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1015 Words
Kael terminó su entrenamiento sin despedirse de nadie. Simplemente tomó su capa, la echó sobre su hombro y desapareció del área como un espectro. Sus pasos resonaban firmes en los pasillos vacíos del castillo. A cada respiración, el recuerdo de Nyxara brillando durante la cena, sonriendo como si el cielo entero se hubiese guardado en sus ojos, regresaba a él una y otra vez. Y cada vez, su pecho se apretaba más. Cuando llegó a su habitación, un baño caliente ya lo esperaba. Los sirvientes habían encendido velas alrededor de la bañera y el vapor perfumado llenaba el aire con un olor a hierbas frescas que calmaba los sentidos. Kael cerró la puerta con un movimiento brusco. No quería ver a nadie. No quería hablar con nadie. Especialmente ahora. Se quitó la capa, la camisa, las vendas mojadas por el sudor del entrenamiento… y quedó desnudo frente al agua cálida. Su cuerpo, duro como piedra, reflejaba cada marca de batalla, cada músculo trabajado durante años. Sin pensarlo, se metió en la bañera. El agua caliente lo envolvió como un abrazo que no había pedido. Se dejó hundir hasta los hombros y apoyó la cabeza contra el borde, cerrando los ojos. Por un instante, quiso dejar de pensar. Quiso calmarse. Quiso respirar sin sentir que su interior ardía. Pero entonces… La imagen de Nyxara, sonrojada al verlo entrenar. La forma en que dijo su nombre en susurros la noche que la rescató. El modo en que corrió hoy por el castillo con ese vestido lindo… buscándolo. Y lo peor, lo más peligroso: El brillo en sus ojos cuando él la abrazó en la biblioteca. Ese brillo que había sido… para él. Kael abrió los ojos, frustrado. Salió un poco del agua y se pasó la mano por la cara con fuerza. —¿Qué me estás haciendo, Natasha…? —gruñó en voz baja. Pero no era un gruñido de furia. Era un gruñido… herido. Confuso. Vulnerable. Él, el guerrero implacable. El hombre que jamás temblaba. El que nunca dejaba que nadie se acercara más de lo necesario. El que vivía para entrenar, para proteger, para cumplir su deber… Tenía ahora el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en cada estremecimiento de su cuerpo firme. Kael miró sus manos bajo el agua. Esas manos que habían empuñado espadas, matado monstruos, cargado peso inimaginable… Pero que temblaban un poco al recordar cómo se sintió sostenerla. Protegerla. Abrazarla. —Cálmate —se ordenó a sí mismo, apretando los dientes—. Contrólate. Pero era inútil. Cada vez que respiraba… ella volvía a su mente. Su risa. Su mirada. Su voz diciendo “no me dejes sola” mientras se aferraba a su camisa. Kael cerró los ojos, dejando que el agua resbalara por su rostro. —Maldita sea… —susurró, rojo como nunca, con el corazón latiendo como el trueno—. No sé cómo lidiar contigo… Natasha. Se sumergió hasta las orejas, tratando de ahogar los pensamientos. Pero era tarde. El sentimiento ya estaba completamente despierto. Kael salió lentamente de la bañera, el agua deslizándose por su piel marcada por cicatrices y músculos tensos. Tomó una toalla y la pasó por su torso, pero su respiración seguía siendo irregular… como si el baño no hubiera calmado nada. Se apoyó un segundo en el borde de la mesa, inclinando la cabeza hacia adelante, dejando que gotas de agua cayeran al piso de piedra. Su mente estaba hecha un caos. No solía sentirse así. Él no sentía así. Kael siempre había sido un muro impenetrable: centrado, firme, impasible. Pero desde que Nyxara llegó al Castillo Solvard… Algo en él se estaba rompiendo. O, peor todavía, algo en él estaba despertando. Se puso un pantalón oscuro y ajustó los cordones con manos tensas. Buscó su camisa de lino, pero cuando la tomó, sus dedos se quedaron quietos. Porque recordó la sensación de los dedos de Nyxara aferrándose a esa misma tela la noche anterior. “No me dejes sola…” El corazón de Kael perdió el ritmo. —Contrólate —murmuró de nuevo, como si fuera un soldado al que dar órdenes. Pero mientras se abrochaba la camisa, el recuerdo de cómo se veía Nyxara esa noche, dormida en sus brazos, respirando contra su pecho, volvió con toda la fuerza del trueno. Y el maldito sonrojo regresó también. Kael pasó una mano por su cabello mojado, tirándolo hacia atrás con frustración. —No debería sentir esto… —susurró entre dientes—. No puedo. Caminó hasta la ventana de su cuarto. La abrió para dejar entrar el aire frío de Eldora. Respiró hondo, tratando de aclarar su mente. Desde ahí podía ver parte del jardín. Y en la distancia, vio luz en el balcón de Nyxara. La suave silueta de ella moviéndose detrás de las cortinas. La forma casi luminosa en que la luna la bañaba. Kael perdió el aliento un segundo. Él la había salvado. Ella había llorado su nombre. Y ahora… iba a llevarla a un lugar que nunca había compartido con nadie. —Esto es una locura… —susurró, pero no se alejó de la ventana. Sus dedos se cerraron en un puño. Quería verla. Quería asegurarse de que estuviera bien. Quería… estar cerca. Y era eso lo que lo aterraba. Porque Kael Solvard no sabía cómo amar. Nunca había aprendido. Nunca había querido aprender. Pero con Nyxara… Era como si su corazón, ese músculo que solo había usado para sobrevivir a batallas, hubiese empezado a latir para otra cosa. Para ella. Kael respiró hondo una última vez y se separó de la ventana. Mañana sería un día importante. Demasiado importante. Y tenía que mantenerse bajo control. Aunque cada fibra de su cuerpo pareciera empeñada en hacer exactamente lo contrario. Se sentó en la orilla de la cama, mirando al suelo, apoyando los codos en las rodillas. —Natasha… —murmuró con la voz más suave que jamás había salido de él—. ¿Qué has hecho… conmigo? La habitación quedó en silencio. Pero Kael supo la respuesta. Nada en su vida volvería a ser igual.
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