Nyxara despertó antes de que el sol terminara de salir.
Abrió los ojos de golpe, como si algo dentro de ella hubiera sonado como un trueno suave.
Su corazón latía tan rápido que pensó que se le escaparía del pecho.
Tenía una sensación extraña, cálida y vibrante en el estómago…
como si mariposas hechas de luz revolotearan dentro de ella.
Se sentó en la cama, respirando hondo.
No estaba nerviosa.
No estaba asustada.
Estaba… emocionada.
Más de lo que había estado jamás.
En ese instante entró Elin con una sonrisa que lo decía todo.
—Buenos días, mi lady —canturreó—. Hoy es el gran día, ¿verdad?
Nyxara se llevó las manos a las mejillas, sintiendo cómo ardían.
Elin rió suavemente.
—Lord Kael me pidió anoche que preparara todo —añadió mientras se acercaba a un baúl lleno—. Dejó instrucciones muy precisas.
Abrió el baúl y sacó la ropa cuidadosamente doblada:
Unos pantalones ajustados pero cómodos, de un tono oscuro.
Una playera de lino suave, color crema.
Un corset liviano de cuero reforzado, con detalles dorados que resaltaban su figura sin limitarla.
Botas resistentes pero flexibles, perfectas para montar.
Elin la ayudó a vestirse con paciencia y cariño.
Luego se colocó detrás de Nyxara y comenzó a trenzar su cabello blanco en una trenza gruesa, elegante y práctica.
Cuando terminó, Nyxara se miró en el espejo.
Se veía…
hermosa.
Fuerte.
Real.
Como si parte de la dragona dentro de ella despertara lentamente.
Elin sonrió orgullosa.
—Lord Kael no sabrá qué decir cuando la vea.
O quizá… sí, pero en su idioma gruñón.
Nyxara se sonrojó tan fuerte que parecía que brillaba.
Mientras tanto, Kael ya llevaba un buen rato despierto.
El aire frío de la mañana rodeaba las caballerizas, pero él estaba trabajando sin detenerse.
Ajustaba la montura de su caballo favorito—un corcel oscuro, imponente y veloz—con precisión militar, sin dejar un solo detalle al azar.
Sus manos eran firmes, seguras, metodológicas.
Pero había una tensión distinta en su mirada…
como si los nervios quisieran traicionarlo.
Los cascos sobre la tierra anunciaron que no estaba solo.
Draegor apareció primero, elegante incluso a esa hora.
—Así que este era tu secreto, hermano —dijo con una sonrisa tan amplia como burlona—.
Llevarás a Natasha de paseo… quién lo diría.
Kael el frío, Kael el cortante… ahora convertido en un perrito amable y cortés.
Kael ni siquiera levantó la vista, pero su voz fue un filo.
—Cállate, Draegor.
Y márchate si no quieres que te parta la cara esta mañana.
Draegor rió, absolutamente encantado con su propia broma.
—El amor te queda bien, hermanito.
Kael se tensó por completo.
—Dije que te largues.
Antes de que la conversación escalara, Lucian llegó corriendo, visiblemente preocupado.
—Kael… —miró a su hermano mayor y luego a Kael—. Solo quiero pedirte que cuides bien de Natasha. Ya sabes que ella es muy frágil… y que confía demasiado en ti.
Las palabras golpearon a Kael por dentro.
No respondió enseguida.
Finalmente, asintió una sola vez.
—Lo sé. —Su voz sonó grave, real—. No dejaré que le pase nada.
Lucian pareció relajarse un poco y se alejó.
Draegor, al verlo irse, murmuró:
—Mira nada más. El héroe del castillo también sabe ser dulce.
Kael ajustó el último cinturón de la montura con tanta fuerza que casi lo revienta.
—Draegor… fuera.
Esta vez Draegor levantó las manos y retrocedió riéndose.
—Está bien, está bien. Solo no la espantes, ¿sí?
Kael no respondió.
Porque en ese momento…
su corazón empezó a latir con fuerza.
Él supo por qué.
Nyxara venía en camino.
Nyxara caminaba hacia las caballerizas con pasos ligeros, casi flotando.
La luz del amanecer caía sobre ella, iluminando su cabello trenzado y el dorado suave de su corset.
Se veía fuerte, delicada, radiante… exactamente como Kael jamás imaginó que alguien pudiera verse a esa hora.
Kael estaba ajustando el último arnés cuando escuchó los pasos suaves acercándose.
No esperaba que fuera ella tan pronto, pero en cuanto giró…
…se quedó sin aire.
Sus ojos se abrieron como si estuviera viendo algo imposible.
Incluso sin un vestido elegante, incluso con ropa para montar, Nyxara era deslumbrante.
Su trenza caía por su hombro como una cascada blanca, sus mejillas tenían un rubor natural, y la luz del amanecer hacía brillar sus ojos como si guardaran pedacitos del cielo.
Kael no supo qué hacer.
Su corazón, que siempre obedecía órdenes, lo traicionó.
Nyxara sonrió tímidamente.
—Buenos días, Kael —dijo con esa voz dulce y suave que lo hacía sentir como si alguien tirara de un hilo invisible dentro de él.
Kael se aclaró la garganta.
Dos veces.
—Ah… buenos días —respondió, pero su voz sonó más baja, más profunda… y un poco nerviosa.
Sí.
Kael Solvard estaba nervioso.
Se obligó a mirar hacia otro lado para recuperar la compostura, señalando la yegua que había preparado para ella.
—Elegí esta para ti. Es calmada, dócil… no te dará problemas.
Nyxara se acercó despacio a la yegua.
El animal relinchó suavemente, moviendo la cabeza hacia ella.
Nyxara dio un pequeño salto hacia atrás del susto, sus manos apretando el corset con miedo.
—Yo… —trató de respirar hondo— yo nunca he montado un caballo —confesó con vergüenza, sin atrever a mirarlo a los ojos.
Kael dio un paso hacia ella sin pensarlo.
Su voz se suavizó.
Mucho más de lo que él mismo esperaba.
—No pasa nada —dijo, acercándose—. Estás conmigo. No voy a dejar que te caigas.
Nyxara levantó la mirada.
En los ojos de Kael había seriedad…
pero también algo más profundo, cálido, que hacía que su corazón latiera aún más rápido.
—¿Me… me vas a ayudar? —preguntó con un hilo de voz.
Kael asintió.
—Voy a ayudarte en todo —respondió, directo, firme, sincero—. Solo confía en mí.
Nyxara tragó saliva, sintiendo que sus piernas temblaban un poco.
Kael notó el miedo… pero también notó la emoción.
Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió apenas, una sonrisa pequeña, suave, destinada solo a ella.
—Puedes poner tu mano sobre mi brazo —dijo ofreciéndoselo—. Te mostraré cómo subir.
Nyxara lo hizo.
Su mano delicada sobre el brazo fuerte de Kael.
Una corriente eléctrica recorrió a ambos.
Kael respiró hondo.
Ella también.