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879 Words
Nyxara estaba nerviosa. —¿Qué es esto? —preguntó al ver los pinceles. —No se preocupe, mi lady. Solo resaltaremos su belleza natural. Elin: le aplicó un toque de color suave en las mejillas, un brillo tenue en los labios, y un delineado dorado casi invisible en los ojos. Cuando Nyxara abrió los ojos frente al espejo… Parecía una criatura salida de las estrellas. —¿Esa… soy yo? —susurró. —Sí, mi lady —respondió Elin con orgullo—. Así la ve el mundo. Yo solo resalté lo que ya tenía. El momento más esperado llegó. Elin tomó el vestido y lo extendió como un manto divino. —Mi lady… es hora. Nyxara levantó los brazos y Elin deslizó el vestido sobre su cuerpo. La tela susurró al tocar su piel. El dorado abrazó su figura con suavidad. Los motivos blancos brillaron como relámpagos suaves. Cuando se vio en el espejo… Elin se llevó una mano al pecho. —Está… perfecta. Nyxara no sabía qué decir. Sentía algo dentro de ella vibrar. Como si el vestido le devolviera un pedazo olvidado de su alma. Elin abrió las cajas una por una. El collar Lo colocó en su cuello. La piedra del centro brilló… como si reconociera a su portadora. Los brazaletes Al ponerlos en sus muñecas, estos emitieron un sonido suave, como campanillas. Los anillos Tres, colocados con delicadeza, como sellos de luz. Los aretes Largos, finos, tintineantes. Con cada movimiento, parecía que Nyxara dejaba un rastro de chispas doradas. El toque final Un leve perfume floral, suave, apenas perceptible, como neblina dulce. Cuando Nyxara se vio completa en el espejo… Se quedó sin palabras. Era ella. Pero también algo más. Un reflejo de lo que había sido. Y de lo que podía llegar a ser. Eterna. Etérea. Resplandeciente. Elin sonrió con lágrimas en los ojos. —Mi lady… cuando baje esas escaleras… todos quedarán sin aliento. Nyxara tragó saliva, nerviosa. —¿Y si… no les gusto? Elin rió. —Mi lady… no se trata de gustarles a ellos. Se trata de mostrarles quién es usted. Y hoy… usted brillará más que la gala entera. Nyxara respiró hondo. La gala comenzaría pronto. Y tres corazones Solvard… estaban a punto de arder. El gran salón del castillo Solvard estaba lleno de luz. Candelabros altos, música suave, invitados de todos los reinos, y la familia Solvard recibiendo a cada uno con elegancia. Lucian, Kael y Draegor estaban junto a Lady Nymera y Lord Solvard, cumpliendo su deber como herederos. Pero entre saludos, risas y comentarios, algo… cambió. Una vibración ligera recorrió el ambiente, como si el aire se hubiera detenido. Lucian lo sintió primero. Un cosquilleo en la nuca. Un impulso inexplicable que lo hizo voltear hacia la gran escalera. Y entonces la vio. Nyxara. Lucian abrió los ojos, completamente fascinado. Nyxara bajaba los escalones lentamente, una mano tocando suavemente la baranda, el vestido dorado envolviendo su cuerpo como luz líquida. Los accesorios brillaban con cada paso: un destello en el collar, un tintineo suave en los brazaletes. Su cabello blanco caía como seda iluminada. Sus ojos tenían un brillo nuevo. Su presencia era… indescriptible. —Nat…asha… —susurró, sin aire. Toda la magia que él conocía palideció frente a ella. Por primera vez en mucho tiempo, Lucian sintió que había visto algo realmente divino. La música se detuvo No porque el bardo dejara de tocar… Sino porque los invitados lo hicieron. Murmullo por murmullo, una ola de silencio se expandió por el salón mientras todos seguían la mirada de Lucian hacia la escalera. Y al verla… Más de uno olvidó respirar. Draegor sonreía a una pareja noble cuando notó que la gente empezaba a murmurar. —¿Qué sucede aho…? —preguntó, siguiendo la dirección de las miradas. Su voz murió en su garganta. El hombre que siempre tenía una respuesta, un comentario seductor, una broma a flor de labios… No pudo decir nada. —Por todos los dioses… —susurró con un temblor inesperado—. Es… la criatura más hermosa que he visto. Por primera vez, Draegor no tenía palabras para impresionar. Porque Nyxara lo había dejado sin ninguna. Kael estaba de pie junto a su padre, rígido como siempre. Había prometido no mirar demasiado, no sentir demasiado. Pero cuando la gente enmudeció, su mirada se dirigió automáticamente hacia las escaleras. La vio. Y su corazón… dejó de latir. El mundo entero se apagó. El ruido del salón desapareció. El peso de su espada, de sus responsabilidades… todo desapareció. Solo quedó ella. Bajando los escalones. Eterna. Etérea. Doradísima. Kael apretó los puños sin darse cuenta. Su pecho ardió. Como si un rayo lo hubiera atravesado. Una sola palabra cruzó su mente: Mía. Y enseguida la ahogó, como si no tuviera derecho a pensarla. Pero ya era tarde. El corazón ya la había dicho. Nyxara sentía cómo todos la miraban, pero aun así su expresión era suave, casi tímida. Miró hacia abajo y vio a los tres hermanos: Lucian, con los ojos brillando igual que las luces mágicas. Draegor, inmóvil, fascinado. Kael… Kael con el ceño fruncido, como siempre, pero con una intensidad que la golpeó directo al pecho. Su corazón se aceleró tanto que sus piernas temblaron. Y aun así… Siguió bajando.
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