Después de desayunar lentamente y beber el té caliente que Elin le había preparado, Nyxara sintió que el cuerpo le pesaba menos.
La fiebre seguía presente, pero ya no le quemaba tanto.
Miró hacia el balcón.
La luz de la mañana entraba en tonos dorados, moviendo las cortinas como si la llamara.
Quería sentir el aire.
Quería ver el cielo.
Así que, con pasos tímidos, se levantó de la cama.
El suelo estaba frío bajo sus pies.
Su respiración se aceleró un poco.
Pero siguió avanzando, aunque sus piernas aún temblaban por la fiebre.
Dio apenas cuatro pasos…
Cuando el mundo comenzó a girar.
La vista se nubló.
Un zumbido llenó sus oídos.
El cuerpo le falló de repente.
—Oh… —susurró, tambaleándose.
Antes de que su cuerpo cayera, unos brazos firmes la rodearon, sosteniéndola con suavidad.
—¡Natasha! —exclamó una voz temblorosa y preocupada.
Nyxara abrió los ojos lentamente, todavía mareada.
Lucian la tenía atrapada contra su pecho, sosteniéndola como si fuera lo más frágil del mundo. Sus manos temblaban de la impresión.
Sus ojos, normalmente serenos, estaban enormes, llenos de alarmada ternura.
—Estás ardiendo… —murmuró, tocando su mejilla con la yema de los dedos—. ¿Qué estás haciendo fuera de la cama?
Nyxara parpadeó, avergonzada.
—Yo… quería salir al balcón… solo un momento…
Lucian suspiró con cariño y preocupación.
—Natasha, aún estás débil —dijo con voz suave, casi un regaño tierno—. No puedes caminar sola todavía. La fiebre sigue en tu cuerpo. Puedes lastimarte.
Ella bajó la mirada, como una niña atrapada en plena travesura.
—Lo siento…
Lucian sonrió, esa sonrisa cálida que siempre lograba tranquilizarla.
—No tienes por qué disculparte. —La acomodó con cuidado entre sus brazos—. Si quieres ir al balcón… entonces yo te ayudaré.
Nyxara levantó la mirada, sorprendida.
—¿De verdad?
—Claro —respondió él, con esa dulzura propia de su alma—. No te negaré una vista al cielo si te hace feliz.
Con movimientos lentos, Lucian la guió hasta el borde de la cama, la sentó con suavidad y luego abrió el balcón para dejar entrar aire fresco.
La brisa matinal acarició el rostro sonrojado de Nyxara.
Lucian se arrodilló frente a ella para quedar a su altura.
—Si quieres, puedo traerte una manta y puedes quedarte aquí un rato. Pero no te pongas de pie sola, ¿sí? —dijo con ojos sinceros, suplicantes.
Nyxara asintió con un pequeño rubor.
Lucian sonrió de nuevo.
—Bien. Entonces… yo me quedo contigo un rato.
Y ahí se quedó, frente a ella, vigilándola con la dedicación de alguien que cuida un tesoro.
Nyxara estaba sentada en el borde de la cama, envuelta en una manta que Lucian había colocado sobre sus hombros.
Él estaba de rodillas frente a ella, cuidando que no volviera a marearse.
La brisa del balcón le acariciaba el rostro, y por primera vez desde la noche anterior, Nyxara se sentía un poco más viva.
Justo entonces…
La puerta se abrió sin tocar.
—Buenos días, mi pequeño rayo de sol.
Draegor entró con la seguridad de un príncipe en su propio escenario.
Traía en una mano una cajita envuelta con un lazo dorado…
y en la otra, una taza humeante de una bebida especiada que olía delicioso.
Al verlos juntos, su sonrisa se ensanchó con malicia juguetona.
—Vaya, vaya… —dijo avanzando con paso elegante—. Parece que ya estás muy bien acompañada, mi lady.
Lucian rodó los ojos con fastidio inmediato.
—Draegor, no es momento para—
—Shh, shh, hermanito —interrumpió él, levantando un dedo—. No le arruines el momento a nuestra bella paciente.
Se volvió hacia Nyxara, inclinándose con un gesto exageradamente galante.
—Pero no te preocupes, Natasha… —sonrió, encantador como siempre—. Ya llegué yo para hacerte reír un rato. Que no se diga que te dejo aburrida.
Nyxara parpadeó, confundida y ligeramente sonrojada.
—¿Es… para mí? —señaló la cajita.
Draegor se tocó el pecho como si ella hubiera dicho algo profundamente emocionante.
—Por supuesto. Solo lo mejor para la joya del castillo.
Lucian bufó.
—Draegor, no invadas el espacio de alguien enfermo, podrías—
—Ay, relájate, niño— dijo Draegor mientras se acercaba a Nyxara y le ofrecía la bebida caliente—. Esto ayudará a bajar la fiebre. Me lo enseñó una anciana del pueblo que jura tener más años que el castillo. Y créeme, si lo dice ella, debe ser magia pura.
Nyxara aceptó la taza con ambas manos.
El olor dulce y tibio le envolvió el rostro.
Lucian la observó para asegurarse de que no la quemara.
Draegor dejó la cajita en su regazo.
—Ábrela cuando te sientas mejor —dijo con voz sedosa—. No quiero que el mareo te impida apreciar mi buen gusto.
Lucian lo fulminó con la mirada.
—¿Puedes comportarte por una vez?
—Yo siempre me comporto —respondió Draegor, ofendido de mentira—. Mi presencia basta para alegrar el ambiente, ¿no lo crees, Natasha?
Nyxara sonrió débilmente.
—Es… agradable tener compañía —admitió.
La sonrisa de Draegor brilló como si hubiera ganado una guerra diplomática.
—¿Ves, hermanito? La dama lo ha dicho.
Lucian suspiró, resignado.
Nyxara había intentado mantenerse despierta, sonriendo un poco mientras sostenía la taza caliente que Draegor le había dado. Pero cada minuto que pasaba, la fiebre se hacía más evidente:
Su respiración se volvió más lenta.
Su cuerpo empezó a inclinarse hacia adelante.
Sus párpados pesaban como piedras.
Lucian lo notó primero.
—Natasha… —dijo, tocando suavemente su hombro—. Estás empeorando. Necesitas descansar.
Nyxara abrió los ojos apenas, forzando una sonrisa débil.
—Perdón… solo estoy… un poco cansada…
Draegor chasqueó la lengua con preocupación genuina por primera vez.
—Hermosa, tu cara está más roja que mi capa de gala —dijo, dejando la broma caer a medias mientras se levantaba.
Lucian inhaló profundamente y tomó la responsabilidad.
—Draegor —dijo con tono firme pero educado—. Necesita dormir. Dale espacio.
Draegor arqueó una ceja, sorprendido por el liderazgo del menor, pero finalmente asintió.
—Tienes razón. —Miró a Nyxara con una sonrisa más suave de lo habitual—. Descansa, pequeña joya. Prometo venir a ver cómo sigues cuando estés mejor.
Nyxara apenas logró asentir, ya medio dormida.
Lucian se levantó y caminó hasta la puerta junto con su hermano mayor.
—Volveré más tarde —susurró Lucian antes de salir—. Si necesitas algo, avísame.
Nyxara ya no respondió. Se había desplomado suavemente sobre las almohadas, respirando con calma.
Ambos hermanos salieron de la habitación, y el cuarto quedó en un silencio tibio.