fuerza que la madera crujió.
—Maldita sea… —murmuró, casi con desesperación.
Porque ya no podía negarlo:
Nyxara le importaba.
Más de lo que debería.
Más de lo que podía admitir.