La mañana llegó suave, envuelta en el canto tranquilo de las aves que anidaban en los jardines altos del castillo.
La luz dorada se filtraba por la ventana como un abrazo cálido cuando Nyxara abrió los ojos, sintiéndose mucho mejor que el día anterior.
La puerta se abrió con delicadeza y Elin entró con una bandeja.
—Buenos días, my lady —dijo con una sonrisa maternal—. ¿Se siente mejor? Le traje un desayuno ligero. Quizás hoy quiera salir a caminar al jardín.
Nyxara sonrió, aún adormilada pero de buen ánimo.
—Sí… me gustaría mucho.
Después de desayunar, Elin le preparó un baño tibio y ropa cómoda: un vestido suave de tonos pastel, ligero, perfecto para caminar. Pero incluso así, con ropa sencilla, Nyxara se veía hermosa de una forma casi etérea.
Elin cepilló su largo cabello blanco hasta dejarlo brillante y sedoso, luego lo peinó con una trenza suelta adornada con una cinta.
—Está lista, my lady.
Nyxara miró su reflejo con curiosidad, todavía sorprendida por la forma humana que veía cada día. Sonrió.
—Quiero ir sola, Elin. No te preocupes —dijo con voz dulce.
La doncella asintió respetuosamente.
Nyxara salió al pasillo con pasos ligeros… pero pronto el tamaño del castillo la traicionó. Se perdió entre corredores, escaleras y salas enormes. No estaba asustada, pero sí fascinada por todo.
Sus pasos errantes terminaron guiándola al lugar menos esperado:
El centro de entrenamiento.
Y allí…
Kael ya estaba entrenando con sus hombres.
La imagen golpeó a Nyxara con la fuerza de una ola.
El sol de la mañana iluminaba su armadura, haciendo brillar el metal con destellos dorados. Su espada se movía con una precisión feroz, casi elegante. Cada golpe era limpio, brutal, perfecto. Sus músculos tensos marcaban cada movimiento. Su respiración poderosa acompañaba cada ataque.
Era…
imponente.
Poderoso.
Indomable.
Un guerrero nacido para la batalla.
Nyxara se quedó quieta, sin poder apartar la mirada.
Y entonces ocurrió algo extraño—algo nuevo.
Su corazón dio un pequeño salto.
Luego otro.
Una sensación cálida, peligrosa, desconocida le subió por el pecho.
No sabía qué era.
Pero no podía dejar de mirarlo.
Kael giró en un movimiento rápido, desarmando a uno de sus soldados con una facilidad insultante. El sudor corría por su cuello, su cabello n***o caía sobre su frente, su mandíbula marcada mostraba concentración pura.
Nyxara tragó saliva.
—¿Qué… me pasa? —susurró casi sin voz.
No entendía esta reacción.
No entendía por qué verlo así la dejaba sin aliento.
No entendía por qué su cuerpo se sentía más ligero… y más tenso al mismo tiempo.
Solo sabía una cosa:
Kael Solvard le provocaba algo que no tenía nombre.
Y no podía apartar la vista de él.
Kael estaba en medio de un giro, su espada brillando bajo la luz de la mañana, cuando notó que varios de sus hombres empezaban a perder la concentración. Miraban más allá de él, hacia la entrada del campo.
Con el ceño fruncido, Kael giró para ver qué demonios los distraía.
Y entonces la vio.
Nyxara estaba allí parada, quieta, con la luz del amanecer cayendo sobre ella como una bendición.
Su piel blanca reflejaba tonos suaves.
Las pecas sobre sus mejillas parecían brillar.
Su cabello trenzado se movía con la brisa ligera.
Y sus ojos…
esos ojos lo miraban como si él fuera algo más de lo que era.
Como si lo viera de verdad.
Kael sintió que el aire se detenía.
Por un instante, solo un instante, se sintió… tocado por algo cálido, algo suave, algo que no entendía y no quería entender.
Su pecho se apretó.
Su corazón dio un salto.
Pero ese sentimiento ardiente se transformó de inmediato en otra cosa.
El enojo.
¿POR QUÉ la miraban así sus hombres?
¿POR QUÉ permitían distraerse por ella?
¿POR QUÉ esa… criatura… le movía tanto el suelo?
Kael rugió su frustración como un animal herido.
—¡EN POSICIÓN!
¡TODOS!
¡AHORA!
Sus soldados casi saltaron del susto, volviendo a sus puestos de inmediato.
Nyxara se sobresaltó, su mirada tembló y bajó la cabeza, sintiendo que había interrumpido algo importante.
Se apresuró a dar media vuelta.
—Lo siento… yo… no quería molestar —murmuró, empezando a caminar rápido para irse.
Pero apenas dio dos pasos cuando sintió algo.
Una mano.
Grande.
Fuerte.
Caliente.
De hierro y fuego al mismo tiempo.
Agarrándola del brazo con firmeza.
Nyxara se detuvo de golpe, el corazón desbocado.
Giró lentamente.
Era Kael.
Su mirada azul estaba oscura, revuelta, inexplicable.
Respiraba agitado por el entrenamiento… y por algo más.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con una voz baja, ronca, casi amenazante… pero no del todo.
Nyxara tragó saliva, incapaz de escapar a su agarre ni de sostenerle la mirada por mucho tiempo.
—Yo… solo… quería caminar al jardín… —susurró.
Su voz era tan suave, tan frágil… que Kael sintió el agarre tensarse por un instante antes de aflojarlo un poco.
Había algo en ella que lo desestabilizaba por completo.
Y él lo odiaba.
Pero no podía dejar de mirarla.