Draegor se despidió de sus hermanos con ese aire encantador y despreocupado que siempre lo acompañaba. Su sonrisa perfecta, su postura relajada y el ligero movimiento de su capa al girarse le valieron las miradas admiradas de algunos soldados… y los suspiros discretos de varias jóvenes del castillo.
—No destruyan nada mientras estoy fuera —dijo sin volverse, con un gesto elegante de mano.
Y con esa misma aura magnética que lo caracterizaba, entró al castillo como si las paredes mismas lo recibieran con gratitud.
Lucian y Kael lo observaron irse.
—Idiota —murmuró Kael, aunque sin verdadera malicia.
—Admito que tiene estilo —respondió Lucian, aún respirando un poco fatigado por la magia.
Kael rodó los ojos.
—Deja de defenderlo y ponte a entrenar.
Y así lo hicieron.
Kael repartiendo golpes que resonaban como truenos.
Lucian canalizando magia que cortaba el aire.
Ambos distintos, ambos formidables.
Un Solvard de espada.
Un Solvard de hechizo.
Mientras tanto, en lo alto del castillo, donde los rayos de luz se filtraban suavemente entre las cortinas…
Nyxara había intentado seguir estudiando.
El cuaderno abierto frente a ella.
Las letras que Lucian había trazado.
La compresa tibia sobre su abdomen.
Y el cansancio profundo que se hundía poco a poco en sus huesos humanos.
Sus párpados se hicieron pesados.
Su respiración se volvió lenta.
El libro entre sus manos resbaló apenas…
y se quedó dormida sin darse cuenta.
Su cabello blanco caía como un velo sobre la almohada.
La corona de margaritas, ya un poco marchita, descansaba en la mesa cercana, testigo silenciosa de su día en el pueblo.
Su pecho se movía suavemente al ritmo del sueño.
Afuera, el castillo Solvard vibraba con vida.
Entrenamientos.
Sirvientes corriendo.
Consejeros y nobles entrando y saliendo.
El vaivén constante de una casa poderosa.
Y sin embargo…
entre todo ese ruido y movimiento…
Se sentía como un día normal.
Un día aparentemente tranquilo.
Un día común.
Un día que nadie imaginaría que era apenas el preludio de emociones, peligros y secretos que pronto envolverían a los hijos Solvard… y a la misteriosa joven que dormía en el punto más tranquilo del castillo.
Un día aparentemente normal…
en el castillo Solvard.
La noche había caído con un silencio apacible sobre el castillo Solvard. Las antorchas en los pasillos iluminaban las paredes de piedra con un resplandor dorado, y el viento nocturno entraba por la ventana entreabierta de la habitación de Nyxara.
Ella seguía recostada, el dolor leve pero persistente. El cuaderno de Lucian descansaba abierto sobre sus piernas, aunque hacía rato que las letras bailaban ante sus ojos por el cansancio.
La puerta se abrió suavemente.
Elin entró con una bandeja entre las manos.
—Buenas noches, my lady —dijo con voz suave para no sobresaltarla—. Le traigo la cena. ¿Cómo se siente? ¿Necesita algo más?
Nyxara parpadeó, incorporándose un poco.
—Todavía me duele… pero creo que comer me hará bien —murmuró con honestidad.
Elin sonrió con calidez maternal.
—Eso espero. Le preparé algo ligero para que no le moleste el estómago.
Dejó la bandeja sobre la mesita junto a la cama: pan suave, sopa caliente y una infusión de hierbas aromáticas que llenaron la habitación de un aroma reconfortante.
Nyxara estaba por agradecer cuando se escuchó un toque suave en la puerta.
Lucian apareció en el marco, su expresión iluminándose al verla despierta.
—Oh… perdón, Natasha —dijo apenado—. No sabía que apenas ibas a cenar.
Nyxara lo miró, y una pequeña sonrisa se formó en sus labios sin que lo notara. Había algo en él que hacía que su pecho se sintiera menos pesado.
Elin, siempre perceptiva, intervino con gracia:
—Si gusta, mi lord Lucian, puedo traerle su cena aquí también.
Lucian abrió los ojos un poco sorprendido, pero una sonrisa tímida se dibujó en su rostro.
—¿De verdad podría? —preguntó, mirando a Nyxara por un instante.
Ella asintió con un gesto pequeño pero sincero.
Le agradaba su compañía.
La hacía sentir menos vulnerable… menos perdida.
—Me gustaría que cenaras aquí —susurró.
Lucian sintió el corazón dar un pequeño salto inesperado.
—Entonces… sí —respondió—. Acepto.
Elin sonrió, como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.
—Traeré otra bandeja enseguida.
La doncella salió tan discretamente como había llegado, dejando a Nyxara y Lucian solos en aquella habitación cálida y tranquila. Lucian se sentó en la silla cercana a la cama, sus ojos llenos de preocupación suave.
—¿Te sientes un poco mejor, Natasha? —preguntó con voz baja, casi temerosa de molestarla.
Nyxara asintió despacio.
—Un poco… aunque aún duele. Pero… me alegra que estés aquí.
Lucian bajó la mirada, con una sonrisa que no pudo contener.
—A mí también.
El comedor principal estaba iluminado por candelabros altos que derramaban luz dorada sobre la mesa larga de madera pulida. Draegor entró con su paso ligero y confiado, acomodándose el cabello mientras tomaba asiento frente a Kael.
—¿Y dónde está Lucian? —preguntó con naturalidad, sirviéndose vino.
Kael estaba comiendo en silencio, su expresión dura y concentrada, como si masticara algo más que alimento. Ni siquiera levantó la vista.
Lady Nymera fue quien respondió, limpiándose las manos con un paño fino.
—Lucian cenará con Natasha esta noche. Está en su habitación acompañándola.
La reacción de Kael fue inmediata.
Su mano se detuvo a mitad del movimiento.
Su mirada se oscureció como una tormenta a punto de estallar.
Un músculo en su mandíbula se tensó con violencia contenida.
Draegor, por supuesto, lo notó.
Y sonrió muy despacio.
Kael bufó, ignorando a todos, y se recargó en el respaldo de la silla con un gesto cargado de irritación.
—No sé por qué cuidan tanto de esa extraña —dijo con voz baja pero llena de filo—. Apenas apareció sin nada, sin nombre, sin historia… y la tratan como si fuera parte de la familia.
¿¡Qué mierda les pasa!?
El silencio en el comedor se volvió pesado.
Lady Nymera dejó el paño sobre la mesa con una calma peligrosa.
Antes de que ella pudiera hablar, Lord Solvard levantó la mirada.
Su presencia llenó la habitación.
Su voz fue grave, firme, inapelable.
—Cuida esa lengua, hijo mío.
Kael lo miró, pero no retrocedió.
—Natasha es de la familia —continuó Lord Solvard, cada palabra cayendo como un sello de autoridad—. Y punto. Se acabó el asunto.
Draegor levantó la copa con un gesto indiferente, aunque sus ojos brillaban con diversión. Él sabía leer emociones humanas mejor que cualquiera… y aquello que hervía en Kael no era enojo común.
Era algo más profundo.
Más peligroso.
Más personal.
Kael apretó los puños sobre la mesa.
Aún sentía ese nudo en el pecho, esa sensación insoportable cuando pensaba en Lucian sentado junto a ella, hablando en voz baja, compartiendo la cena… en su habitación.
No sabía por qué le afectaba.
No quería saberlo.
Simplemente lo quemaba por dentro.
—Hagan lo que quieran —gruñó Kael, tomando su plato—. Pero no esperen que yo me comporte como si ella fuera una Solvard. No lo es.
Lady Nymera frunció el ceño con una mezcla de decepción y preocupación.
—Ya veremos, hijo —susurró.
Kael se levantó bruscamente y salió del comedor sin mirar a nadie.
Draegor bebió un sorbo de vino y murmuró lo suficiente para que sus padres lo escucharan:
—Oh, sí… esto se va a poner interesante.