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991 Words
El sanador del pueblo, un hombre mayor de barba blanca y ojos sabios llamados Maelor, subió las escaleras acompañado de Elin. Caminaba apoyado en un bastón de madera pulida y llevaba consigo una bolsa llena de frascos, hierbas y vendas. Cuando entró a la habitación de Nyxara, ella estaba recostada en la cama, envuelta en mantas suaves, con las mejillas intensamente rojas y el cabello blanco esparcido como un halo sobre la almohada. Sus ojos, entreabiertos, se fijaron en el extraño. Elin habló primero: —Mi lady… él es Maelor, el sanador del pueblo. Vino a revisarla. Nyxara asintió débilmente. El sanador se acercó con pasos lentos pero seguros. —Buenos días, niña —dijo con una voz baja, cálida—. Parece que la tormenta te trató peor que a los demás, ¿eh? Nyxara intentó sonreír, pero un escalofrío la recorrió entera. Maelor puso su mano envejecida en su frente. El gesto fue leve, pero su expresión se volvió grave. —Está ardiendo —murmuró—. Muy alta, Elin. Elin bajó la mirada, preocupada. El sanador continuó revisándola: Escuchó su respiración. Revisó sus pulsaciones. Observó su piel. Le pidió abrir la boca y decir “ah”. Después preparó una pequeña mezcla de hierbas y la puso a hervir en una taza que Elin había traído. —No es solo un resfriado —dijo finalmente Maelor—. Es un desbalance fuerte por frío extremo y agotamiento. Su cuerpo no está acostumbrado a este clima. Nyxara pestañeó lentamente. —¿Voy a… estar bien? —preguntó, con la voz más suave que nunca. Maelor sonrió con ternura. —Claro que sí, niña. Pero debes descansar. Mucho. Y mantener calor constante. Tu fiebre subirá y bajará… pero si descansas, saldrás de esta en uno o dos días. Elin soltó un suspiro de alivio. Maelor preparó unas hierbas en un recipiente y las colocó cerca de la cama. —Esto ayudará a abrir tus pulmones y a bajar la fiebre. Y este té —levantó la taza humeante— te dará fuerza. Nyxara lo tomó entre sus manos temblorosas. —Gracias… El sanador se levantó apoyándose en su bastón. —Ahora, escucha algo muy importante, niña… —su voz se volvió más seria— No debes salir del castillo por ningún motivo hasta que mejores. Nyxara asintió lentamente. Elin acompañó al sanador a la puerta. —Avisame si la fiebre sube más —dijo Maelor—. O si empieza a delirar. Nyxara tragó saliva al escucharlo, pero Elin le sonrió. —No te preocupes, mi lady. Estaremos aquí contigo. Cuando el sanador salió, el cuarto quedó en silencio. Nyxara hundió un poco la cabeza en la almohada. Sentía frío y calor al mismo tiempo. Y entre sueños febriles… solo un nombre se repetía dentro de ella: Kael. El campo de entrenamiento estaba lleno de gritos, acero chocando, sudor y polvo. Kael movía su espada con precisión impecable, cada golpe firme, calculado, brutal. Sus hombres apenas podían seguirle el ritmo. Entonces, algo cambió en el aire. Kael lo sintió antes de verla. Lady Nymera caminaba hacia el campo. Ella nunca iba ahí. Nunca. Kael hizo una seña brusca con la mano. —¡Continúen sin mí! —ordenó. Los soldados se alinearon inmediatamente mientras Kael se acercaba a su madre con el ceño fruncido. —Madre… —dijo con respeto, aunque con voz firme—. ¿Sucede algo? Lady Nymera lo observó con esa expresión suave y peligrosa que solo una madre puede tener cuando está a punto de revelar algo importante. —Sí, hijo. Vine a hablarte de Natasha. El corazón de Kael dio un salto tan fuerte que casi dolió. Pero mantuvo su postura rígida de soldado. —¿Qué pasó? —preguntó, tratando de sonar indiferente… y fallando. Lady Nymera suspiró con delicadeza. —Está en cama con fiebre. Bastante alta. La tormenta de anoche le hizo daño. El sanador ya la revisó, pero deberá quedarse en cama todo el día. Kael apretó la mandíbula tan fuerte que un músculo saltó cerca de su sien. Un silencio pesado cayó entre ambos. Su madre continuó, con una sonrisa suave y profundamente conocedora: —Quizá… si le haces una visita, se sienta mejor. Kael la miró con la dureza de quien intenta sostener una muralla rota. —Estoy ocupado, madre —gruñó, con más brusquedad de la necesaria. Y se dio media vuelta para regresar con sus hombres. Lady Nymera lo llamó suavemente: —Kael… Él se detuvo un segundo, sin girarse. Sus puños apretados. Su respiración alterada. Su espalda rígida como piedra. —Cuida lo que sientes —dijo ella con una ternura que lo atravesó—. No lo escondas de ti mismo. Kael no respondió. Solo siguió caminando. Pero cada paso que daba… era más pesado que el anterior. Regresó al centro de entrenamiento, levantó su espada… Y falló un golpe que nunca fallaba. Los soldados lo miraron, desconcertados. Kael nunca fallaba. —¡Otra vez! —rugió, enfurecido consigo mismo. Las espadas chocaron. Las órdenes volaron. Su rabia creció. Pero por más que intentara ignorarlo… La imagen de Nyxara temblando en la lluvia seguía allí. La forma en que lo había aferrado del brazo. Su pequeño “gracias por… salvarme”. Y ahora estaba enferma. Por su culpa. Por no haberla cuidado. El fuego en su pecho ardía tanto que casi no podía respirar. Kael golpeó a un soldado con tanta fuerza que el arma salió volando. —¡Se acabó por hoy! —gritó, con voz rota. Los hombres se dispersaron de inmediato, sin atreverse a mirarlo demasiado. Kael se quedó solo en el centro del campo, respirando como un animal herido. Y al final… Soltó un susurro que nunca admitiría haber dicho. —Natasha… Sus dedos temblaron. No podía quedarse así. No podía seguir ignorándolo. Ella lo necesitaba. Y él… la necesitaba también, aunque no supiera por qué.
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