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1138 Words
Kael se colocó frente a Nyxara y, con una suavidad que nadie creería posible en él, puso sus manos en su cintura. —Voy a levantarte —advirtió en voz baja, su respiración rozando la piel de Nyxara—. Agárrate de mi hombro. Nyxara obedeció, y Kael la levantó como si fuera tan ligera como una pluma. Ella soltó un pequeño suspiro de sorpresa mientras él la acomodaba en la montura con cuidado extremo, como si temiera lastimarla. Cuando estuvo sentada, Kael le entregó las riendas. —Pon tus manos aquí… —indicó, cubriendo suavemente los dedos de Nyxara con los suyos—. No necesitas tirar fuerte. La yegua es tranquila. Solo sigue mis indicaciones. Nyxara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su corazón latía tan fuerte que temió que Kael pudiera escucharlo. —¿Y si… me caigo? —preguntó con voz temblorosa. Kael la miró fijamente, con esa intensidad que siempre lo caracterizaba. —No te vas a caer. —Sus palabras fueron un juramento—. Yo voy a tu lado. Confía en mí. Ella tragó saliva, asintiendo. Los caballos cargaban pequeñas bolsas con comida, mantas y agua para el viaje. Kael revisó todo una última vez antes de montar su propio caballo, un corcel n***o que parecía salido de una leyenda. Cuando se acomodó en la silla, quedó justo al lado de Nyxara, lo suficientemente cerca para ofrecerle seguridad… y lo suficientemente lejos para no abrumarla. —Vamos —dijo Kael con voz baja. Comenzaron a avanzar con un paso lento. Nyxara, al principio rígida como una estatua, fue relajándose conforme sentía el ritmo suave del caballo. Kael la observaba cada tanto, asegurándose de que estuviera cómoda. —Muy bien… —murmuró cuando vio su postura mejorar—. Vas perfecta. El simple elogio encendió un pequeño fuego en el pecho de Nyxara. Salieron de los muros del Castillo Solvard, adentrándose en los caminos que llevaban hacia el bosque. El aire fresco de la mañana los envolvía, lleno del aroma de pino y tierra húmeda. La luz del sol entraba entre los árboles, creando haces dorados que iluminaban el camino como si fuera un sendero mágico. Nyxara abrió los ojos con asombro. —Es… hermoso —susurró. Kael la miró de reojo. —Aún no has visto nada —dijo, casi sonriendo—. Te llevaré a un lugar especial. Siguieron avanzando, los cascos de los caballos resonando con un ritmo tranquilo. Nyxara ya no tenía miedo. Porque Kael estaba ahí. A su lado. Cuidándola. Y por primera vez, él también sintió algo extraño en el pecho… una sensación cálida, suave, que no se parecía en nada al miedo. Se parecía más… a paz. A medida que avanzaban, el bosque parecía abrirse ante ellos como si quisiera darles la bienvenida. Los árboles altísimos dejaban caer parches de luz dorada que bailaban sobre la tierra, y el canto de los pájaros llenaba el aire de una melodía suave. Nyxara no podía dejar de mirar todo con ojos grandes y brillantes. Era como si cada hoja, cada rayo de luz, cada brisa estuviera hecha de magia. Kael, que iba a su lado, no miraba el paisaje. La miraba a ella. De vez en cuando desviaba la vista hacia su postura, hacia cómo sostenía las riendas, hacia la expresión maravillada que llevaba en el rostro. Era… demasiado. Demasiado hermosa. Demasiado pura. Demasiado para su autocontrol. Pero él se obligó a mantener la compostura. —Endereza un poco la espalda —dijo con voz tranquila. Nyxara obedeció de inmediato. —Así… ¿está mejor? Kael asintió. —Mucho mejor. Mantén esa postura. Te ayudará a equilibrarte. Nyxara sonrió, orgullosa del elogio. Los caballos avanzaron por un sendero más angosto. El bosque se volvió más denso, más fresco, más lleno de sonidos vivos. Nyxara respiró hondo. —Este lugar… se siente especial. Kael la miró de reojo. —Lo es. Es uno de los bosques más antiguos de Eldora. Hay quienes dicen que está vivo… que protege a los que caminan con buenas intenciones. Nyxara ladeó la cabeza, interesada. —¿Tú crees eso? Kael dudó un instante. —No solía. —Luego la miró directamente—. Pero desde que tú llegaste… empiezo a creer en cosas que antes no creía. El corazón de Nyxara dio un salto tan fuerte que hasta la yegua pareció notarlo. Ella bajó la mirada, sonrojada, sin saber cómo responder. Kael fingió concentrarse en el camino, pero la comisura de sus labios se levantó apenas, como si le gustara haber causado esa reacción. Unos minutos después, el sendero se volvió un poco más complicado. Raíces sobresalían del suelo y pequeñas elevaciones hacían tambalear a los caballos. Nyxara apretó las riendas con nerviosismo. Kael lo notó enseguida. Se acercó más a ella, su caballo casi rozando al de ella. —Tranquila —dijo en voz suave—. Afloja los hombros. No te tensas… deja que la yegua haga el trabajo. Nyxara respiró hondo y asintió. Kael extendió una mano, tocando con dos dedos el borde de su rodilla para indicar dónde debía fijar el equilibrio. Ese simple contacto hizo que Nyxara sintiera cosquillas en el pecho. —Así —murmuró él—. Eso es. Vas muy bien. La yegua recuperó estabilidad y el camino volvió a suavizarse. Nyxara sonrió tímidamente. —Gracias. Kael desvió la mirada al frente, pero no lo suficientemente rápido como para ocultar el rubor casi imperceptible en sus mejillas. —Para eso estoy —respondió, intentando sonar indiferente, pero con la voz un poco más baja de lo normal. A medida que avanzaban, el bosque se hacía más luminoso. La luz del sol se filtraba como cascadas plateadas entre las ramas, y una brisa fresca movía las hojas, haciendo que parecieran susurrar. Nyxara levantó la mano, dejando que un rayo de luz se filtrara entre sus dedos. —Es tan hermoso… —susurró, maravillada. Kael la observó. No al bosque. A ella. —Sí —murmuró. Nyxara no lo escuchó, pero si lo hubiera hecho… habría entendido algo profundo. No hablaba del bosque. Hablaba de ella. —Kael… —lo llamó de repente. —¿Sí? —¿A dónde vamos exactamente? Él no respondió de inmediato. Miró hacia el sendero que se perdía entre los árboles, como guardando un secreto. Finalmente dijo: —A un lugar que nadie más conoce. Un lugar que nunca he compartido con nadie. Nyxara lo miró sorprendida. —¿Y por qué… a mí? Kael tragó saliva. —Porque… —sus ojos se suavizaron, casi vulnerables—. Porque quiero que lo veas tú. El silencio entre ellos se volvió cálido. Infinito. Y entonces, como si el bosque respondiera al momento, un rayo de sol iluminó directamente el camino frente a ellos, señalando el sendero hacia ese lugar especial.
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