Kael necesitaba escapar.
Montó su caballo con brusquedad y salió galopando por el bosque.
El viento frío le pegaba en la cara, pero no era suficiente para apagar el incendio que tenía dentro.
No podía dejar de pensar en Nyxara.
En su fiebre.
En cómo se veía temblando entre sus brazos en la noche de la tormenta.
En su pequeño “gracias por salvarme”.
Cada vez que recordaba su voz, su pecho dolía de formas que no entendía.
Cabalgó hasta que el cielo comenzó a oscurecer, intentando calmarse.
Pero no funcionó.
No esta vez.
Lucian subió silenciosamente las escaleras con un libro en las manos, uno que había pensado que podría animarla.
Cuando llegó, encontró a Elin cerrando la puerta.
—Mi lord Lucian —dijo la doncella con una reverencia suave—. Lady Natasha está dormida. Su fiebre subió un poco… preferiría que no la molestara.
Lucian tragó saliva, preocupado.
—Claro… claro, lo entiendo. —Le extendió el libro—. Dáselo cuando despierte, por favor.
Elin sonrió con ternura.
—Lo haré, mi lord.
Lucian se marchó, con el corazón un poco apretado.
Minutos después, el pasillo volvió a llenarse de pasos.
—Mi bella Elin —dijo una voz melodiosa—, dime que mi radiante invitada ya puede recibir visitas.
Era Draegor.
Y traía un ramo hermoso de flores color pastel, muy finas, claramente compradas en la florería más cara del pueblo.
Elin reprimió una risa.
—Mi lord Draegor. Lady Natasha está durmiendo.
Draegor suspiró dramáticamente.
—Una tragedia. Pero confío en tus cuidados. Entrégale esto cuando despierte.
—Con gusto, mi lord —contestó Elin, tomando el ramo.
Draegor se inclinó con teatralidad y se retiró.
Mientras tanto, en la cama…
Nyxara respiraba agitada.
La fiebre no cedía y su piel ardía como fuego bajo las mantas.
Elin, desde la puerta, escuchó murmullos suaves.
Palabras entrecortadas.
Y entonces lo oyó:
—…Kael…
Elin abrió los ojos con sorpresa.
Nyxara seguía dormida, delirada, con las mejillas encendidas.
—Kael… no… te vayas…
Elin se llevó una mano al corazón.
—Oh, mi lady… —susurró con ternura—. No sabe el desastre que va a causar cuando se entere.
Cuando llegó al castillo, Kael lucía distinto:
Más serio.
Más cansado.
Más… vulnerable.
Elin lo vio acercarse al cuarto de Nyxara.
Le sonrió, pero no dijo ni una palabra.
Él tampoco.
Solo asintió con la cabeza, como pidiendo permiso silencioso.
Elin abrió la puerta con delicadeza.
Kael entró.
Y el mundo pareció detenerse.
Nyxara dormía profundamente, acurrucada bajo las mantas, el cabello blanco esparcido como hilos de luna sobre la almohada. Su respiración era caliente, irregular.
Vulnerable.
Tan pequeña comparada con la fuerza del mundo.
Kael se acercó sin hacer ruido.
Con una mano temblorosa, apartó un mechón de su frente ardiente.
Su piel era fuego.
Kael frunció el ceño, preocupado.
Después, con una suavidad que nadie creería capaz de él, acarició su mejilla con el dorso de los dedos.
Suspiró.
—Eres… problemática —murmuró en voz baja, apenas audible—. Y hermosa.
Del bolsillo sacó unas flores silvestres que había encontrado al cabalgar. Nada elegante. Nada caro. Pero hermosas y sinceras.
Las colocó sobre la mesa.
Luego dejó a su lado el libro que había perdido la noche anterior en la batalla contra los monstruos. El que pensó que ella quizá querría de vuelta.
Miró a Nyxara unos segundos más.
Y, sin poder resistirse, rozó por última vez su frente con sus dedos.
Después se dio media vuelta y salió del cuarto en silencio.
Sin palabras.
Como siempre.
Pero esta vez…
con el corazón temblando.
Nyxara abrió los ojos lentamente.
La luz de la mañana entraba suave por las cortinas y el aire tibio de la habitación olía a hierbas medicinales.
Aún sentía la cabeza pesada y el cuerpo algo débil… pero había un calor distinto en su pecho, un latido suave que no tenía que ver con la fiebre.
Le tomó un momento enfocar la vista.
Y entonces lo vio.
Primero, el libro que había perdido en la tormenta: limpio, seco, colocado con cuidado sobre la mesa.
Su libro.
Lo tomó con manos temblorosas.
—Kael… —susurró, con un nudo en la garganta.
Luego vio algo más.
A un lado del libro, descansaban unas flores silvestres.
Eran simples…
bellas…
de colores suaves, algunas con pétalos imperfectos, otras dobladas por el viento.
Pero juntas formaban un pequeño ramo lleno de vida y sinceridad.
Nyxara llevó una mano a su pecho.
La temperatura en su cuerpo seguía ahí, quemando desde adentro… pero ya no sabía si era fiebre o algo más.
Algo que Kael había encendido.
La puerta se abrió suavemente.
Elin entró con una bandeja de desayuno caliente, sonriendo al verla despierta.
—Buenos días, mi lady Natasha —dijo con voz dulce—. ¿Cómo se siente hoy?
Nyxara acarició una de las flores sin dejar de mirarlas.
—Me siento… un poco mejor —respondió, aunque su voz traicionaba lo que realmente sentía.
Elin se acercó y tocó su frente con la mano experta de quien cuida desde el corazón.
—Aún tiene temperatura —informó con preocupación—. Será mejor que siga en cama por hoy. Nada de salir ni de caminar por el castillo.
Nyxara asintió, pero sus ojos no se movían del pequeño ramo de flores.
Elin siguió su mirada… y sonrió.
—Ah, veo que ya los encontró —dijo con un tono suave, casi cómplice—.
Nyxara levantó la vista, sorprendida.
—¿Anoche?
—Sí, mi lady. —Elin acomodó un mechón detrás de su oreja—. Anoche vinieron los hermanos Solvard a verla.
Nyxara abrió los ojos.
—¿Lucian? ¿Draegor?
Elin sonrió.
—Todos vinieron. Pero… —hizo una pausa, saboreando el dramatismo—, el único que entró fue Lord Kael.
El corazón de Nyxara dio un salto.
—¿Kael… entró? —preguntó, intentando no sonar demasiado esperanzada.
Elin no pudo contener una sonrisa más amplia.
—Entró, sí. Se quedó un rato. La miró como si el mundo se fuera a romper si usted dejaba de respirar por un segundo. No dijo nada, claro… él nunca dice demasiado. Pero dejó eso.
Señaló las flores.
—Y el libro.
Nyxara no pudo evitarlo.
Sus mejillas se encendieron como un amanecer.
—¿Y… dijo algo? —preguntó con voz bajita.
Elin negó con ternura.
—No dijo nada en voz alta. Pero… —sonrió, con picardía maternal—, a veces los silencios dicen más que las palabras, mi lady.
Nyxara bajó la mirada hacia las flores otra vez.
Las acarició como si fueran algo precioso.
Las flores estaban frías.
Pero sus manos estaban calientes.
Muy calientes.